La Catedral es ajena a la Iglesia

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La Catedral hacia 1880 con la feligresía en la explanada luego de una misa dominical.
La Catedral hacia 1880 con la feligresía en la explanada luego de una misa dominical.GENTILEZA

El incendio último en la Catedral trajo al tapete quiénes son los responsables de su bienestar. Nada lo ilustrará de manera más pertinente que esta anécdota ocurrida entre los meses de enero y febrero de 1964, en el mismo centro de la capital, relatada por algunos de los protagonistas.

El intendente municipal de Asunción entre 1960 y 1964 se tomó en serio el eslogan de que el Gobierno era constructivo. Bajo su administración de unos tres años se asfaltaron calles, se secó la Laguna Pytã, se edificó un palacete, se eliminaron los naranjos de las calles, edificó el Hospital Militar de avenida General Santos y el Mercado 4. Se trataba del general de Sanidad doctor César Gagliardone, que desde joven había tenido una trayectoria múltiple.

Como estudiante de Medicina en el Chaco, había practicado con otros una compleja cirugía de cerebro abierto en un soldado dado por muerto, a punto de ser enterrado. No solo lo salvó, sino que le dejó el cerebro en razonable buen estado para una cirugía en campo de batalla, a la luz de unas velas. El paciente después llegó a Decano de la Facultad de Agronomía y Veterinaria, cuando todavía estaban unidas en matrimonio universitario. Era el ingeniero agrónomo Lorenzo Mengual.

El intendente como jefe castrense estaba acostumbrado a emitir órdenes y dado que ocupó cargos de responsabilidad desde la era del general Higinio Morínigo, no albergaba dudas de que su mando sería obedecido sin chistar, por militares y civiles. A veces, las órdenes eran apresuradas, como el Hospital Militar sin espacio para ascensores que llevaran camillas o el edificio del Mercado 4 a cuyo comedor popular debía llegarse subiendo varios pisos de escaleras. Comensales y mercaderas prefirieron almorzar a ras del suelo.

Entre tantos quehaceres, también tuvo tiempo de escribir libros: Plan de organización política del Partido Colorado (1968), que por lo visto presumía lo contrario; La primera tarea: coloradizar al Partido Colorado (1955) que pudo ser malinterpretado porque el partido acaba de propiciar exitosamente la candidatura presidencial de un no afiliado. Y algo más convencional como “La cirugía de guerra en la campaña del Chaco Boreal”.

Una de las innumerables decisiones estético-urbanísticas del general intendente de cumplimiento perentorio no era terriblemente relevante ni significativa, aunque estaba destinada a cambiarle la cara, o más bien los pies a la ciudad de Asunción.

Para probar que nada era lo suficientemente nimio para escapar de su cuidado, el intendente impuso que las baldosas a ser utilizadas en las veredas asunceñas serían uniformadas. Estaba prohibido otro tipo de pavimento en las aceras. Y las multas serían tremendas.

Las baldosas sorteadas por la resolución municipal eran unas pequeñas, no más de 25 x 25 centímetros, de color amarillo y acanaladas para que no acumulen agua que junten mosquitos. Parecía apropiado que un gobierno militar uniformara también el paisaje que pisamos al caminar.

Obligatorio, sin excepciones

Poco a poco, el objetivo óptico de igualar veredas se iba cumpliendo para alegría del general alcalde. Pero había un edificio antiguo sobre la calle Coronel Bogado, rodeado de aceras, cuyos usufructuarios se hacían ñembotavy y dejaban pasar el tiempo, sin obedecer el mandato universal emanado de la Intendencia.

Fiel a su estilo cuartelero, el general intendente montó en cólera y envió una imperiosa nota a los responsables del edificio, conminándoles a cambiar las baldosas de piedra losa por las baldositas acanaladas de la resolución municipal, con toda premura.

Pensando que se trataba de un obvio malentendido, los inquilinos del edificio no le prestaron mucha atención ni estimaron necesario emitir una respuesta escrita a la nota. La cosa pasó de castaño a oscuro y el entorchado Lord Mayor hizo preparar una nota más furibunda, tipo telegrama colacionado, con plazos mucho más apremiantes para que la bendita vereda sufriera la muy ineludible renovación, evitando las apocalípticas sanciones.

“Acompáñeme a ver al general”

Ante la cortante comunicación del general intendente sobre la vereda clásica que rodea a la Catedral de Asunción, que de eso se trataba, el responsable de la misma, monseñor Aníbal Mena Porta, arzobispo de Asunción, le pidió al obispo auxiliar, monseñor Jorge Livieres Banks, a que hiciera de edecán para una audiencia con otro general, de más arriba.

El presidente de la República y comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de la Nación, general de Ejército don Alfredo Stroessner, siempre tenía tiempo para recibir a monseñor Mena Porta a quien le unían lazos de genuina amistad. El arzobispo fue el único que asistía religiosamente a las reuniones del Consejo de Estado dando así el sello eclesiástico a las medidas políticas de ese parlamento mussoliniano. Ni Juan Sinforiano Bogarín, antes, ni Ismael Rolón, después, prestigiaban el Consejo con su presencia. Como era mandato constitucional, juraban el primer día de sesiones y arrivederchi.

Al ingresar al despacho en el Palacio de López, un jovial monseñor Mena Porta le entrega al Presidente la nota del general intendente y le comenta con una sonrisa: “Me parece Excelencia que el intendente se equivocó de destinatario. Tenía que haberle enviado a Ud. porque la Catedral es propiedad del Estado paraguayo”.

La historia no recogió el dato si la llamada de don Mario Abdo ordenando al intendente retirar inmediatamente todas sus pertenencias del edificio de la calle Palma (donde entonces funcionaba la Municipalidad) se hizo estando todavía los obispos en el Palacio. Tampoco se tiene la certeza de si la abrupta salida de la Intendencia se debió a las veredas acanaladas o al desconocimiento de cuáles edificios estaban bajo su jurisdicción. Lo único documentado es que el decreto de destitución tiene fecha 5 de febrero de 1964.

rcaballeroa@gmail.com

Fotos: Gentileza/Colección Javier Yubi.