Espejito, espejito…

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Las generaciones pasadas le atribuían poderes mágicos a ese objeto tan especial que refleja nuestra imagen. Poder mirarse uno mismo a los ojos y recibir la propia mirada estaba cargado de espiritualidad. Para aquella gente este era un acto maravilloso, algo que hoy nosotros vemos como rutinario y banal. Los espejos eran considerados puertas a lo divino, a lo espiritual; romperlo era un insulto a las fuerzas divinas (benignas o malignas).