Arthur Miller, después de la caída

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El 10 de febrero de 2005 moría Arthur Miller en Connecticut, EE.UU., a los 90 años, ya que había nacido en 1915, en Harlem, Nueva York.

La muerte de un viajante

Nacido judío, en el seno se una familia de emigrantes vieneses que habían alcanzado un notable bienestar gracias al negocio textil. Sin embargo, la familia se arruinó con la debacle bursátil de 1929 y se vio forzada a mudarse a una pequeña casa en Brooklyn, circunstancia que condicionaría la futura obra del autor. La Depresión obligó al joven Miller, con catorce años, a ponerse a trabajar en diversas ocupaciones y, tal como reconocería años más tarde, dejó en él una marca indeleble de la fragilidad que experimentan las personas ante cambios coyunturales inesperados contra los que poco o nada pueden hacer. Terminó la enseñanza secundaria en 1932, pero continuó trabajando con el objetivo de costearse los estudios de periodismo en la Universidad de Michigan, donde ingresó en 1934. Su paso por la universidad fue decisivo desde muchos puntos de vista; en primer lugar, porque, al tratarse de un campus donde la política estaba a la orden del día, Miller adquirió una sólida conciencia social que no abandonaría jamás. Asimismo, allí se fue decantando gradualmente hacia el teatro y la literatura, especialidad en la que finalmente se licenciaría en 1938. Durante ese período escribió sus primeras obras, entre las que cabe destacar No Villain (1936) y Honors at Dawn (1937), que recibieron el Premio Avery Hopwood para dramaturgos noveles. Fue miembro, o compañero de viaje, de grupos políticos izquierdistas. Atacó con virulencia, y posteriormente de modo más compasivo, a antiguos conocidos que habían ofrecido información y nombres a los comités de investigación del Congreso. Casado tres veces: con una mujer normal del Medio Oeste, con una neurótica belleza del mundo del espectáculo y, por último, con una refugiada del holocausto nazi.   

Unos pocos detalles redondean la imagen del Miller de la vida real. Una hermana menor y un hermano mayor. De su primer matrimonio, una hija, casada con un escultor que vivía en Manhatan, y un hijo, que hacía cine publicitario en Oregon. En ese entonces no tenía nietos, pero sí una hija pequeña de nueve años de edad de su tercer matrimonio con la fotógrafa, nacida en Austria Inge Morath.   

Pero el fantasma de Marilyn Monroe aún permanece, una distracción que se cierne sobre toda consideración, ya sea biográfica o de cualquier otro tipo, acerca de Miller. Es sencillamente más fácil recordar que participó una vez en el intento de lograr el gran matrimonio americano, que recordar que puede que haya escrito la mejor obra de teatro, La muerte de un viajante.   

En las entrevistas se le preguntaba si escribía todos los días. Y él respondía: "Escribo todos los días. A veces hasta siete días a la semana. Todas las mañanas me levanto a eso de las siete y a las ocho y media ya estoy trabajando. Luego trabajo hasta… Bueno, eso depende del día. A veces casi no puedo ni llegar hasta mi escritorio. Otros días a las diez y media o a las once ya abandono mi tarea; no consigo escribir gran cosa. Y hay días, cuando agarro la onda, que puedo trabajar ocho horas o más, a veces hasta empalmo un día con otro. Marco mi propio ritmo, ir a mi aire. Si me entran ganas de escribir, no tengo ninguna otra cosa que hacer.   

"Me han preguntado docenas de veces, cuánto de lo que escribo llego a utilizar y cuánto desecho —continuaba—. Depende de la obra que sea. En algunas obras sólo he tirado unas setenta y cinco páginas. Así que no es nada. Pero normalmente, con todas las revisiones que suelo hacer, puedo escribir alrededor de unas dos mil páginas. Siempre trabajo con la máquina de escribir, además de dos o tres cuadernos de notas. Las uso para bosquejar escenas, organizar las cosas y desarrollarlas. A veces escribo un acto completo y luego uso sólo una escena. O escribo una escena entera y uso sólo una frase. Voy descubriendo cosas, inventándome mi propia historia. Pienso sentado a la máquina. Pero hay otro modo: sacarlo de un tirón. Me ha pasado a veces. La muerte de un viajante fue una explosión. ¡Bum! Una explosión y estuvo terminado. Pero Después de la caída me llevó mucho más de un año".

