Entre dialogismo y realismo, por la relación mimética entre el referente y el discurso, plasmando en éste una forma de naturalidad lingüística merced al uso del discurso indirecto libre y la organización de hechos que se suceden, Casaccia logra que, como lo dice él mismo: “[...] la obra literaria, para mí, es un objeto que tiene una duración propia, un comienzo y un final. [...] La obra literaria es lo que obtiene alguien que reconstituye el mundo, tal como lo ve, a través de un relato que no apunta directamente al mundo sino que se refiere a obras o personajes inventados. Y eso es poco más o menos lo que he querido hacer”. (Almada, op. cit., p; 244-245). Para Casaccia, lo esencial sigue siendo la convicción de que: “A la literatura siempre la he considerado como una de las formas de libertad”. (Almada, p. 219). Tradición y transmisión de aquello por lo que la novela es un: “[…] género literario tan vasto, tan variado y sobre todo tan dinámico, que desde hace más de un siglo se renueva y se amplía sin cesar” (carta del 22 de junio de 1939). Sus novelas posteriores a 1939, tal y como lo expresa Casaccia, apuntan a “la conciencia y pensamiento de los lectores”. En esta línea se encuentran, por ejemplo, Raquel Saguier, Renée Ferrer, Guido Rodríguez-Alcalá y Susana Gertopan. Así, la geografía psicológica y física del escritor fracasado, que es Ramón Fleitas, posee relieves metafísicos cuyos claroscuros el lector descubre en las profundidades de las secretas motivaciones del personaje. Profundidades que son la sustancia de señales que resultan del cuestionamiento ontológico al que tiende el autor. Señales que constituyen la radiografía de la naturaleza y de la manera de ser y de vivir del personaje que Fleitas encarna. Un badulaque, según el párroco de Areguá. Con igual estrategia construye al personaje de Ángela: totalmente perdida en sus frustrados deseos de recibir el reconocimiento social que los avatares de la vida le quitaron para siempre; como la babosa, ella arrastra su baba malhechora y malsana, dejando tras ella la maledicencia destructiva. Sin embargo, y a la vez, ambos personajes se distinguen por su fragilidad y pusilanimidad desconcertantes. Ángela es una suerte de ángel ambiguo, protector y destructor, triste ángel caído (obsérvese la sobresemanticidad que transmite el nombre del personaje respecto de la ambigüedad y paradoja en su comportamiento). Por contraste, ella y su baba característica son una y sola metáfora de lo que nadie habría ni debería hacer, imitar, de lo que ni siquiera debería existir.
Asimismo, en La Llaga, el joven Atilio, en una de sus visitas a Asunción, conoce a Cipriana, joven costurera, de marcada independencia social y material, con quien pasa la noche, en casa de ella, so pretexto de haber perdido el último autobús para Areguá. Cipriana asume sola su realidad femenina sin reivindicaciones particulares, ni ostentación, pero sí con suave firmeza. Ella es el personaje de la novela cuya transparencia de ánimo y de sentimientos posee mejor delineado ese matiz de sencilla solidez, de realidad, de tranquila lucidez que necesita la labor catártica a la que apunta la novelística de Casaccia. Pero Atilio lleva en sí la llaga del suicidio del padre, de la ambigüedad sentimental de la madre y la de su propia madurez no conquistada aún. Cipriana habría podido ayudar a que Atilio se volviese un hombre hecho y derecho, mostrándole de qué manera una persona puede llevar adelante su vida sin deber nada a nadie, ni tampoco herir. A pesar de que el muchacho se siente muy atraído por la serena feminidad de Cipriana, frente a ella le parece hallarse ante un abismo de decisiones, y retrocede, eludiendo el consabido vértigo. Más tarde, Atilio sellará su destino trágico, tal y como lo hizo su padre. ¿Se puede pensar que Atilio faltó a la cita que el destino le tendía con Cipriana? La respuesta pertenece a un estudio específico. Digamos sí, que el muchacho se transforma en personaje de tragedia, dando la espalda a la madurez necesaria para afrontar las espinas frecuentes en la vida de cualquiera. Este personaje podría ser metáfora, o aun sinécdoque, por el Paraguay en su andar histórico. De ser así, en el se centraría lo fundamental en la estrategia catártica de la novelística de Casaccia, Atilio es el anverso y Cipriana el reverso de la misma medalla.
Más allá de las conjeturas, lo principal es lo que la novelística de Casaccia provoca en el lector: atractivo o rechazo. Atractivo, por contraste o por oposición, ya por lejanía, ya por cercanía. Narrativa que apunta al describir y comprender, sin juzgar. Los personajes que sufren, penan, se pierden en ellos mismos o para ellos mismos. Esos badulaques torpes en el vivir, actúan según su incapacidad de ser, de vivir, y ello acaba por volverse contra sí mismos, impotentes, de aletargada moral, víctimas de las dificultades. Si la narrativa de Casaccia renovó la novelística paraguaya, liberando inhibiciones, marcando voluntades, lo logró haciendo propio el axioma de Platón: “Lo que es moral sirve para educar” (El Político, 1341 b & ss). De ser así, contrariamente a lo que afirma el escritor, existiría una ideología social en su narrativa de ficción, y respondería a un intento de que la conciencia y el pensamiento del lector reaccionen. Tanto el escepticismo y como la empatía para con los personajes resultan ser algo saludable: no paraliza, no juzga ni prohibe, no impide el escribir ni el leer. Se suspende todo tipo de juicio ante la geografía psicológica de sus badulaques. Oigamos lo que dice Casaccia (carta del 29 de septiembre de 1946):
“En la novela que estoy escribiendo ahora —se trata de La Babosa— trato de darle libertad a mis personajes, dejarlos que sean ellos y que se muevan por sí mismos. Que ellos me lleven a mí y no yo a ellos. No medito ni preparo de antemano lo que van a decir o hacer. Los miro un poco desde afuera, cual si fueren seres de carne y hueso, extraños. Que tengan una conducta contradictoria, variable, sin que sea incoherente o fantástica. Pero noto que en lo hondo, en la raíz, llevan ya lo suyo; son siempre ellos”.