El papel que cambió nuestras vidas

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Musgo, papel de periódicos y hasta lechugas. Los seres humanos nos hemos servido de todo lo que estaba a nuestra mano para la limpieza íntima. Hasta que apareció el papel higiénico, convertido ahora en un producto de diseño e incluso de lujo.

La enciclopedia de Internet Wikipedia lo define como "tipo de papel que se usa para la limpieza anal y genital tras el acto de la defecación o la micción". Una forma tan fría como objetiva de definir su función misma.

Y algo clave para comprender la revolución que supuso cuando, a finales del siglo XIX, en 1880, la pacata sociedad de entonces vivió un auténtico sobresalto cuando los hermanos Edward y Clarence Scott comercializaron los rollos de papel higiénico exhibiéndolos en las tiendas a la vista del público, algo que se consideraba inmoral y pernicioso.

Desde la antigüedad, cada cultura había utilizado materiales distintos para obtener el mismo resultado, desde hierba a nieve, pasando por hojas de maíz o de coco, conchas o esponjas y trapos mojados. Fue en la China del siglo II a. C. donde se comenzó a usar el papel para el aseo diario. Eran piezas de gran tamaño, acorde con la grandeza de sus ilustres usuarios: el emperador y sus cortesanos. Mientras que, en pleno siglo XVI, la sofisticada corte francesa utilizaba sedas y encajes.

La hoja de cáñamo también fue siempre muy demandada por las clases altas, pues con el papel higiénico las fronteras clasistas también han estado terriblemente marcadas.

Un primer aire democrático se impuso a mediados del   XIX, cuando se comercializaron las láminas de "papel medicinal de Gayetty" —varias décadas antes de la llegada de los rollos— y bajo un fantástico reclamo: "La mayor necesidad de nuestra era, el papel medicinal Gayetty para el baño".

Carácter heroico, en el siglo XX

Una vez asumido como producto necesario para la higiene diaria, comenzó su perfeccionamiento, puesto que en sus primeros tiempos, la suavidad no tenía cabida en aquellos primeros rollos, como lo demuestra el lanzamiento en 1935 de una nueva marca bajo el eslogan "papel libre de astillas".

Pero aquellos pioneros en la comercialización de ese producto "impúdico" e "innombrable", nunca habrían soñado con recibir un galardón del Gobierno de Estados Unidos como agradecimiento por haber servido gloriosamente en dos importantes contiendas bélicas.

En 1944, Kimberly y Clark recibió el reconocimiento por, textualmente, "su heroico esfuerzo en el suministro a los soldados durante la II Guerra Mundial". A esto hay que sumar el valor estratégico demostrado en la Operación Tormenta del Desierto de la Guerra del Golfo, cuando el color verde de los tanques de EE.UU. contrastaba peligrosamente con las blancas arenas del desierto.

Los minutos corrían en su contra y, ante la falta de tiempo para poder pintar los vehículos de un color capaz de camuflarlos, el Ejército decidió utilizar los blancos rollos de papel higiénico como elemento de camuflaje de emergencia, salvando así la situación a última hora.

De "El elefante" al estallido de las florecillas

En la película sobre la ola de emigración que vivió España hacia la Europa desarrollada durante la posguerra y el franquismo Un franco, 14 pesetas, los protagonistas llegan a Suiza y al ver el cuarto de baño, tocan el rollo de papel, se miran alucinados ante semejante invento, y uno dice: "¿Y entonces, aquí, para qué usan los periódicos?".

Y era cierto. Aquí, en suelo ibérico, lo normal era acumular papeles de periódicos en ese agujero negro llamado retrete. Hasta que se dio un paso de gigante con la aparición —para quien se lo pudiese costear— del famosísimo y popular rollo de papel "El Elefante". Con un extraño color marrón, tenía doble cara: una lisa y resbaladiza y la otra áspera, muy áspera. Más cercano al papel astillado que al suave y absorbente.

Pasados muchos años, ya en plena bonanza económica, el papel higiénico cayó presa de la cursilería más exultante, al llegar la moda de los cuartos de baño poblados de florecillas en los azulejos desde el suelo hasta el techo.

