En la tecla exacta

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Antes de jugar con camioncitos de madera o hacer volar la pandorga, Oscar Faella aprendió a tocar el piano. Y hoy, tras recorrer escenarios y hacer bailar a la gente por siete décadas, confiesa que nació para la música. Es conocido como el Fantasista del teclado.

Estar frente a Oscar Faella es estar frente a un hombre que respira notas y suda música. Construyó su vida con melodías y aplausos. Y la pasión suena en sus palabras al recordar su largo historial.

Oscar tiene tanto que contar que recorre vivencias y anécdotas intensas, aquellas que guarda en su corazón como trofeos del alma.

Sentado en la sala de música del fondo de su residencia —sobre Aviadores del Chaco, en cercanías de Madame Lynch—, donde funciona un negocio de autorrepuestos y ventas de vehículos importados de Estados Unidos y Chile, revive sus inicios con los teclados. Empezó a los cuatro años estudiando violín con el profesor Obdulio Benítez, violinista de la orquesta Iris, de gran prestigio en la Asunción de los años 40. Pero enseguida se rebeló, pues al acompañar con su violín a la pequeña pianista Mami Dahlquist Delmás, alumna de su madre —la española Josefa Peña de Faella—, los aplausos fueron más intensos para ella.

“Me piché de que la aplaudieran tanto y decidí sentarme al piano. Así empecé, gracias a esa niña que ahora tendrá mi edad y, si por ahí lee esto, quisiera que me llamara, que se ponga en contacto conmigo, por favor. Tengo una gratitud inmensa porque ella fue quien me inspiró para tocar el piano”.

La coincidencia de ser vecino del señor Bautista Vertúa, dueño de la renombrada Confitería Vertúa, le abrió las puertas de las primeras presentaciones. Su padre, Mario Atilio Faella, de nacionalidad italiana, se reunía todas las tardes con sus compatriotas en casa de los Vertúa, que contaba con un piano. “Yo me iba ahí a tocar tarantelas; hasta ahora toco mal, así que se han de imaginar lo que habrá sido en esa época (risas). Habré tenido cinco años y creo que, cansado de que le rompan las plantas, don Bautista me dijo que tenía que debutar en la confitería. Y le llamó a Ernesto Báez, quien era presentador, para que me incluyera en el programa. Y cuando aparecí, él me presentó como el niño prodigio de la música: yo tocaba y cantaba pues”.

En su tiempo escolar, Oscar Faella tuvo la oportunidad de integrar la orquesta de niños de la Escuela Brasil, donde conoció a otro alumno con talento que luego sería un destacado artista. “Habré estado en el tercer o cuarto grado, y la profesora Kikí Rodríguez, una gran señora a quien siempre admiro y la tengo en mis recuerdos, formó la orquesta y nos faltaba un cantor. Buscábamos y de repente apareció un morocho que era un atleta espectacular, Vitalino Rodríguez Báez. Me dijo: ‘Yo canto’. Y, en verdad, cantaba una maravilla. Aquel niño que formó con nosotros la orquesta es hoy el gran Alberto de Luque. Tocábamos en todos lados, nos íbamos de invitados especiales”.

De una infancia acomodada, Oscar no olvida que él contaba con diez años cuando su padre se enfermó de cáncer y, en poco tiempo, falleció. “Nos quedamos en la calle; ahí yo empecé a trabajar. Ya tocaba el piano con la orquesta Melodía de América, con Luis Cañete, con Cataldo, pues no había muchos pianistas en ese tiempo. Con once o doce años, estaba en el plantel de artistas de la Confitería Vertúa, como integrante de la orquesta de Dante Ortiz”.

A los trece, creó su propio conjunto, que se llamó Oscar Faella y su piano. Y fue el periodista Rovisa (Roberto Víctor Santacruz) quien le adjudicó el mote artístico de “Fantasista del teclado”. Reconoce que tuvo dos grandes maestros, con quienes trabajaba y a la vez aprendía las técnicas del instrumento. “Hasta hoy no creo que existan profesionales con la personalidad y la calidad que tenían Thiede Smith y Juan Villa Cabaña”.

Con ellos, cuenta con cierta dosis de emoción, alternaba horas en las fiestas de los viernes del Hotel del Paraguay. “Empezábamos a las ocho de la noche y terminábamos a las siete de la mañana del día siguiente, entonces tocábamos alternadamente una hora cada uno. Ahí aprendí a tocar de verdad con ellos”.

Infaltable en cumpleaños y fiestas familiares asuncenas, Faella contó con destacados instrumentistas que lo acompañaron en su grupo. Entre los bateristas cita a Pedro Carnecer, un argentino ya fallecido; a Nene Barreto y al actual, Riolo Alvarenga. Sus bajistas preferidos, Emiliano Esquivel y Molinas.

“Esquivel era extraordinario, tenía una antena o un radar en el oído. Algunas veces tomaba un poquito y se enojaba conmigo, porque yo quería tocar jazz. Y me decía: ‘Ni polca nerembopukuaái ha reñembojazzma hina’ (Ni polca tocás bien y ya querés hacerte el que toca jazz). Ahora lo tengo a Carlos Sáenz”.

El virtuoso pianista registra actuaciones con las orquestas de Neneco Norton, y Ato Bernal y sus estrellas paraguayas, este último dedicado al estilo jazz. También era número puesto en nuevos locales donde la música ganaba espacio. “Tuve la suerte de inaugurar el Hotel Stella de Italia, que era el lugar de moda; ahí venían Antonio Prieto, Los Indios. Luego pasé a inaugurar el Hotel Guaraní, donde estuve diez años. Después fui contratado por el Casino Quinta Avenida, también diez años y posteriormente por el Hotel Itá Enramada. También me llamó Nicolás Bó para inaugurar el show del Hotel Excelsior”.

