La danza árabe salió de los templos. Dejó de ser un entretenimiento social para profesionalizarse e incorporarse al ballet y hoy ya forma parte de los grandes teatros. Así lo asegura, la bailarina Carla Esnal. Con ella conversamos sobre esta milenaria, misteriosa y sagrada danza. Con entusiasmo habla de lo que la apasiona: mover cadenciosamente la cintura, los hombros y enseñar. "Me apasiona la danza árabe. Tiene que ver con mis ancestros, y queriendo saber más sobre mi ascendencia, fue que llegué a esta disciplina y en ella descubrí mi esencia", dice. Estudió en Salta, Argentina. Fue allá que la pasión creció, hasta convertirse en una profesión para ella. "Me gusta enseñar, transmitir una cultura que, además de considerarse sagrada, es altamente terapéutica". Así mismo. La danza árabe, además de moldear el cuerpo, hace trabajar sectores donde se hallan puntos de energía. "Con los movimientos aparecen sensaciones ocultas o reprimidas. Muchas mujeres comienzan a reconciliarse con su cuerpo, a valorarse más desde lo femenino, a descubrir su sensualidad dormida y redireccionar sus sentimientos e ideas sobre sí mismas", explica. De este modo se aprende a canalizar energías, produciendo una liberación de las tensiones, y todo ello teniendo en cuenta que por la naturaleza de los ejercicios se logra modelar, tornear, y esculpir el cuerpo sin sacrificios, porque se hacen estos esfuerzos bajo la forma de un juego.
Esnal cuenta también que la danza árabe actúa directamente sobre los centros de energía del cuerpo, eliminando bloqueos, tensiones y problemas de comunicación entre dichos centros, armonizando y dejando fluir esas energías en un mecanismo en que se recibe energía del entorno, las asimilamos y devolvemos renovadas. ¿Qué se logra con esto? La danzarina asegura que buen humor, sensación de bienestar y agilidad, actitud de entrega y generosidad en las relaciones humanas, volviendo a sus practicantes más sociables y activos. También produce desbloqueo de emociones reprimidas y tensiones acumuladas a través del tiempo por los difíciles planteos del diario vivir, la concentración que debe dirigir hacia la música y los movimientos de las coreografías hace que se desentienda de los problemas, para luego retomarlos con una óptica más positiva. Igualmente, genera un proceso de autoconocimiento que conduce a un aumento de la autoestima, de comprensión y valoración del propio cuerpo y del propio ser. "Tengo alumnas mayores, algunas abuelas, que encontraron en el baile aceptación; descubrieron la diosa que hay en ellas. Me cuentan que al principio sus hijos no aceptaban, se avergonzaban o les decían "mamáaa, cómo vas a practicar eso", pero luego fueron aplaudidas. De eso se trata precisamente. De disfrutar, aceptar y valorarse. El baile es una conexión mágica, hace que tu cuerpo hable, de manera armoniosa y bella".
Además, purifica la mente, ya que estimula la memoria, la concentración y la capacidad de responder físicamente a estímulos y órdenes dadas por el cerebro. Desarrolla la sensibilidad, el ritmo y los reflejos. "Cada mujer es consciente de que esta es una danza que le brinda especial respeto, descubriendo su fortaleza y belleza".
A esto se suman las coreografías, los aportes positivos que, según la musicoterapia, proporcionan los sonidos primitivos generados por antiguos instrumentos como el laúd, el rebab, el tar persa o el derbake, y la atmósfera de ensueño y leyenda que siempre despertaron las Mil y una noches, y que revive en cada acorde de esta milenaria danza.
Dónde nace
Surge en Egipto, entre 1200/1300 a.C., aunque, luego, con la aparición del cristianismo es prohibida por dos razones: primero por ser considerada pagana, y segundo, porque aquí se evocaba a la diosa mujer y el cristianismo instauró el Dios masculino, figura que monopolizó y creó la sociedad patriarcal. La historia dice que los cristianos provenientes de Egipto perpetuaron esta danza que realizaban de manera oculta. A principios de la Edad Media la llegada del islamismo volvió a prohibirla hasta hacerla desaparecer. Reaparece a fines del siglo XVIII en los pequeños círculos de esclavas retenidas en los palacios de los antiguos califatos medievales. Las esclavas eran el reflejo del poderío del señor feudal; se cotizaba la belleza y las habilidades de las bailarinas. "Estas mujeres eran muy inteligentes y ejercían mucha influencia en los califas. Eran utilizadas para sacar información, como una especie de espías", expresa Esnal. En esta época, surge también la costumbre de entregarles dinero a las danzarinas, pero con absoluto respeto. "Se premiaba el talento de la artista con mucho respeto por medio de joyas o monedas, actividad que en la actualidad se sigue realizando", añade.
Sensualidad
Esta danza hace que fluya la feminidad, sugestiva, seductora. Saca al exterior la parte sensitiva, lunar e intuitiva; hace que la sensualidad femenina sea expresada con el cuerpo. Por eso, el cuerpo de la bailarina muestra dos aspectos de la existencia: el aspecto terrenal y el aspecto etéreo, logrando así a través de la danza el equilibrio. De la cintura para arriba, la bailarina expresa lo etéreo, el cielo, los movimientos son ondulantes y suaves, los brazos son alas... las manos se asemejarían a lenguas de fuego siempre en expansión. De la cintura para abajo, la tierra, sus pies aferrados a la tierra demuestran una actitud, una conexión con la materia.
La danza intenta liberar de nuestra esencia la sensualidad y la espiritualidad y lograr así mistificar la seducción; algo que ha sido cambiado por las religiones y no integrado al espíritu, para así lograr la tan ansiada unidad.
¿Sagrada por qué?
La llaman sagrada porque surgió en el interior de los templos egipcios, de carácter ritual ejecutada por sacerdotisas, quienes a través de los movimientos invocaban a la divinidad. Igualmente ofrendaban su danza a los dioses para aplacar su ira y, además, utilizaban estas danzas en los funerales, y su "función" era transportar el alma de los difuntos al más allá.
Certificada
Carla Esnal, si bien tiene estudios universitarios, optó por la danza como profesión para sobresalir y sustentarse. "No hay nada como trabajar en lo que a uno le gusta. Es agradable y uno se levanta con gusto para ir a enseñar". Ella da clases en el Centro Libanés los lunes y miércoles, y en el Club Sajonia, los martes y jueves. "Ahora estoy abocada al profesorado. Mis alumnas van a salir con un certificado que las habilita para enseñar. Es mi forma de profesionalizar y no tomar la danza árabe como un entretenimiento social nada más o una distracción momentánea". Está casada y es madre de una nena. Sus horas se distribuyen entre estos roles y la danza. Para el 25 de septiembre prepara un seminario de ritmología árabe en la Unión Libanesa. El mismo está avalado por la Confederación Iberoamericana de Danza y está destinado a músicos y/o aspirantes a bailarines. "Sería bueno armar en Paraguay una orquesta. Si hay interesados, los esperamos", invita. También está pendiente de un viaje a Buenos Aires, en donde va a representar a nuestro país en un encuentro latinoamericano de danza árabe. Un compromiso mediato, para el próximo 30 de este mes, en Ciudad del Este. Allá va a dar un show. "Estoy atenta a todo lo que tenga que ver con esta pasión".