Poeta, guaino y cantor

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Un buen día, después de cargar el último pipón de petit grain, decidió que ya era tiempo de cambiar de rumbo. Antes ya lo había intentado, pero no lo logró, su miopía extrema pudo más que su talento para el fútbol, así que los de Cerro Porteño le dijeron “nones”. Pero ahora era diferente; sabía que la música era lo suyo. Entonces, colocó la guitarra en su funda, cargó una bolsita con la escasa remuda y se despidió de su madre.