Quién gobernó realmente Paraguay: una historia del Colegio Nacional de Niñas de 1976

¿Quién gobernaba realmente la República del Paraguay? La respuesta que el profesor Thomas Whigham nos brinda en este artículo podría sorprender a más de un lector.

Colegio Asunción Escalada, antiguo Colegio Nacional de Niñas.
Colegio Asunción Escalada, antiguo Colegio Nacional de Niñas.Archivo, ABC Color

Como saben algunos de mis lectores, trabajé como investigador histórico en el Archivo Nacional de Asunción durante ocho meses en 1976. Tenía veintiún años, y estaba ansioso por obtener una comprensión lo más amplia posible de los antiguos fondos documentales del Paraguay. Esta fue una de mis primeras experiencias de la vida asuncena, y en esa temporada aprendí mucho, tanto del director del ANA, Hipólito Sánchez Quell, como de los empleados del Archivo, que fueron muy amables conmigo. En la mayoría de las instituciones similares en otras partes del mundo, los empleados tratan a los investigadores de manera superficial y burocrática. Pero no fue así en el ANA, donde encontré siempre un trato humano y generoso.

Dejaré para otra ocasión un relato más extenso de lo que Sánchez Quell y los demás «habitantes» del Archivo me contaron, y ofreceré hoy a mis lectores algunos párrafos describiendo algo que presencié, de un carácter decididamente frívolo. En rigor, no tenía nada que ver con el ANA, sino con la institución que se encontraba al lado (igual de venerable, a su manera), el Colegio Nacional de Niñas, que supervisó el desarrollo educativo de quién sabe cuántas adolescentes a lo largo de varias generaciones. Creado por decreto ejecutivo en 1938, durante la presidencia de Félix Paiva, fue uno de los pocos colegios del país que dedicó sus energías exclusivamente a la educación de las niñas. A principios del presente siglo, el colegio recibió instrucciones de admitir niños varones por primera vez, y aún funciona, en esa calidad, como Colegio Nacional de EMD Asunción Escalada.

En mis primeros días en Asunción, sin embargo, nadie pensaba en admitir niños en el CNN. Pero eso no quiere decir que los chicos de la capital paraguaya no tuvieran, por su parte, interés en meterse en el edificio. Querían acercarse a las chicas. Ahora, antes de que se me acuse de caer en alguna tonta generalización psicosociológica, permítanme decir que mi propósito aquí es simple: contarles una anécdota divertida. Un propósito que, naturalmente, se inspira en aquella pregunta de Jane Austen: «¿Para qué vivimos, sino para entretener a nuestros vecinos, y reírnos de ellos a nuestra vez?». Exactamente, y mi forma de cumplir ese punto será con un episodio de una época que ahora parece antigua, en la cual raramente se encontraban investigadores norteamericanos en Asunción y las diminutas maestras paraguayas eran en realidad gigantes feroces.

Pero no nos adelantemos a los hechos.

Me explico: una tarde de 1976 estaba almorzando en un copetín de la calle Iturbe, cerca del ANA. Era un establecimiento frecuentado por clientes de clase trabajadora, donde se podía conseguir un puchero o un plato de carne con mandioca a un precio ínfimo. El copetín bar Torito –como creo recordar que se llamaba– estaba frente a la entrada principal del CNN. El edificio que albergó al Torito ya no existe, pero mis recuerdos del lugar siguen muy claros. De hecho, siempre disfruté de ir ahí. La comida era sencilla, sin adornos, pero la compañía siempre era jocosa. Las conversaciones evitaban las cuestiones banales de la política y la alta cultura en Paraguay, y, en cambio, destacaban temas como si Cerro Porteño triunfaría sobre Olimpia, o al revés. Todos los comensales del Torito, albañiles y barrenderos, me consideraban, con razón, un pájaro raro; pero cuando les expresé mi interés en su jopara y traté de explicarles mis investigaciones en el Archivo cercano, rápidamente expresaron su aprobación. Que un extranjero viniera desde tan lejos para estudiar el Paraguay del siglo XIX debió haberles parecido extraño, pero en todo caso noté que lo vieron como algo bueno. Su actitud bondadosa, sumada al sabor de la comida, fue lo que me hizo volver al bar Torito. Aunque no podía presumir de tener el carácter institucional del ANA o del CNN, también era una institución importante, o al menos así me lo parecía a mí.

Como les venía diciendo, aquel día estaba almorzando en el Torito cuando sucedió algo inusual. Un grupo de unos cinco o seis adolescentes bien vestidos se había congregado en la entrada del copetín, y desde ahí gritaban y silbaban a las niñas de las aulas de enfrente. «Oye, Berta, ¡quiero besarte! Oye, Gladis, ¡Qué lindo tu cabello! ¿Por qué no cruzas? ¡Qué lindas piernas tenés!», y una docena más de cosas como esas, junto a otras demasiado vulgares para reproducirlas aquí. Esto debe haber durado unos nueve o diez minutos. Las chicas, al otro lado de la calle, en el Colegio, parecían vagamente atrapadas por este asunto, aunque no les gritaron nada a los chicos en respuesta. Con sus uniformes blancos, las chicas parecían el epítome de la inocencia. Dado que la política disciplinaria del CNN fue diseñada para sofocar todo impulso independiente por parte de las chicas, era difícil saber a qué atenerse con ellas.

