Luis-Ferdinand Céline, el escritor maldito

Luis-Ferdinad Céline nació y murió en París (17 de mayo de 1894 - 1 de julio de 1961). De sus libros y libelos, unos dieciocho aparecieron en el transcurso de su vida, y alrededor de seis quedaron inéditos.

Sus obras principales son Viaje al fin de la noche (1932), Muerte a crédito (1936) y De un castillo a otro (1957).Sus libros parecen con frecuencia historias clínicas de él mismo. Las heridas que recibió durante la Primera Guerra Mundial, que le ocasionaron sufrimientos de por vida, tanto físicos como neurológicos, fueron el tema dominante de su obra.   

Céline era el seudónimo literario del Dr. Louis Destouches ("Yo me apellido Céline, porque es el nombre de mi madre; ella se apellida Céline", dijo alguna vez), hijo de un empleado y una encajera. Después de la Primera Guerra Mundial, obtuvo rápidamente su título de médico… en tres años. Trabajó en clínicas de Francia, África y los Estados Unidos, y para la Fundación Rockefeller y la fábrica Ford, en Detroit, para la cual escribió un estudio sociológico, La Medicine Chez Ford.   

Se casó dos veces (con Edith Follet, 1917-1924, y con Lúcete Almanzor, 1939-1961), y fue rechazado una vez, por Elizabeth Craig, en 1932. Vivió en parte de los derechos de autor de sus libros y en parte de sus honorarios médicos, aunque la mayoría de sus pacientes eran demasiado pobres para poder pagarle por sus servicios.   

Las obras publicadas de Céline fueron best-sellers. Tenía un gusto característico para los títulos: Ballet sin música, sin gente, sin nada, La escuela para cadáveres, Fantasía para otro día.   

La contribución especial de Céline a la literatura francesa fue haber escrito en la lengua que hablaba, sin obstrucción de las consideraciones académicas, en el argot de la calle.   
  
Voyage au bout de la nuit (Viaje al fin de la noche)

El contexto histórico en que crece y escribe Céline se caracteriza por numerosas fracturas sociales (el asunto Dreyfus, la ascensión de los nacionalismos, las movilizaciones obreras, la disidencia anarquista y, sobre todo, las dos guerras mundiales) que son, para el autor, la prueba concluyente de la carrera desbocada de la civilización occidental hacia su destrucción. Todas las formas de inhumanidad que produjo en su época el (des)orden social se dan cita en su obra. Si la grandeza de un autor se mide en función de su contribución al conocimiento profundo de la especie humana, el universo literario de Céline —que es también una contraética de las que el lector no sale indemne— merece ocupar un lugar destacado.   

Louis-Ferdinand Destouches, verdadero nombre de Louis-Ferdinand Céline, proviene de la pequeña burguesía comerciante. Después de diversos períodos de aprendizaje y un par de estancias lingüísticas en Alemania e Inglaterra, se alista en el ejército a los dieciocho años. En octubre de 1914 sufre una grave herida en el brazo derecho. Tras diversas operaciones, queda afectado por una parálisis radial. Condecorado por su valor, Destouches es destinado al consulado general de Francia en Londres en 1915. Después de un matrimonio secreto, trabaja en Togo donde contrae el paludismo y es repatriado. Casado de nuevo y con una hija, inicia estudios de Medicina y dedica sus tesis a P.I. Semmelweis, precursor húngaro de la toma de precauciones higiénicas en el parto para evitar la muerte por infección puerperal, que sufrió la incomprensión de sus colegas. Este trabajo anuncia ya las principales fobias del autor. Trabaja en el departamento de epidemiología de la Sociedad de las Naciones y vive unos años en Ginebra. Después de su expulsión de dicha institución, Céline, despechado, trabaja en un dispensario en Cliché y escribe Viaje al fin de la noche, 1932, novela que lo hizo conocido, aunque no fuese considerada lo bastante académica como para merecer el Goncourt. Su segunda novela, Mort á crédit (Muerte a crédito, 1936), no fue muy bien recibida. El silencio de la crítica, motivado por el contenido anticomunista del libro, fue el detonante que lo decidió a publicar, entre 1936 y 1942, una serie de panfletos donde condena la democracia —triunfo del resentimiento de los débiles— y multiplica sus acusaciones contra judíos y bolcheviques, a quienes responsabiliza de la decadencia que tiene postrada a una Francia donde sólo los escritores de izquierdas pueden hacer carrera literaria. Sus descargas de odio acaban volviéndose contra él. Para evitar ajustes de cuentas, después de publicar Guignol’s Band (1944) viaja a Dinamarca con su tercera esposa. Allí es detenido y encarcelado. Pasa un período en el exilio en una localidad de la costa del Báltico, desde donde publica Casse-Pipe (Casse-Pipe: conversaciones con el profesor "Y", 1948). Gracias a una amnistía dirigida a los antiguos combatientes heridos en la guerra, puede volver a Francia. Arruinado, sin sus manuscritos, regresa a un París literario en manos de Aragón y Sartre. Calumniado por la prensa de la posguerra, Céline, cuyo nombre aparece en la lista negra del comité nacional de escritores, no consigue publicar. Con ayuda de Roger Nimier, rehace su carrera publicando las dos primeras partes de la trilogía alemana, D’au chateau l’autre (De un castillo a otro, 1957) y Nord (Norte, 1960). La prensa vuelve a tenerlo en cuenta. Mientras acababa Rigodon (Rigodón, 1969), tercer volumen de la trilogía, muere a consecuencia de una hemorragia cerebral en 1961.   
  
