Cuentos navideño

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Quienes más disfrutan de las fiestas navideñas son los chicos, por supuesto. Qué tal si les contamos unos cuentos de Navidad cortos y, de paso, aprenden más sobre esta fecha. Aquí les pasamos unas historias para entretenerlos en vísperas de las fiestas. ¡Que aprovechen!

Nacimiento del Niño Jesús

Era un 24 de diciembre. María y José iban camino a Belén; José iba a pie y María, sentada en un burro. Ella estaba embarazada y esa noche tendría a su hijo, al que llamará Jesús. Tiempo atrás, el arcángel Gabriel había anunciado a María que en su vientre llevaba al hijo de Dios, al que debía llamar Jesús.

María y José buscaron dónde dormir esa noche, pero nadie podía alojarlos; todo estaba ocupado.
Un señor de buena voluntad les prestó un establo para que pasaran la noche, mientras José juntaba paja para hacerle una cama a María. En el cielo nació una estrella que iluminaba más que las demás. La vieron en el Oriente, lejos de Belén, tres sabios astrólogos que se llamaban Baltasar, Melchor y Gaspar.

Ellos sabían que la aparición de esta estrella significaba que un nuevo rey estaba a punto de nacer.
Los tres sabios a los que conocemos como los tres Reyes Magos fueron guiados por la estrella hasta el pesebre del nuevo rey, Jesús.

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“El nuevo rey ha nacido”, dijeron los Reyes Magos, y le regalaron a Jesús oro, mirra e incienso. Así como Baltasar, Melchor y Gaspar llevaron regalos a Jesús, ahora Papá Noel trae regalos en Navidad, celebrando cada año el nacimiento de Jesús.

Un viaje increíble

Esta es la historia de Carlos, un ratón que vivía en la punta de un cerro. Él trabajaba día y noche para limpiar el polvo de una bota que años atrás le había regalado su amigo, el viejito Miguel.

Ya era costumbre para él pasar las Navidades con esa bota y, como faltaba poco para las fiestas, le sacaba brillo una vez más, cuando escuchó que golpeaban a su puerta. ¡Era su amigo Miguel, que venía del pueblo!

Se le veía muy cansado, por lo que Carlos le dijo que se sentara a descansar. Miguel había subido caminando hasta la punta del cerro para invitar a Carlos a pasar la Navidad en su casa, pues pensaba que su amigo se sentiría solo en Navidad. Pero había tardado en su viaje más de los que debía; sabía que para subir a la punta del cerro tenía que caminar nueve días, pero, debido a lo resbaloso del pasto, había tardado el doble.

Y ahora se encontraba cansado y triste, porque faltaban solo tres días para la Navidad. Sabía que era imposible estar de vuelta con su familia para ese día.

Así que Carlos, preocupado, pensaba y pensaba en cómo poder ayudar a su amigo. ¡Y planeó un viaje increíble! Le sugirió a su amigo aprovechar el declive del terreno y lo resbaloso del pasto: ¡una carrera desde la cima hasta la casa de Miguel! Entonces, como expertos patinadores, contaron hasta tres, ¡y allá fueron! En menos que canta un gallo llegaron juntos, sin vencedor ni vencido, a la casa de Miguel, donde toda la familia les dio el más cariñoso saludo navideño.

Y fue así como, con voluntad y amistad, Carlos y Miguel celebraron juntos la Navidad. Carlos sin despegarse de su bota, y Miguel con su familia.

El cocinero de Nochebuena

Esta es la historia de un cocinero que debía preparar una sabrosa cena de Nochebuena. Había trabajado tanto durante los meses precedentes que se vio abandonado por la inspiración, precisamente en la época más importante del año. Pasaba el día pensando e ideando menús navideños, sin que ninguno de ellos lograra satisfacerle. Así llegó la víspera de Navidad y él seguía huérfano de ideas.