Las mismas flores se repetían en los barrocos elementos sanitarios, incluidos, cómo no, aquellos tan molestos como la taza del water y el portarrollos. De esta forma volvían a quedar semiocultos entre tanto estallido primaveral. Y para dar el toque final, las señoras más finas colocaban algunos rollos de repuestos envueltos en una especie de funda a la medida bordada con primorosas formas de ganchillo.

Final feliz: triunfó en arte, literatura, moda, diseño...

Hoy, el papel higiénico ocupa pasillos enteros en los supermercados con su extensa gama de grados de absorción, suavidad, tamaño, y la introducción de nuevos aportes como las toallitas húmedas, diseñadas para niños pero utilizadas ya en muchas familias también para los adultos.

De dos capas, de tres capas, perfumado, con propiedades cosméticas como la loción de karité... Y así casi hasta el infinito, hasta lograr un papel a la medida, casi personalizado y específico para cada ocasión.

Una locura que no cesa, como lo demuestra la reciente apertura de una boutique dedicada íntegramente al papel higiénico, cerca de Lisboa, y cuyo éxito predice que será la primera de una cadena que tocará las grandes ciudades del mundo.

El interior es una explosión de color: papel negro, rojo, fucsia, verde, amarillo, naranja... El rojo para los apasionados, el fucsia para los atrevidos o el negro para los seguidores de las últimas tendencias.

La demanda de los hoteles de lujo no se ha hecho esperar y la evidencia de que a los clientes les gusta es que cuando dejan la habitación, con ellos desaparece el rollo del baño.

Pero eso es sólo un ejemplo de la explosión que vive actualmente el rollo de papel, que ha sufrido también la crisis, viendo reducida su producción en 2009, aunque no corre peligro, pues está demostrado que cada persona gasta una media de 17 kilos de papel higiénico al año.

Y para mejorar la situación, desde Japón llega el nuevo invento "La Cabra Blanca", una trituradora que, de forma totalmente automatizada, recicla folios de papel para convertirlos en rollos de papel higiénico, evitando así la tala de árboles, puesto que la celulosa —ingrediente básico del rollo higiénico— se extrae de la pulpa vegetal.

Lanzar la primera novela escrita en papel higiénico también ha sido una idea de los japoneses: El título Drop (Gota) del popular autor Koji Suzuki, quien se comprometió a escribir 2.000 palabras que componen un relato de terror del que ya se han vendido 80.000 ejemplares. Drop, ocupa  88 centímetros de papel, por lo que se repite 34 veces en un rollo, que cuesta poco más de un dólar.

En este mismo campo, pero en España, nació la editorial Literatura en papel higiénico que se propone lanzar libros de todo tipo en este formato. Una idea que les surgió tras haber visto la pieza teatral Emprendedores, que cuenta las penurias y éxitos de una editorial así en la ficción.

El papel higiénico es uno de los materiales que utiliza el genial artista Christo para empaquetar los grandes monumentos de la humanidad. Además de figurar en la obra de otros artistas plásticos como Anastassia Elías o Yuken Teruya, entre otros.

La pasarela también ha hecho suyo este material, como adorno o protagonista, como es el caso del certamen anual de trajes de novia hechos de papel higiénico que se celebra en Estados Unidos.

El humor ha jugado un papel esencial en el diseño de estos rollos, imitando algunos a los ralladores de queso (¡Quién se atreve!) con un realismo total. Papeles estampados con billetes de dólares, con crucigramas, con las caras de George W. Bush o Hugo Chávez. Incluso hay propuestas para personalizarlos imprimiendo la cara de la persona que uno más odia.

Y de nuevo los japoneses han encontrado una nueva utilidad: el rollo de papel como soporte electoral, y han llegado a distribuir en los restaurantes esos rollos con información sobre las leyes que se van a votar.

"El rollo ha subido a las pasarelas de moda; es un fruto más del diseño y un emblema del buen gusto o del humor"