La gata y el perro: aspectos enigmáticos del Paraguay

Jan Steen, “La lección de baile“, c. 1660-1679 (Rijksmuseum, Ámsterdam).
Jan Steen, “La lección de baile“, c. 1660-1679 (Rijksmuseum, Ámsterdam).gentileza

Esta mañana tuve una conversación sobre un tema bastante importante con mi gata. Solo entiende algunas palabras de inglés y español, pero me ha enseñado a hablar mbarakajañe’ê con fluidez. Este idioma, al igual que el guaraní, evita la abstracción y llega al fondo de las cosas de inmediato y con mínima ornamentación. Para los felinos, un ratón es un ratón y eso es todo.

Le conté a la gata una teoría de mi recordado amigo Jerry Cooney, quien sostenía que los paraguayos, al provenir de una sociedad jerárquica, naturalmente preferían los perros a los gatos. La gata la rechazó como manifiestamente absurda. Es posible que Cooney supiera algo sobre las relaciones entre Estados Unidos y Paraguay en la era de Don Carlos, dijo, pero, como muchos humanos, lamentablemente estaba mal informado sobre los méritos de gatos y perros. Creer esas calumnias sería llamar estúpidos a los paraguayos, dijo. Además, todo el mundo sabe que los perros apestan y no dejan sus excrementos en la limpia arena. ¿Qué otra prueba de su falta de atractivo era necesaria?

Tácito, es cierto, reconoció la nobleza de los salvajes germánicos que vivían al norte del Rin durante los primeros años del emperador Augusto, pero nadie con inteligencia podría pensar que los perros son otra cosa que irredimibles patanes, como los peores fanáticos de Cerro Porteño u Olimpia. Estas últimas palabras, murmuradas en un miau que admitía poca o ninguna contradicción, me parecieron definitivas; sin embargo, intenté una aclaración. «Cooney se refería a tradiciones antiguas que pueden parecer extrañas a personas que no las comparten pero que responden a una clara racionalidad. Paraguay es un lugar jerárquico. Los españoles lo hicieron así. Y la gente en el país ha aceptado durante mucho tiempo la legitimidad de las jerarquías que colocan a los VIP por delante de los koyguá y al cura por delante del feligrés».

La respuesta de la gata fue inequívoca: «Paraguay no es lugar de españoles sino de indios guaraníes que miran con asombro al jaguar y al gato montés. Su reverencia coloca a los felinos a la altura de los dioses. Los perros, criaturas lamentables, no pueden reclamar nada similar. Entonces, permíteme repetirlo: los paraguayos prefieren a los gatos. Esa cháchara sobre perros y jerarquías es una tontería. ¿Qué son las jerarquías, a fin de cuentas? Algo que inventaron los humanos para explicar su propia condición. Las pueden descartar cuando lo deseen».

La gata, obviamente, había clavado sus garras en este punto, y cuando se volvió a mirar un pitogüé que graznaba en un lapacho cercano le prometí que solo plantearía la pregunta a mis lectores y dejaría que ellos decidieran (aunque no es que a ella realmente le importen sus opiniones). Por supuesto, no siempre las cosas son tan claras. Marco Fano me contó recientemente que cuando los españoles, en la década de 1530, trajeron mastines a Paraguay, los guaraníes no los creían miembros de la familia canina sino de la felina. Y llamaron a los jaguares perros «verdaderos» (yaguaretés). Por lo tanto, desde el punto de vista europeo hubo una curiosa confusión entre perros y gatos en Paraguay desde el período más antiguo.

A mi modo de ver, las jerarquías en la sociedad paraguaya son palpables. Aquí hay más que una simple colección de individuos. Hay familias. Hay asociaciones políticas. Hay clubes de fútbol. Los perros encajan en esta estructura porque, desde su posición inferior, hacen lo que pueden para mantener el barco a flote. Son leales a sus amos, que a su vez son leales a sus padres, su iglesia, su nación. Se prospera gracias a los hermanos, los criados, los hijos naturales y las redes de refuerzo que construyen entre ellos. ¿Cuántas abuelas jubiladas en Yuty o Coronel Bogado viven relativamente cómodas gracias a las remesas que cada mes algún pariente envía desde São Paulo o Buenos Aires? Esa es la definición de jerarquía. También lo es la defensa de la casa del perro guardián promedio, parte fundamental de esta jerarquía, como cualquier persona.

Cada sociedad reserva un lugar para sus miembros más débiles, y la feliz aquiescencia del perro en su posición subordinada puede explicar asociaciones humanas. ¿No fue ese el caso de los integrantes del Guión Rojo en la década de 1940? Sus conexiones sociales, que a Natalicio González le gustaba llamar disciplina partidaria o espíritu de cuerpo, les dieron la ventaja a los colorados en la Guerra Civil de 1947. Sus oponentes, liberales, febreristas y comunistas, enfatizando la dignidad del pensamiento individual (al menos retóricamente), solo consiguieron confusión, autoinmolación y, al final, olvido político.

