La canasta mecánica

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EN BUSCA DE LA INTIMIDAD PERDIDA. Es probable que más de un alma reflexiva se haya dado cuenta de que nuestra intimidad personal está en vías de extinción. No sé si eso es triste o positivo, si nos proporcionará alguna forma de transparencia que nos hará mejores, o nos está arrastrando hacia un exceso compulsivo de exposición narcisista en las redes, que se volvió un problema de seguridad.

Es insaciable el hambre de hacer dinero con nuestros datos ingenuamente entregados. Recordemos lo acontecido con Cambridge Analytica. Dinero mata privacidad, desde el momento en que admitimos y formamos parte del voyerismo y la exhibición de asuntos privados en el mundo del entretenimiento. Se volvió paralela la publicación compulsiva de nuestras fotos íntimas de los más diversos actos diarios, y el auge de las entrevistas confesionales de audiencias voraces, en las que se ventilan con toda naturalidad temas imposibles de mencionar siquiera en el pasado, como el adulterio, la violencia conyugal, el incesto.

La existencia cotidiana parece transcurrir en una permanente transmisión de nuestros actos, en vivo y en directo, sea a través de textos, imágenes o videos, que reclaman un megusta del público. La dinámica actual de la web lleva a mucha gente a colocar en el escaparate momentos, ideas y situaciones que hasta hace poco se consideraban estrictamente privados.

Si bien el concepto de intimidad surgió con la burguesía y es reciente históricamente hablando, ya que en la Edad Media la gente vivía amontonada en una especie de promiscuidad hogareña e, incluso, hacía sus necesidades fisiológicas en forma colectiva. Hoy, parece que la intimidad conquistada cayó en desuso, porque mientras más imágenes o ideas exhibicionistas logremos divulgar y recojamos mayor cantidad de likes y comentarios generados por otros usuarios, mayor afirmación del ser alcanzaremos.

Es llamativo que en una época en la que exigimos legislación para cuidar la privacidad de los datos (nombres, edades, direcciones, aficiones), sean los propios titulares de estos datos quienes parecen empeñarse en divulgarlos, sin importarles dejar su marca digital por cuanto lugar (virtual) es posible.

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Las cámaras diseminadas por todas partes parecen ser atractivas para la exposición colectiva, hasta para los delincuentes que, a sabiendas de que sus actos vandálicos están siendo grabados, ni se inmutan y es posible que sientan alguna forma de protagonismo exhibicionista.

Millones de personas informan en internet lo que hacen, fotografían los lugares que visitan, exponen lo que comen, notifican lo que compran, cuentan cómo y con quién viven, dónde se divierten y expresan lo que piensan.

Lo que parece ser cierto es que la intimidad se está redefiniendo y está cediendo paso a la exposición. Mientras que hace un siglo lo deseable era proteger lo íntimo en la seguridad del hogar, los hogares de los usuarios de la web se están convirtiendo en teatros, en escenarios (lo cual los hace por definición, públicos) de una parte importante de la vida de sus ocupantes.

carlafabri@abc.com.py