Coqueta, como siempre, cualidad que la ha caracterizado toda la vida, Maribel Barreto nos recibió en su casa una calurosa tarde con un fresco jugo de melón. “Es el melón paraguayo, el nuestro”, dice mientras llena generosamente los vasos y se dispone a hablar de todo: el premio, su familia, los maestros, la cultura y la literatura.
María Isabel Maribel Barreto (83) viene de “un pueblo muy hermoso”, como define a su natal Quyquyhó, en el departamento de Paraguarí. Allí se crió con su padre, cuatro hermanos (uno de ellos falleció en terribles circunstancias durante la dictadura) y con una gran maestra: su madre, abnegada docente a la que admiraba. Pero para ser como ella, tuvo que trasladarse hasta Asunción, pues en su comunidad solo se podía estudiar hasta el sexto grado.
En la capital vivió con una tía, hermana de su madre, también docente, “esas de alma, de vocación”. Ambas eran profesoras muy preparadas e influyeron en Maribel, le inculcaron el hábito de la lectura, la investigación y el estudio permanente. “Ellas no concebían que un maestro fuera a dar clase sin prepararse, sin estudiar”, subraya.
Al culminar el magisterio, su padre le dijo que regresara a Quyquyhó, pero una amorosa razón le impidió volver: se enamoró del Ing. Fermín Ramírez, quien le pidió matrimonio. “Me casé y pronto me llené de hijos. No pude ir enseguida a la universidad”, confiesa. Tuvo cinco niños: Luis Rafael, Norma Beatriz, Rosa Isabel, María Sara y Guillermo Javier. Recién cuando la última de sus hijas, María Sara, tuvo tres años, pudo estudiar Licenciatura en Humanidades en la universidad.
Libros de textos
A lo largo de su vida, Maribel hizo de todo en educación: fue maestra de primaria y secundaria, fundó una escuela, fue directora durante mucho tiempo, escribió libros de lectura y después otros de Comunicación, Castellano y Literatura para uso escolar.
Cinco décadas atrás no había libros paraguayos que llenaran las expectativas de los maestros, “entonces me preguntaron por qué no preparaba un libro para los alumnos. Yo trabajaba como coordinadora en el colegio Internacional y me atreví a elaborar el libro del cuarto grado, porque era el desafío que me había dado ese año una de las maestras. Así empecé y mis libros tuvieron mucho éxito”.
En esos tiempos eran las maestras las que decidían qué libros usar. Después, todo se hizo muy comercial y la competencia fue muy dura. “No quise entrar en esa guerra de editoriales”, dice. Hace poco falleció la profesora Ela Salazar, su coautora, “maestra e intelectual, muy estudiosa”. También escribió con otra gran profesora, Aída de Coronel, con quien fundó el colegio El Sembrador.
Durante la dictadura
A la par de sus libros de texto, Maribel también escribía novelas en la época de la dictadura, pero no podía publicarlas. “Tenía a mi esposo y mis hijos. No quiero imaginar que por una imprudencia mía, por querer rescatar la historia de mi familia pudiera ir presa”. Entonces esperó, se tomó su tiempo y con el advenimiento de la democracia se atrevió a publicar.
También tuvieron mucho éxito sus libros infantiles en los que siempre puso el mismo cuidado de edición y de publicación que en los libros para adultos. Los temas para los niños, según explica, tienen que ser tratados con mucha delicadeza, sin dañar la sensibilidad ni la sicología de los chicos.
Incansable, actualmente tiene terminado un libro de crítica literaria sobre la literatura paraguaya del siglo XXI, entre otros proyectos. En el 2012 había escrito El mundo de la novela en el Paraguay, que trata sobre las obras de 22 poetas y narradores paraguayos. También redactó otra obra por el centenario del nacimiento del escritor Augusto Roa Bastos a pedido de la Academia Paraguaya de la Lengua Española. “Tomé obras de Roa, las analicé y publiqué. Es un libro en su homenaje. Pero el que voy a publicar ahora es más completo. Tomo la literatura de los escritores jóvenes, porque los lectores los tienen que conocer”, dice.
El premio
Maribel lleva publicados 51 títulos, entre libros de textos, literatura y crítica literaria. El Premio Nacional de Literatura de este año lo obtuvo por la novela Hijo de la revolución, su 22ª obra literaria. “Me siento muy contenta porque al fin después de tantas obras veo reconocido mi esfuerzo. Eso a cualquier escritor le conforta”.