En 1989 tomó la decisión de salir del país. Su amigo Tito Martínez, un músico instalado en Las Vegas, le dijo que se fuera, pues había muchos lugares para trabajar en los Estados Unidos. Y el 7 de diciembre llegó a Nueva York, donde no conocía a nadie y fue recibido por un frío terrible. Salió a buscar empleo y, tras una prueba de rigor, consiguió un lugar en el restaurante La Dolce Vita, ubicado en el piso 87 de las Torres Gemelas, para reemplazar en su día libre a un pianista italiano. “‘Hay un problema, acá se empieza el primero, usted llegó el 7 y los lugares están todos ocupados’, me dijo el dueño. Pero le caí en gracia al israelí —yo pues tengo la bendición de mi madre; mi madre murió en mis brazos bendiciéndome—, y me pidió una prueba. No sabía qué iba a tocar, porque el pianista italiano ya había tocado de todo. Había un bajista cubano y un baterista argentino que tocaban como los dioses y se me antojó ejecutar ‘Mercedita’ e hice un arreglo mío y en la segunda parte salió una señora con el bonete de cocinera que gritó: ‘Hiiipuuu!’. Y dije: ‘Pero está loca’. Había sido era una correntina casada con el dueño del restaurante. Y le gusté a la gente, me aplaudió; toqué ‘Pájaro Campana’, tangos, de todo un poco y así me dijeron que trabajara con ellos”.

Pese a las buenas ganancias y la abundancia de trabajos en restaurantes y clubes nocturnos de Nueva York, Los Ángeles y Miami, Oscar Faella no logró adaptarse y optó por volver al Paraguay. “Estuve entre tres o cuatro años. No me hallaba; junté la platita como para traer unos cuantos autos y vine. Soy el hombre más feliz en el Paraguay, qué más le puedo pedir a Dios”.

El “Fantasista del teclado” reconoce que la mayor parte de su carrera trabajó para hacer bailar a la gente. Solo un poco antes de fallecer su madre, en 1999, se dio cuenta de que debía interpretar música paraguaya para trascender como artista. “Mi finada madre me dijo: ‘Papucho —así me llamaba ella—, grabá música paraguaya; no hay piano en Paraguay. Tocá mal, pero no vayas a imitar. Tenés que tener dos cosas: una línea melódica romántica y velocidad. Si no tenés velocidad y un estilo propio, vas a ser uno más del montón’. Entonces seguí el consejo de mi madre y me resultó. Yo compartí escenario con Mariano Mores, con Ariel Ramírez, con Zimbo Trío y los aplausos para ellos no fueron superiores de los que el público me brindaba a mí”.

¿Sueños? Realizar un gran festival de la polca y la guarania. Dice que las autoridades nacionales deben respaldar a la música paraguaya para que trascienda a nivel mundial. “Yo recorrí el mundo y vi afiches de los músicos en los aeropuertos de otros países, y en Paraguay, nada. Tenemos que hacer el Festival de la Polca y la Guarania a nivel grandioso. Con escenario, luces y orquesta de alto nivel, gratis para el pueblo y vamos a meter cincuenta, sesenta mil personas. Eso va a servir para que los embajadores manden a los canales de televisión grabaciones del evento y seguro que los extranjeros van a valorar lo que el Paraguay tiene. Y los empresarios van a ver que aquí hay un Juan Cancio Barreto, un Oscar Pérez, un Oscar Faella, un Jorge Castro, que son una maravilla. Y seguro que nos van a contratar. Y vamos a difundir la cultura paraguaya por el mundo”.

Discos

Desde su primera grabación en 1958, con Juan Carlos Soria, las fantasiosas interpretaciones de Oscar Faella fueron incluidas en varios materiales. Sus cedés titulados Romance Guaraní I y II traen temas como Pájaro choguy, Alma mía, Burrerita, Itauguá poty, Despierta mi Angelina, Oroite, Itapúa poty, Mercedita, Alto Paraná, Mis noches sin ti, Chipera Luque, Nda rekói la culpa, Recuerdos de Ypacaraí, Che trompo arasa, Che renda alazán y varias otras composiciones típicas del Paraguay.

Identikit

José Oscar Javier Faella Peña nació en Asunción el 13 de agosto de 1937. Se casó, en 1970, con María Luisa Ferreira Venialgo (enviudó en 2005) y es padre de siete hijos: Oscar Javier, Oscar Mario, José Oscar, Oscar Atilio, Oscar Daniel, Rossana y Liz Mariela. Todos tocan de oído el piano, pero ninguno en carácter profesional. En la actualidad, Faella es abuelo de 16 nietos.

Público ilustre

El Gral. Juan Domingo Perón, Anastacio Somoza, Jimmy Carter, Charles de Gaulle y Juscelino Kubitschek son algunas personalidades extranjeras que deleitaron sus oídos con las interpretaciones de Oscar Faella. “El Gral. Alfredo Stroessner me contrataba siempre para tocar en un salón de abajo del Casino Acaray, donde solía cenar con Kubitschek. Luis Alberto del Paraná también me contrataba y me pagaba para actuar en casa de Stroessner, donde había un piano de cola. Yo soy profesional; no habrán escuchado que Faella hizo una música al general fulano o al doctor mengano, nunca, nunca”.