Todos eran mis hijos  

Contábamos que cuando Miller era joven sobrevivió a la Depresión con varios trabajos. Escribió seriales radiofónicos en Nueva York para el Federal Theatre, uno de los muchos proyectos ideados por el presidente Roosevelt para paliar la crisis, y posteriormente colaboró en 1940 con la Biblioteca del Congreso. Fue durante ese mismo año cuando contrajo matrimonio con Grace Slattery y escribió The Goleen Years, un drama histórico basado en la conquista de México que es, según observa Ana Antón-Pacheco, "una de sus obras menos conocidas y que nunca ha sido llevada a un escenario". Durante la Segunda Guerra Mundial (de la que pudo librarse gracias a una vieja lesión) no dejó de escribir obras para la radio, algunas de ellas relacionadas con el conflicto, hasta que por fin en 1944 consiguió estrenar en Broadway The Man Who Had all the Luck (Un hombre con mucha suerte), pero las pocas funciones y las críticas negativas le desalentaron de tal manera que temporalmente derivó sus esfuerzos hacia la narrativa, siendo fruto de ello Focus (1945), una novela sobre el antisemitismo.   

Al respecto ha dicho: "Me estaba buscando o queriendo sobrevivir. Por algún motivo los libros siempre me han resultado un tanto remotos. No ofrecen la misma emoción que produce la experiencia directa de una confrontación con el público. Creo que mi talento siempre ha estado especial y fundamentalmente orientado al teatro. Nunca me he sentido cómodo escribiendo de otra manera. Puedo lograr en tres páginas de diálogo lo que me llevaría innumerables páginas en un relato. Sé que puedo trasladar a dos horas sobre el escenario lo que sería una novela de 2.000 páginas.   

"Además, existe una estructura dramática que para mí es fascinante. Me encanta alterarla y darle forma de nuevo. Y me gusta actuar mientras escribo. Quiero decir que yo soy todo el elenco, interpreto todos los papeles. Eso no se puede hacer con un libro. Y también me encantan los actores reales. Me gusta sentarme allí, cambiar una línea y ver cómo se produce una explosión que no habría existido si esa línea no se hubiera cambiado".   

Miller no cejó en su empeño de consolidarse profesionalmente hasta que en 1947 estrenó All my Sons (Todos eran mis hijos), elegida por los críticos de Nueva York como la mejor obra teatral del año. Finalmente había conseguido cautivar al gran público con un tipo de tragedia contemporánea, mezcla de realismo social e influencias inequívocamente clásicas e ibsenianas, que serviría de matriz para sus posteriores éxitos. ("De manera que es probable que al fin y al cabo no hubiera podido dejar de escribir teatro. Puede que siempre lo haya llevado grabado en el cerebro. Quiero decir que tuve oportunidades de ir a Hollywood mucho antes de que se estrenara Todos eran mis hijos. En aquellos tiempos en Hollywood se hacía una película nueva todos los lunes. Se rodaban cientos de películas todos los años. En comparación con Broadway, que ya entonces se decía que estaba agonizando y a punto de desaparecer, era un lugar sofisticado, atractivo, prestigioso, con todo tipo de tareas muy bien renumeradas para los escritores").La obra transcurre en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial y se centra en Joe Keller, un fabricante de armamento que conscientemente había permitido la venta de piezas defectuosas a la aviación estadounidense durante la conflagración, causando así la muerte de varios aviadores, entre ellos su primogénito. Increpado por su hijo menor, Chris, superviviente del conflicto y a la postre conocedor de las artimañas empresariales de su padre, Keller no puede soportar los remordimientos por sentirse responsable de la muerte de su hijo y por haber mandado a la cárcel a su capataz, a quien falsamente acusó de los errores de fabricación. Atrapado en el hipócrita entramado de mentiras que ha urdido e incapaz de enfrentarse a la verdad, Keller elige el suicidio como escapatoria.   
  
Willy Loman  

Desde la perversión del sistema capitalista hasta la crisis de las relaciones familiares, algunos temas abordados en Todos eran mis hijos continuaron estando presentes en Death of a Salesman (La muerte de un viajante), obra con la que alcanzó la cima de su carrera en 1949. Miller presenta la fatídica historia de Willy Loman, un agente comercial que, tras años de trabajo y lealtad a su compañía, pierde su empleo. Desconcertado ante tan inimaginable situación y asimismo frustrado por la falta de ambición de sus hijos Biff y Happy, a quienes infructuosamente ha intentado inculcar los valores de autorrealización y esfuerzo inherentes a la filosofía del sueño americano, Willy paulatinamente pierde contacto con la realidad y finalmente se suicida, abrigando la esperanza de que su familia podrá beneficiarse de su póliza de seguros e iniciar una nueva vida.   