La séptima novela de la escritora ve la luz con un premio “y espero que le llegue a mi pueblo, porque es un libro que nos habla de las revoluciones que sufrió el Paraguay y que no querría que volviesen a ocurrir. Es una historia de amores y de guerras, crueles episodios de violencia de nuestra historia, pero siempre está presente el amor que se hace cargo de restañar las heridas”, refiere.
Leer y orar son dos de sus actividades vitales. “Forman parte de mi ser. Me encierro en el escritorio y leo todo el tiempo. A veces pasan horas y me tienen que hacer acordar del almuerzo”, dice.
A sus 83 años asegura que no tiene tiempo para envejecer. Trabaja con entusiasmo y estudiar todavía es un placer para ella. “Lo sigo haciendo, aparte de leer”. Además, tiene tareas como abuela y bisabuela. “Tengo siete nietos y la misma cantidad de bisnietos. No todos están en el Paraguay. Yo voy, cada tanto, a visitar a mis nietos que viven en los Estados Unidos”.
El maestro
La ganadora del Premio Nacional de Literatura afirma que antes que ataques, los maestros de hoy precisan ser ayudados, porque son producto de una estructura que los tiene prisioneros dentro de una profesión mal pagada, con un trabajo excesivo. “Les mandan a hacer trabajos de escritorio que les llevan muchas horas, a veces, hasta la madrugada, en vez de economizar fuerzas para gastarlas en el aula. Además, son maltratados. Cualquiera se atreve a opinar, hasta a decir que son burros. Yo no defiendo la capacidad del maestro, pero sí su dignidad”.
El maestro es, para ella, una persona entregada, hay que respetarlo, para que los alumnos también lo respeten. “¿Por qué tanta descomposición social? Eso es consecuencia de la falta de respeto al profesional. También tiene que ganar acorde con su capacidad, pero acá todos ganan lo mismo. Al maestro le falta un incentivo que dignifique su persona. El maestro paraguayo es valiente. Ha sacado al país de situaciones críticas y ahora estamos en una, realmente. Los chicos que salen de la primaria tienen que enfrentarse con la Media mal preparados y lo mismo les pasa a los bachilleres con la universidad”.
Más presupuesto
El día que la Prof. Barreto recibió su premio ofreció un discurso en el que pidió más presupuesto para la cultura. “Tanto se malgasta el dinero público en cosas intrascendentes que no nos damos cuenta de que un país sin cultura no sale adelante. Además, solo algunos de los aspectos de la cultura son cultivados; los otros, no. Necesitamos una visión global de la cultura en nuestro país. La situación de los jóvenes con adicciones solo se podrá revertir con cultura y ocupación laboral. Gran parte de la familia paraguaya sufre de pobreza extrema. Nuestra sociedad está desatendida en muchos aspectos”, menciona.
La literatura
Para Maribel, la literatura es un arte que algunos se atreven a ejercer; una manifestación de la conciencia colectiva que se interna en el corazón del que la ejerce, sea como poeta, narrador o dramaturgo. “También es servicio, porque con las obras buscamos estar en la conciencia de los ciudadanos y en el corazón de los niños. Es belleza, tratar de transformar la realidad. Es el ejercicio más conveniente para expresarse en su propia lengua. Y, para mí, expresarme en lengua castellana es un verdadero compromiso con la realidad, con los seres que nos rodean y conmigo misma”.
La escritora manifiesta estar agradecida a la vida y a Dios por la feliz culminación de esta carrera largamente diseñada para servir, porque para eso escribe literatura. “Siempre ofrezco un contenido social fuerte, que habla de curar las heridas y de restañar el dolor del pueblo. Todas mis novelas tienen un trasfondo histórico y en eso persistí”.
¿Un deseo? “Quiero que la literatura paraguaya sea conocida en el exterior. Tenemos muy buenos escritores. La literatura femenina está en alto. Todos los escritores paraguayos merecemos trascender las fronteras”.
Sus domingos
“Me levanto temprano y voy a misa. Si no puedo ir a la iglesia San Rafael, escucho la misa de Caacupé. Para mí, un domingo sin misa es como si no hubiera vivido. Después quedo muy tranquila y alegre para recibir a mis hijos”, cuenta Maribel.
El domingo es un día especial para reunir a sus hijos en torno a la mesa familiar, nunca lo pasa sola. “Es una necesidad, porque desde que enviudé no hace mucho, me queda ese vacío en la casa. Antes, mi esposo era el que organizaba los asados de los domingos. Para él, era un día de la familia, le gustaba reunir a todos y mis hijos también son así”.
mpalacios@abc.com.py • Fotos ABC Color/Roberto Zarza.
