Mal de otro, consuelo de tonto, es cierto, pero este es un problema que se percibe en todas partes. Aquí en España constantemente se habla de este fenómeno y las primeras culpas se cargan en los mensajes de texto que se envían por teléfono. Ya nadie escribe “casa” sino “ksa”; nadie dice “por qué” sino simplemente escribe “x q”. Lo explican diciendo que se debe a la velocidad que requiere la contestación. No pregunten cuál es la causa de ello, quién está exigiendo esa rapidez, porque no existe. Estamos como el conejo de “Alicia en el País de las Maravillas” que siempre está corriendo con un reloj en la mano mientras repite “De prisa, de prisa”. Tenemos prisa siempre para no ir a ninguna parte.
No toda la culpa es de los profesores. Habría que echarle una mirada a los planes de estudio y a la poca importancia que se les da a las materias catalogadas bajo el rótulo de “humanidades”. Ni siquiera se le da importancia a que se escriba con una letra clara, bien trazada, porque total “nunca van a escribir a mano; para eso están las computadoras”. Tampoco se le da importancia a la redacción. En mi época teníamos en la escuela un cuaderno de “composición”. Todas las semanas debíamos escribir algo que la maestra corregía y nos ponía abajo algún comentario, favorable, desfavorable, duro, alentador, devastador; lo que fuere, pero un comentario al fin y al cabo. Ese cuaderno lo seguimos usando en el bachillerato, primero como parte de la clase de castellano, luego de preceptiva literaria y más tarde de literatura. En el bachillerato el profesor solía leer en clase los dos o tres mejores trabajos de la semana, lo que era un privilegio para el alumno.
Saber escribir y hablar correctamente no es un lujo innecesario ni son formas de expresión que serán sustituidas por el mensaje telefónico. El tener buen dominio de la lengua es asegurarnos a tener también un buen proceso de pensamiento, ya que ella es el molde donde se forma este. En mi artículo anterior decía que nuestros políticos parecen sufrir de afasia, no solo porque no son capaces de hilar dos o tres frases con algún sentido, sino porque no pueden hilar dos o tres pensamientos coherentes. Incluso se podría alegar que son inimputables por sus actos, no a causa de sus fueros sino porque simplemente no saben lo que hacen. Están allí porque nosotros los hemos puesto con nuestros votos. ¿De qué nos quejamos entonces?
¿Se ha deteriorado la enseñanza en nuestro país? Un sí rotundo. Una tía mía, Adelita Ruiz, en los años treinta se formó al lado de Ramón I. Cardozo, un pedagogo guaireño del que se habla en cualquier parte de América menos en Paraguay. Cuando regresó a Asunción fue directora de la escuela “Brasil” y, al poner en práctica allí las enseñanzas de Cardozo, hizo que se la llamara “Escuela Experimental República del Brasil” y siguió siéndolo aunque dejó de ser experimental. Aplicó allí lo que luego se llamó “educación por el arte”, cuando se desconocía este término ni se sabía nada de Herbert Reed que solo llegaría con la creación de la famosa Escolinha de Arte en el Centro de Estudios Brasileños. Como reconocimiento, Getulio Vargas, cuando visitó Paraguay, la condecoró por su trabajo en la escuela.
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Mi amigo Ricardo me escribe: “Nosotros también fuimos a escuelas públicas y en general parece que aprendimos mejor el idioma. Lo digo solamente porque muchas veces se quiere justificar con lo de ‘colegios chuchis’ y compañía y no pasa por eso, me parece”. Pues claro que no, pasa por ese pavoroso deterioro de toda la educación y en especial la pública. Vamos como el conejo, “De prisa, de prisa”, dejando atrás, olvidados, la gramática, la sintaxis, la ortografía, el habla y, sobre todo, el pensamiento.
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