Pronto descubrí a dónde iría a parar todo esto, cuando tres o cuatro policías, todos uniformados de color caqui, subieron desde la calle Presidente Franco. En ese momento, la figura más formidable de la historia, la Directora, apareció en la puerta principal de su colegio y desde allí, al otro lado de la calle, miró amenazadoramente a los muchachos mientras recibían su merecido. Recuerdo todo muy bien. La Directora irradiaba poder. Era una mujer diminuta con una amplia mueca que eclipsaba todos los demás rasgos de su rostro. Llevaba un vestido estampado y un jersey de punto que en otras circunstancias la habrían hecho lucir bastante pacífica. Pero en esta ocasión cerró las manos en puños rígidos, colocándolos a cada lado de su cintura en una vaga personificación de Superman o algún héroe del pasado paraguayo decidido a corregir los errores del momento. En esa imperiosa actitud, miró fijamente a los chicos mientras los policías los empujaban hacia el bar.

Ciertamente, le presté a este episodio toda mi atención. Mientras estaba sentado a mi mesa, en el Torito los fanáticos del fútbol se volvieron mansos y parecieron retroceder físicamente hacia el interior del establecimiento, dejándome más o menos solo para presenciar lo que sucedió a continuación. Los adolescentes se encogieron y gimieron y se miraron los pies, mientras desde el otro lado de la calle la Directora se hinchaba con autoridad incuestionable: un Napoleón liberado de Elba y empeñado en nuevas conquistas o, al menos, en ver castigados a estos jóvenes sinvergüenzas.

El policía superior, hombre bien afeitado y de cara afilada, lanzó contra los chicos de inmediato algo parecido a las advertencias de un profeta del Antiguo Testamento sobre el Infierno, destino seguro de estos pecadores en caso de que decidieran ignorar sus palabras: «No sé con quién creen que se están metiendo, pero la Directora de allí tiene muchos amigos entre nosotros, y su comportamiento la insulta a ella y nos insulta a nosotros». A esas alturas, la vergüenza y el miedo estaban escritos visiblemente en los rostros de los chicos. A continuación vino la amenaza final, con estas palabras memorables: «Los dejaré ir, pequeños criminales, pero si alguna vez los atrapo nuevamente causando problemas, los llevaré a todos a la cárcel. Tenemos mucho espacio para gente como ustedes, y si creen que estoy bromeando, puedo llevarles allí ahora mismo».

El mensaje no podría haber sido más transparente. Todo el copetín había quedado en silencio al escuchar la última frase (los hinchas de Cerro y Olimpia incluso habían dejado de masticar para escuchar mejor). Y los muchachos no podían confundirse ante tan clara advertencia. Salieron en fila del Torito cuando el policía les indicó que se fueran, despidiéndolos con un gesto desdeñoso de la mano. Doblaron en la esquina a la derecha y desaparecieron calle abajo, como cachorros avergonzados, con el rabo entre las patas. En ese momento, solo por un segundo, el policía me miró en silencio. Alcé la ceja muy levemente, y él me hizo lo mismo. Compartimos un momentáneo encuentro de mentes. Luego los tres o cuatro guardianes de la ley y la moral abandonaron el edificio mientras yo terminaba mi último bocado de bife con mandioca. Pedí una Mirinda Guaraná y me permití una sonrisa.

Durante todo ese tiempo, la Directora del CNN permaneció firme a la entrada de su reino, con las manos en las caderas. Su postura la hacía parecerse al Cerbero de múltiples cabezas de la mitología griega antigua, que guarda las puertas del Hades para que los condenados no se escapen. A la Directora, debo señalar que no tenía la menor intención de levantarle una ceja, no, no, inspiraba demasiado respeto para que nadie osara permitirse tamaño gesto de familiaridad con ella. Como Lino Oviedo, Andrés Rodríguez y el propio gran Alfredo, ella supo mandar.

Por algunas cosas que he escrito en otras ocasiones, mis lectores pueden pensar que este episodio debe ilustrar alguna tesis mía sobre la distribución del poder en el Paraguay estronista, o sobre el matriarcado y el impacto real de alguna tradición compartida de mbarete.

¿Qué puedo decir? Solo esto: en el fondo de mi cerebro, y de alguna manera que ni siquiera mis más cercanos amigos podrían adivinar fácilmente, me encontré saludando la autoridad de la Directora. Con la cabeza en alto, caminó de regreso a la escuela, con el decoro apropiado ahora restaurado a su mundo.

Entonces supe quién gobernaba realmente la República del Paraguay.

*Profesor Emérito, Universidad de Georgia

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