Un corto viaje por el río Paraguay. De Humaitá a Asunción (1915)

Desde los archivos del profesor Thomas Whigham nos llega la visión de un visitante argentino, Wenceslao Jaime Molins, que habló sobre el Paraguay de la década de 1910 en un libro que llegó a ser muy popular en su época.

Fotografía de Wenceslao Jaime Molins en el periódico santafesino El Orden, martes 29 de setiembre de 1931, p. 4.
Fotografía de Wenceslao Jaime Molins en el periódico santafesino El Orden, martes 29 de setiembre de 1931, p. 4.gentileza

Me gustaría comenzar saludando a mis lectores y deseándoles un próspero y feliz año nuevo. Sé que ya han escuchado estos sentimientos de muchas otras personas, pero, dado lo difícil que ha sido 2020 para todos nosotros, no creo equivocarme al sumar mis buenos deseos a los demás.

Al volver a mi caja de cartón llena de documentos y folletos antiguos sobre Paraguay, me siento, como siempre, atraído por la literatura de viajes, que tiene tanto que ofrecernos en materia de impresiones personales y de informaciones sólidas. Nunca he visto que falte material interesante en estas obras. Aunque, examinando los relatos de viaje del siglo XIX sobre Paraguay, he notado que las nacionalidades británica, francesa, italiana y norteamericana están mejor representadas en lo literario. Los escritores sudamericanos dedicaron más esfuerzo y tiempo a cuestiones de diplomacia y comercio que al tipo de observaciones que apreciarían los lectores de hoy. Los gustos han cambiado a lo largo de los años, por supuesto, y los objetivos políticos y académicos también.

Si bien el alcance de los temas que los escritores sudamericanos deseaban abordar se expandió durante el siglo XIX, en general tuvimos que esperar cien años para ver innovación en los escritores argentinos y brasileños, que tendían a dejar Paraguay relativamente sin investigar. Esto cambió en la segunda década del siglo XX. En muchos sentidos, Paraguay se había recuperado del desastre económico asociado con la Guerra Guazú, y los forasteros volvían a verlo como posible lugar de inversiones.

Uno de estos hombres fue Wenceslao Jaime Molins (1882-1965), escritor y promotor argentino (y agente del Banco de la Nación), que más tarde se hizo conocido por sus libros sobre el estaño boliviano y la ganadería en La Pampa. En 1915, visitó Paraguay para conocer su situación de desarrollo económico; parece haber pensado que, con el dramático crecimiento de la economía argentina como resultado de las nuevas tecnologías (y de las oportunidades brindadas por la Primera Guerra Mundial), se podría arreglar una unión comercial entre Paraguay y Argentina. Nunca la concretó, aunque los lectores de hoy tal vez recuerden que algún arreglo de ese tipo funcionó durante un tiempo bajo el gobierno de Federico Chaves.

En todo caso, el resultado de la investigación de Molins fue la publicación en 1915 de Paraguay: crónicas americanas, obra tan popular en su época que tuvo quince ediciones hasta 1919. Aquí brindamos un breve fragmento de lo que el autor vio al viajar río arriba, de Humaitá a Asunción. Prestó gran atención a los indios chaqueños y a las estibadoras de la orilla oriental del río Paraguay, que inspiraban muchos comentarios a los viajeros de aquellos tiempos.

«Corriente abajo, ya habíamos notado sobre el Paraná la influencia de estas aguas ferruginosas, que se significan sobre la superficie en grandes círculos, siguiendo el curso de las aguas, hasta que se confunden con la masa general y vienen a enturbiar las claras linfas de Paraná hasta el Plata.

En un día templado de mediados de agosto. Humaitá nos da añoranza histórica con las ruinas de su templo centenario, obra colonial [no era así: el edificio fue construido en tiempo de Carlos Antonio López], que levanta todavía su esqueleto de ladrillo cocido a cien metros de la costa, como desafiando al espíritu moderno, que ha restaurado el viejo culto en la iglesia chata, a pocos metros del lugar. Las paredes escuetas, con los socavones de sus viejas imágenes, nos traen las reminiscencias de las ruinas de los templos de Mendoza, en grandes bloques de tierra cruda, hechos a las conmociones sísmicas, pero que no pudieron supervivir a la catástrofe.