Tan cansado estaba que le pudo el sueño y se quedó dormido sobre la mesa de la cocina, rodeado de libros y cuadernos de recetas. Se vio convertido en un orondo Papá Noel con su abultado saco al hombro, y viajando a bordo de un bello trineo que se deslizaba silencioso por la nieve al son de un dulce tintineo de campanillas. Desconocía el lugar al que se dirigía, pero intuía que el trineo conocía su destino. Porque debo decir que el vehículo que le transportaba no era tirado por ciervos ni por renos, sino que únicamente se desplazaba guiado por una fuerza invisible.

Una vez finalizado el viaje, el trineo se detuvo ante una rústica casita en el bosque, de cuya chimenea escapaba un inmaculado y cálido humo blanco. Llamó a la puerta y esta se abrió al instante, sin que nadie apareciera tras ella. Entró a la casa y halló un bello salón decorado con toques navideños que provocaron en él una profunda y hogareña sensación. Un pequeño abeto le hacía guiños junto a la chimenea encendida, cuyos troncos crepitaban e iluminaban la estancia con sus llamas, y de la que colgaban unas medias de bellos colores, esperando ser llenados de regalos. En el centro de la estancia, una acogedora mesa, bellamente dispuesta y con las velas encendidas, esperaba ser cubierta de manjares. No había nadie a su alrededor y, sin embargo, se sentía acompañado por presencias invisibles que él percibía, aun sin verlas. Depositó el saco en el suelo y se dispuso a abrirlo. Desconocía  lo que podía albergar y, por un momento, sintió que su corazón latía con más fuerza. Se sentó en una mullida butaca junto a la chimenea y con manos temblorosas empezó a extraer el contenido.

Lo primero que apareció fue una bella sopera con una reconfortante sopa de crema, hecha con una gallina entera, aderezada con unos diminutos dados de su pechuga. Levantó la tapa y una oleada de vapor repleto de aromas empañó sus gafas. Después, un dorado y casi líquido queso camembert hecho al horno, con aromas de ajo y vino blanco, acompañado de un crujiente pan, hizo que su boca se llenara de agua. Hundió la nariz en él y lo depositó sobre la mesa. Su tercer hallazgo fue una pierna de cerdo rellena con ciruelas pasas y beicon ahumado que venía acompañada de un sinfín de guarniciones, a cual más apetitosas: cremoso puré de papa aromatizado con aceite de ajo y con mostaza, salsas agridulces y chutneys irresistibles, compota de manzana con vinagre y miel... ¡de ensueño! Dispuso la inmensa fuente en el centro de la mesa y aspiró los intensos aromas que aquella sinfonía de contrastes culinarios le ofrecía. En un rincón del salón, reparó en una mesita auxiliar dispuesta para los postres y allí colocó un crujiente strudel de manzana y nueces, y una espectacular anguila de mazapán, una dulcera de cristal que albergaba una deliciosa compota de Navidad al oporto y un insólito helado de polvorones. Apenas podía creer lo que estaba sucediendo; se sentía embargado por la emoción. El menú tocaba a su fin y comprendió que era hora de abandonar aquella cálida casita, para dejar que sus moradores disfrutaran en la intimidad de las exquisitas viandas que había traído en su saco. Pensó que los manjares se enfriarían si no lo hacía pronto, pero comprendió que el calor, material y espiritual, que invadía todos y cada uno de los rincones de la estancia se encargaría de mantenerlos a la temperatura adecuada.

Como toque final a su visita, llenó las medias de la chimenea con figuritas de mazapán y turrones que, sin duda, harían las delicias de los niños... y de los menos niños. Le despertó el borboteo de un caldo que había dejado en el fuego y que amenazaba con desbordar el puchero. Era ya de madrugada, pero aún tenía tiempo de ponerse manos a la obra y elaborar el menú de la casita del bosque. La fuerza invisible que guiaba el trineo no era otra cosa que el amor que el cocinero sentía por el mundo de la cocina.

ndure@abc.com.py