La muerte de un viajante es una obra sombría, reflejo de la atmósfera pesimista de la posguerra que un año antes W. H. Auden, en un largo poema, había descrito como "la edad de la ansiedad". Cuando se estrenó en Filadelfia el 10 de febrero de 1949, bajo la dirección de Elia Kazan, y más tarde obtuvo los premios Pulitzer y del Círculo de Críticos de Nueva York, entre muchos otros, pocos podían imaginarse que La muerte de un viajante accedería tan rápidamente al canon de la literatura estadounidense del siglo XX o que Willy Loman se convertiría en un arquetipo del fracasado y en un icono del teatro contemporáneo. El día del estreno el impacto fue absoluto. "La gente se quedó sentada durante dos o tres minutos. Entonces, alguien se levantó con su abrigo. Varios hombres estaban deshechos. No vi a ninguna mujer en este estado. Estaban ahí sentados, con el pañuelo en la cara. Era como un funeral", recuerda Miller en su autobiografía Timebends: A LIfe (Vueltas al tiempo). "No sabía si el show estaba vivo o muerto. Los actores habían vuelto a salir para ver lo que ocurría. Nadie había subido el telón. Finalmente, alguien aplaudió y el teatro se vino abajo".  

A la vista de los incuestionables valores humanistas que transmite la obra, desde un principio los críticos la aplaudieron como una condena del falso optimismo del sueño americano y un canto a todas las víctimas anónimas de una sociedad que había sacralizado el éxito. "Willy Loman nunca ha ganado mucho dinero. Su nombre no ha salido nunca en los periódicos. No es la persona más agradable que jamás haya existido –lamenta su abnegada esposa ante su hijo Biff en uno de los diálogos más significativos del texto—, pero es un ser humano, y le está ocurriendo algo terrible. Por eso debemos prestarle atención, evitar que acabe en la tumba como un perro viejo. Llega un momento en que hay que prestar toda la atención necesaria a alguien como él". Sea por la identificación del público norteamericano con el discurso crítico de Miller, sea por la empatía de muchos hacia la figura anónima de Loman, lo cierto es que la obra fue programada en Broadway durante más de setecientas funciones y pronto se convirtió en patrimonio de la literatura universal. Ha sido traducida a numerosas lenguas y representada en contextos tan diversos como la España franquista de los años cincuenta (con revuelo considerable, según ha observado Ramón Espejo) o la China posmaoista, donde la obra, tal como Miller pudo comprobar durante los ensayos que dirigió en Pekín en 1983, provocó reflexiones sobre el incipiente capitalismo de aquel país. Miller plasmaría sus impresiones de dicha experiencia en Salesman in Beijin (El viajante en Beijig).   
  
"No quiero ser director"  

 "No quiero ser mi propio director. Lo hice en El premio y en La muerte de un viajante, en Pekín porque no tuve más remedio. Tuvimos un desacuerdo con el director y sencillamente no había tiempo para buscar otra alternativa. Pero normalmente no quiero dirigir. No me interesa demasiado. Para ser director, hay que conocer idealmente a todos los actores disponibles. Hay que ser un hombre de teatro en el sentido de que te guste ir al teatro a menudo, cosa que a mí no me ocurre.   

"Y no se puede pensar en la dirección como en una tarea a desempeñar, sino como un medio de creación. Para mí, dirigir es posterior al acto creativo y detesto tener que hacerlo. Simplemente la idea, por ejemplo, de pasarme meses escuchando mis propias palabras repetidas una y otra vez es una perspectiva que se me hace odiosa. Y cuando diriges, tienes que estar presente en todos los ensayos. Oh, yo paso por allí un rato todos los días y siempre ha habido que cambiar algo, pero no quiero ser director".  

En plena campaña de hostigamiento del senador Joseph McCarthy hacia funcionarios, artistas e intelectuales sospechosos de haber estado vinculados al Partido Comunista, Miller escribió en 1953 The Crucible (Las brujas de Salem), obra basada en documentos históricos donde recrea los juicios por brujería que tuvieron lugar en Salem (Massachussets) a finales del siglo XVII. En un episodio de histeria colectiva ocasionado por la captura de unas jóvenes que presuntamente han tenido tratos con el diablo, John Proctor, el protagonista de esta parábola política, admite su adulterio con la joven Abigail Willians, acusada de brujería junto a otras doncellas del lugar, pero su esposa testifica a su favor para salvar su matrimonio. El juicio es ostensiblemente irregular y los teócratas puritanos acusan a Proctor de brujería, pero le proponen que redacte una confesión políticamente útil para ellos que le salvará la vida; en una primera instancia accede a la propuesta, pero al final rehúsa firmar la declaración y acaba siendo conducido al patíbulo con la serenidad que le confiere no haber traicionado sus principios.   