Unas cuantas chalanas picotean el flanco del navío y se retiran, después de haber dejado algún viajero y retirado cuatro o cinco fardos insignificantes. Y el buque sigue su ruta, con las riberas a ciento cincuenta metros de distancia. El sol castiga a esa hora la costa paraguaya, bañando en luz de la faja verdegueante de los chilcales. Los yacarés, al borde de las aguas, en las playas bajas, gozan tranquilos del hálito vivificante de la tarde. Una que otra garza enseñorea su cuerpo gris en la orilla. De vez en cuando, una casita solitaria y triste despunta por el matorral desde lo alto, y viene la huerteja a renglón seguido, y el predio sin laborar todavía, pero desmontado y en vísperas de caer en cultivos. Un barquichuelo cargado de mujeres endomingadas y llenas de colorinches se ha detenido en la ribera. “¡Ah de la débil nave!”, pensamos con el poeta. La tripulación femenil, ante el paso del vapor, desmonta la canoa deleznable y se prepara a defenderse de la turbulencia de la ola que ha levantado el barco. El capitán, al que por sus cuarenta años de navegación fluvial podría llamarse, como a los viejos marineros, “lobo de mar”, si el río admitiera la paradoja, nos hace notar la maniobra en defensa operada por los navegantes de la chalana:

—Verá usted —nos dice— cómo contrarrestan el recio golpe de la oleada que ha producido la hélice. Primero se descargan... Ha quedado uno solo. Luego viran, poniendo la culata perpendicular a la ola; ya lo ve; de otra manera hubieran corrido el riesgo de un tumbo...

Efectivamente: el botecito dio la popa y esperó al enemigo. La ola se vino combada y pareja; golpeó el cascaron, lo levantó, dejando ver media quilla, y fue a chasquear en los cantos de la costa, levantando su penacho de lluvia fina...

—“¡Añámemby” con esta raza de pilotos nativos que saben capear tan lindo el temporal, y que en el cachiveo sin timón se lanzan a la aventura del gran río!...

De seguro que, refunfuñando a regañadientes, los nautas sencillos maldijeron la intromisión importuna de la civilización en forma de jadeante vapor que venía a turbar el silencio de su río natal; y quizá, quizá, una revelación honda titiló en pupila guaraní, con rencor aborigen, sencillo y magnifico rencor de una raza bizarra, que viviendo en sus bosques, ha sentido la marca candente de la civilización, que trajo conquistadores y mercenarios y comuneros y tiranos...

Siguió el bote su ruta opuesta al navío grande con su airón de humo, y nos quedamos pensando en aquellas expediciones españolas, tan intrusas y tan bizarras, tan aventureras y tan señoriales, rapaces y sufridas, ilegales y gloriosas, que cruzaron por primera vez este río hasta sus orígenes remotos, y fueron a Bolivia y al Perú luego, a través de desiertos inconmensurables, de ríos caudalosos, de selvas y montanas; y al escrutar la ribera fermosina, creímos advertir todavía la mesnada indígena, fabulizada por pura especulación en Buenos Aires, asomar por una picada del bosque, cubierta en plumas vividas, vibrando en el alarido salvaje y en la flecha certera...

Pero ya no existe la tragedia selvática. Los indios malos son mitología pura. Han desaparecido ya, junto con los bandidos de la Sierra Morena, con los “Luigi Vampa” y los “Jack the Ripper”. Ya pueden cruzar en carrocillas de mano las princesas del Medioevo por las florestas tropicales, que los indios están en los obrajes, ganándose modesta y dolorosamente la vida o sometidos a la tiranía del ingenio. La leyenda es obra de los especuladores y compradores de tierra, que crean el “brigandaje” chaqueño, como se desacredita una marca de fábrica: por conveniencias...

Robustece este comentario, que exteriorizamos a algunos pasajeros del vapor, un señor inglés que tiene cuantiosas propiedades en Formosa y el Chaco.

—Lo del indio malo es un “bluff” —nos dice—. Le doy este antecedente elocuentísimo: hace unos cuantos días, un carrero, al cruzar el río del Oro, tuvo la mala suerte de caer aplastado por el vehículo, que iba cargado con sacos de maíz. El hombre iba ebrio, y como los “mamados” tienen Dios aparte, tuvo la felicidad de no hacerse daño, quedando aprisionado por unas bolsas. Horas después paso por allí un grupo de indios tobas, que, sintiendo la demanda de auxilio que daba el ebrio, se aproximaron al lugar del suceso. Los indios iban cargados de cueros yeguarizos con destino a la venta. Se acercaron al borracho, le levantaron al carro, arreglaron la carga, alinearon los arneses y pusieron al peón en posesión de las riendas y sobre el camino.»

(Wenceslao Jaime Molins, Paraguay: crónicas americanas. Buenos Aires, Impr. A. Molinari, 1915, 234 pp.)

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD