La canción interrumpida

El barrio en aquel entonces era modesto y casi todos los vecinos se dedicaban a esos oficios tan nobles como poco lucrativos basados en el uso de las manos: carpinteros, mecánicos, herreros… Oficios que no permitían costear para los hijos educación más allá de la primaria «para leer y escribir».

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Pero el padre de Roberto, mecánico, escapaba, por excepción, a la regla de la poca ganancia. Formado en un taller que servía a la firma Packard, importadora de vehículos de lujo, adquiridos por personas en posiciones sociales importantes, de los que el Gobierno proveía a sus más encumbrados integrantes y a los comandantes de las unidades de las fuerzas armadas y que los diplomáticos de los países prósperos se sentían obligados a poseer. Sus instalaciones hicieron prosperar esa zona de la capital y atrajeron almacenes, negocios, tiendas...

Los padres de Roberto eligieron la independencia y el hombre de la casa, bien preparado en sus ocho años de empleado de la Packard, comenzó a adquirir las herramientas necesarias para su oficio hasta que renunció a la firma e instaló su modesto taller en el patio de su casa; con el tiempo adquirió un baldío aledaño y fue atrayendo aprendices que integraron su personal después y contribuyeron a su prestigio. La familia prosperó y Roberto, de seis años, los fines de semana iba con su padre a ver los partidos de fútbol del club de su barrio, y le invadía la alegría de degustar un chipá regado con un helado palito, un vaso de dulce aloja y otros manjares.

No hubo sacrificio en la economía familiar cuando Roberto entró a la escuela del barrio; las ilusiones de sus padres no lo ligaban al taller mecánico: ya se pensaba en él con un título universitario, y guardapolvos, championes, cuadernos, lápices y demás enseres escolares eran gastos habituales y previsibles.

La escuelita, bien equipada con un plantel de docentes egresadas de la entonces exigente Escuela Normal, dio a sus pupilos una educación férrea. Roberto concluyó la primaria con calificaciones que se podrían considerar distinguidas y dijo a sus padres que quería seguir la carrera de Contable para ofrecer sus servicios a los negocios de la zona, entre los cuales la tienda de un señor sirio o libanés era el principal.

Su dueño, don Elías, recibió con amabilidad al jovenzuelo que tuvo la osadía de ir solo a preguntarle si no tendría una vacancia que se le pudiera adjudicar; le mostró la libreta de primera enseñanza y la del segundo año de Comercio, donde los números de apreciación en algunas materias eran verdaderamente altos. Don Elías había advertido algún desorden en el manejo de la papelería a cargo de su contador y, pensando que el joven podría ayudar a ordenarlo, le ofreció un trabajo de ayudante contable con muy baja paga, lo que no disgustó a Roberto, pero sí a sus padres, que manejaban los números del taller y estaban aprendiendo figuras como salario mínimo, vacaciones pagas, horas extras y gratificaciones.

Roberto tenía una hermanita, Alicia, que estaba concluyendo la primaria y por su simpatía y buenos modales atraía a su amistad a varias compañeritas. Una tarde en que venía con otra niña de guardapolvo, se cruzó con Roberto, que sintió por primera vez los síntomas de la impresión del sexo opuesto, lo que le hizo desviarse de su rumbo y continuar caminando con las niñas. En las consabidas averiguaciones se aclaró que el joven era el hermano de Alicia, o sea, «el hijo del mecánico», y que la amiga de Alicia era Dorita, la hija de don Elías…

En los tres años siguientes Roberto concluyó la segunda enseñanza con título de Contador Público y Dorita concluyó la primaria y entró al bachillerato en un colegio pago de monjas católicas. Alicia se quedó en casa a ayudar a su madre en los quehaceres domésticos, aprendió todas las artes y se hizo una experta cocinera y, con una máquina de coser, una experta costurera de varias damas del barrio, sumando un aporte importante a la economía familiar.

Roberto estaba al tanto del trajinar diario de Dorita, sus horas de salida a clases y regreso al hogar, y ajustaba su actividad en la tienda para pescar su salida del colegio y acompañarla hasta una cuadra antes de su casa. En esos trayectos le fue explicando lo que le inspiraba y eso se fue transformando en una franca declaración de amor, correspondido por la niña.

Esos paseos traían algunos progresos en la relación física de la pareja: de la atención de Roberto de cargar el portafolios, pasaron a tomarse de las manos hasta que el tiempo de la caminata del colegio a las cercanías del hogar de Dorita, al lado de la tienda, les resultó corto y a veces se detenían a conversar en la penumbra bajo los arbolitos de naranja agria.

Alguna vez se descuidaron, la madre de Dorita le preguntó por qué tardaba tanto en llegar a casa y lo comentó a don Elías, que, nervioso, la llevó en adelante en su auto y la buscaba a veces a la salida, casos en los que Roberto se replegaba a la sombra de algún zaguán.

Un día Alicia, que fue a hacer unas compras, le dio a Dorita una esquela en la que Roberto le comunicaba que hablaría con su pretendido suegro y riguroso patrón, don Elías. Ella la leyó y, azorada, derramó algunas lágrimas, en parte de impotencia y en parte de tristeza que se ahondaba con el tiempo la nostalgia de sus encuentros al salir de clases. Una tarde le dijo a su padre: «Roberto quiere hablar contigo», y don Elías, sin sospechar nada, contestó: «Y si está tanto tiempo por acá, por qué no habla». Una mañana que halló solo a Roberto en el escritorio, ocupado en los libros y papeles del negocio, le dijo: «Me animé a decirle a papá que quieres hablar con él porque no aguanto más la soledad sin verte». El galán, aunque sorprendido, sacó pecho y, sin desmerecer su hombría, contestó: «Muy bien, voy a hablar con él».

Días después, dijo al patrón: «Usted sabe, don Elías, que he recibido mi título de Contador Público y tengo crecientes perspectivas laborales; me siento en condiciones de formar una familia y por ello he pensado solicitarle permiso para visitar a Dorita. Por otra parte, quiero manifestarle que, con mi título, y según las leyes salariales, usted hace bastante tiempo que debió aumentarme el sueldo».

El patrón montó en cólera y le respondió que era una insolencia que el hijo de un mecánico intentara desposar a su hija, a quien reparaba para seguir estudios universitarios, que era un atrevido al pedir el aumento del sueldo, por lo cual quedaba despedido, que si lo llevaba a un reclamo ante la Justicia Laboral, castigaría duramente su insolencia, y, prohibiéndole toda relación con Dorita, «ni siquiera mirarla», de un empujón lo hizo caer en la vereda y cerró las puertas, dando por terminada la jornada de atención al público.

Roberto, profundamente herido en su amor propio y en el que tenía por Dorita, le contó lo ocurrido a su padre, sin omitir que don Elías había dicho que, con la categoría que pensaba darle a Dorita, no permitiría que se casara con el hijo de un mecánico sucio. El padre de Roberto, con mucha calma, le dijo que, si bien su origen era humilde, haber obtenido el título de Contador Público suponía una encomiable superación, y que a él, personalmente, no le afectaba el desprecio de «ese turco sucio» a quien en sus inicios él había visto ir de casa en casa cargando una maleta y tratando de vender sus cortes de tela con un lenguaje lastimero para ablandar a los posibles clientes. «Hay muchas mujeres en el mundo, y para ti», concluyó, «buen hijo, estudioso y trabajador, las habría mucho mejores que ella». Y el mecánico invitó a su hijo a pasar al comedor y olvidar las penas con un trago de la caña más fina de su bodega.

Roberto, por intermedio de un excondiscípulo que ya trabajaba en la sucursal asuncena de un banco europeo, accedió a una plaza en un lugar de suma categoría y mejor sueldo que la tienda, a pesar de que el frustrado suegro no contestó la carta de pedido de referencias que le cursara la entidad bancaria.

En mi juventud, se consolaba al joven que sufría por amores contrariados con un dicho: «Después de Dios, el tiempo».

Al parar mientes en que se acercaba el cumpleaños de Dorita, Roberto, que tenía una voz singular e integraba un conjunto de aficionados muy disputado para llevar serenatas a las damiselas, poco antes de la medianoche del día señalado, deseoso de homenajearla, fue con sus amigos a la casa de dos plantas; en el segundo piso, sobre la tienda de la planta baja, ya cerrada, todas las luces estaban encendidas: don Elías y su señora habían invitado a algunos parientes y amigos para la conmemoración del onomástico de su hija.

Como era «de estilo», la primera música que Roberto cantó con su mejor voz fue un vals:

«Como en la sacra soledad del templo

sin ver a Dios se siente su presencia,

yo conocí en el mundo tu existencia,

y como a Dios, sin verte te adoré…»

Los invitados que degustaban el ambigú se asomaron al balcón, y también se asomó Dorita, y varios de los presentes aplaudieron al apasionado cantor. Pero cuando don Elías asomó a su vez y vio quién era, demudado, fue al interior de la casa y volvió con la escopeta que guardaba para defender su tienda de los maleantes que asolaban el barrio. Desde el balcón, apuntó directamente al cantor y accionó los dos gatillos; los perdigones dieron de lleno en el cuerpo de Roberto, dispersándose los demás músicos mientras Dorita, sollozando, bajaba corriendo las escaleras, con la fortuna de que en ese momento llegara al lugar un taxi; ella lo detuvo y pidió al conductor que le ayudara a alzar al herido para llevarlo a Emergencias Médicas. Don Elías y su esposa también corrieron, detrás del taxi, llamando a gritos a su hija que, entre lágrimas, trataba de hacer saber su congoja y su amor profundo al casi moribundo cortejante.

En el nosocomio, el herido fue llevado a Urgencias por la importante pérdida de sangre; los galenos y practicantes de guardia, sin estorbarse, se repartieron los quehaceres: uno tipificó la sangre, otro se encargó de los aparatos de anestesia y un instrumentista acercaba las herramientas principales para extraer los perdigones y contener la hemorragia.

Dorita entró al quirófano contra la resistencia del personal médico, cuya atención estaba más centrada en los menesteres técnicos que exigía el caso. Don Elías, su mujer y algunos amigos cercanos, en cambio, no pudieron cruzar la puerta, y Roberto, que ya empezaba a sentir los efectos de la anestesia, al ver a su amada, obnubilado, atinó solamente a continuar la canción interrumpida:

«…y como a Dios, sin verte te adoré…»

Fueron sus últimas palabras, y no faltó quien recordara el dicho: «El amor es más fuerte que la muerte».

aencinamarin@hotmail.com

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