La caza de brujas no podía ser un tema más apropiado teniendo en cuenta el contexto en que se estrenó, pero lejos de pasar desapercibida, y a pesar de que le supuso a Miller el Premio Tony, la obra desató la ira de los miembros del Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso, quienes en 1956 lo citaron para comparecer ante ellos. Lo sometieron a un duro interrogatorio durante el cual reconoció haber asistido a varias reuniones izquierdistas, pero, tal como hicieran Lilian Hellman, Dalton Trumbo, Ring Lardner, Langston Hughes y tantos otros, se negó a delatar a otras personas. La osadía le costó una condena por desacato (aunque años más tarde consiguiera revocar la sentencia) y acrecentó todavía más su fama de dramaturgo contestatario. Asimismo, en el terreno personal su actitud le supuso una enorme inyección de popularidad, puesto que durante ese período ya había iniciado su relación con la actriz Marilyn Monroe, con quien se casaría –como lo señalamos más arriba—, y la prensa contribuyó a magnificar sus declaraciones.   

En una entrevista, Marilyn recordaba así su primer encuentro con Miller: "La primera vez que vi a Arthur Miller fue en un rodaje, y yo estaba llorando. Actuaba en una película titulada As Young As You Feel, y se me acercaron él y Elia Kazan. Lloraba porque había muerto un amigo mío. Me presentaron a Arthur.   

"Eso fue en 1951. Era una época en la que me sentía muy confusa respecto a todo. No volví a ver a Arthur en cuatro años. Nos escribimos y él me mandó una lista de libros para leer. Solía pensar que quizá él me viera en alguna película, así que intentaba hacerlo lo mejor posible.   

"No sabría cómo explicarlo, pero me enamoré de él desde el primer momento en que le vi. Nunca olvidaré el día que comentó que debería trabajar en el teatro. La gente que había alrededor se echó a reír, pero él dijo: ‘Hablo muy en serio’. Por el modo en que lo dijo me di cuenta de que era un hombre sensible, y además me trataba como a una persona, de igual a igual".  

Contrajo matrimonio primero con el jugador de béisbol Joe DiMaggio, luego con Miller. Tuvo amoríos tanto con John F. Kennedy como con Bobby Kennedy poco antes de caer en una profunda depresión que culminó con su suicidio por una sobredosis de barbitúricos. Se corría la versión de que fue asesinada por la CIA.   
  
Dilemas morales  

Después de un paréntesis de casi una década sin escribir para la escena, Miller regresó a los escenarios en 1964 con After the Fall (Después de la caída), un texto que suscitó polémica por las veladas referencias que algunos críticos entrevieron a su fracasado matrimonio con Marilyn Monroe. Ese mismo año también estrenó Incident at Vichy (Incidente en Vichy), sobre el Holocausto, un tema al que regresaría tres décadas más tarde con mayor éxito en Broken Glass (Cristales rotos). No obstante, fue en 1968 cuando se volvió a reencontrar con el público gracias a The Price (El precio), una pieza donde dos hermanos, que se reúnen para vender los bienes de su fallecido padre, ponen de manifiesto sus discrepancias ante la presencia del sagaz anciano Gregory Solomon, otro personaje magistral de Miller. Por entonces Miller ya llevaba seis años casado con su tercera esposa, la fotógrafa austríaca Inge Morath, con quien colaboraría en libros como In Russia (1969) o In the Country (1977). Durante la década de los setenta y ochenta, su voz e influencia se apagaron un tanto en su propio país, donde paulatinamente habían entrado en escena nuevas estéticas teatrales alejadas del realismo psicológico que él cultivaba, pero su fama continuó en el extranjero, donde se reestrenaron diversas obras e incluso llegaron a estrenarse algunas nuevas como The Ride Down Mt. Morgan (El descenso del monte Morgan).   

Gran admirador de los dramaturgos griegos y del teatro naturalista de Ibsen, a veces Miller no fue del todo comprendido. A lo largo de su carrera, según Pere Gifra, "los críticos persistieron en catalogarlo como un escritor de teatro social afín a sus antecesores de los años treinta", una etiqueta que nunca aceptó, puesto que el verdadero centro de sus obras eran para él los individuos que, en tanto que antihéroes contemporáneos, se rebelan contra la sociedad. Así lo entiende Christopher Bigsby, para quien "los personajes de Miller buscan alguna confirmación de su identidad, algún reconocimiento de que han dejado su impronta en este mundo, en un contexto en el que parece que se les niegue esa significación". Sin caer en el nihilismo de Beckett ni en la militancia de Brecha, creó personajes con profundos dilemas morales, exploró oscuros recovecos de la historia y utilizó elementos teatrales a veces no estrictamente realistas, siempre con el objetivo de azuzar la conciencia crítica de un público que, como él, había sido testigo de episodios nefastos para la humanidad.

Armando Almada-Roche   
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar   
(Desde Buenos Aires especial para ABC Color)