Como yanqui, tiendo a admirar al individuo y creo que vale la pena defenderlo sobre la base de su contribución individual. Walt Whitman y Theodore Roosevelt y Thomas Edison fueron individuos ante todo, y notablemente libres de las limitaciones que les impondría un compromiso social opresor. Solo podían florecer cuando se priorizaba el logro individual sobre la afiliación grupal y, tal vez paradójicamente, todos se beneficiaban como resultado. Hace muchos años, presencié una conversación en el CCPA entre la agregada cultural de la embajada estadounidense y un funcionario paraguayo. La agregada afirmó (creo que correctamente) que una ventaja del sistema educativo estadounidense eran las juntas escolares descentralizadas, que reflejaban mejor las preocupaciones de la comunidad local. El paraguayo, en cambio, insistió en que solo una estructura centralizada encabezada por un ministro de Educación podría defender adecuadamente la democracia.

Me parece que la agregada representaba la posición individualista del gato. No se produce un Bill Gates o una Meryl Streep subordinándose a algún designado político del Ministerio de Educación. Y, como dijo mi gata en su grandilocuente mbarakajañe’ê, los paraguayos sensatos deben preferir los über-gatos a los perros tontos. ¿Pero lo hacen?

Considere el papel de Sultán, el perro del Dr. Francia en Yo, el Supremo. Un ejemplo del animal que ofrece consuelo en un mundo confuso, o al menos algunos aforismos amistosos de un tipo bastante mágico. De hecho, si queremos reconocer las jerarquías, parecería que el perro está muy por encima de Policarpo Patiño en la novela de Roa. Ese no es el lugar normal para un perro paraguayo.

Mi gata podría otorgar consideración especial a un perro especial. Pero seguramente no es así como los paraguayos ven el asunto. Piensan que el perro –al menos el perro normal– es un engranaje en la máquina familiar, menos notable, por lo tanto, por su carácter único como individuo que por su función. Por eso me gusta la gata. No está dispuesta a ser reducida a una función de una institución humana más amplia, como la sociedad o la nación. No hay jerarquías para ella.

Un detalle más a favor del gato. En la edición del 14 de agosto de 2015 del periódico británico The Independent, se informa que un examen de unos 2000 fósiles antiguos revela que los félidos han sido históricamente mejores para sobrevivir que los cánidos, a menudo a expensas de estos. La investigación encuentra que los gatos han jugado un papel importante en la extinción de 40 especies de perros, compitiendo con éxito con ellos por los alimentos, porque son cazadores más eficaces. Los investigadores no encontraron evidencia de que los perros hayan eliminado una sola especie de gato.

La familia de los perros –que incluye a los lobos, de los que descienden los actuales perros domésticos– se originó en este hemisferio hace unos 40 millones de años y alcanzó su máxima diversidad unos 20 millones de años después, cuando había más de 30 especies en el continente. En ese momento, la familia de los gatos llegó desde Asia.

«La llegada de los gatos a América del Norte tuvo un impacto mortal en la diversidad de la familia de los perros. En general, los cambios ambientales son lo decisivo en la evolución de las especies. Pero la competencia entre diferentes especies de carnívoros resultó aún más importante para los perros», dijo el autor principal del estudio, el Dr. Daniele Silvestro, de la Universidad de Lausana. La afluencia de gatos dejó a América del Norte con solo nueve especies de perros salvajes en la actualidad, que comprenden diferentes variantes de lobos y zorros.

El Dr. Silvestro señaló que no estaba claro por qué, en tiempos críticos, los gatos triunfan sobre los perros. Supuso que podría tener relación con las garras retráctiles que los gatos antiguos han transmitido a sus descendientes, de las que carecen los perros. Hace millones de años, algunas especies de perros, como los lobos, eran máquinas de matar, persiguiendo presas a gran velocidad. Todas las especies actuales de perros son corredores. Mientras que todas las especies de perros que emboscaban presas de modo similar a los gatos, técnica en la que no eran tan capaces como estos, actualmente se encuentran extintas.

Le mencioné este estudio a mi gata, cuya mueca de desprecio no pudo ser más expresiva. Se aclaró la garganta y, arrastrando las palabras en un mbarakajañe’ê exagerado, se mofó: «¿Y qué esperabas?». Y saltó a afilar sus garras en un mueble de mi esposa.

Dejemos que los lectores decidan. ¿Prefieren los paraguayos a los perros por las razones expuestas aquí (o por cualquier otra razón)? ¿O prefieren a los gatos?

Profesor emérito, Universidad de Georgia

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