"…La medicina era mi pasión"  

Louis-Ferdinand Céline era un clínico general en los barrios pobres de París. También era un médico muy sensible y verdaderamente amable según se cuenta, y denunciaba de manera furibunda en crónicas los insensatos sufrimientos de sus pacientes.   

Tal vez quepa aquí estas palabras del escritor norteamericano Jack Kerouac, aplicado a su personalidad y espíritu bondadoso: "Me parece que Céline era verdaderamente el escritor francés más compasivo de su época. Él mismo dijo (en 1950, en una entrevista aparecida en un diario de París) que en esa época había dos escritores verdaderos en Francia: él y Jean Genet. Un poco en broma, no tomaba mucho en cuenta a Genet, por la obvia razón que todos conocemos. Pero era muy inteligente para reconocerlo. Yo creo que Genet completó la tragedia del Extraño submundo francés para Balzac, pero en términos de Rimbaud, o más vale bajo los términos de Rimbaud, y bajo el ojo crítico de Villon (mientras Baudelaire observa desde un balcón distante). Esta investigación era algo que el robusto y burgués maese Balzac nunca se hubiera atrevido a emprender. Y la prosa de Genet es por donde se la mire angélica, de la calle, tal como la prosa de Proust era angélica desde un nivel superior. Y digo que Céline tenía razón con respecto a Genet.   

"Pero en el caso del mismo Céline, sus fuentes se remontan más atrás en la literatura francesa: venía de Rabelais, y hasta del viril Hugo. Siempre me pareció que el Robinson de Viaje… era perseguido por un Javert amortajado, y que Javert era el mismo Céline, y Robinson era el mismo Céline, y por lo tanto Viaje… es la historia de la Mortaja del yo de Céline persiguiendo a la Mortaja del no-yo de Céline, Robinson. No entiendo cómo la gente pudo acusar a Céline de poseer una maldad vitriólica habiendo leído alguna vez el capítulo de la ramera joven de Detroit, o lo del sacerdote agonizante que trepa por la ventana en Muerte a crédito, o aquel maravilloso inventor del mismo relato".   
  
Decía Céline en una entrevista: "Yo empecé con la medicina, y sin duda no la literatura. Sentía una enorme admiración por los médicos. Me parecían extraordinarios. La medicina era mi pasión. Actualmente está tan maltratado por la sociedad que todo el mundo compite con él, ya no tiene prestigio. Desde que está vestido como el empleado de una gasolinera…, bien, poco a poco se convierte en el empleado de una gasolinera, ¿eh? Ya no tiene mucho que decir, las amas de casa tienen el Diccionario Médico Larousse, y además las mismas enfermedades han perdido prestigio; hay menos, así que eso es lo que pasa: nada de sífilis, nada de gonorrea, nada de tifoidea. Los antibióticos han eliminado la tragedia de la medicina. Así que ya no hay más peste, no hay más cólera".  

Y agregaba: "Pero bien, el problema humano no es la medicina. Son fundamentalmente las mujeres las que consultan a un médico. La mujer sufre más molestias, porque es claro que tiene todo tipo de debilidades conocidas. Necesita… desea seguir siendo joven. Tiene la menopausia, sus períodos, toda esa historia genital, que es muy delicada, que la convierte en una mártir, no es cierto, entonces esta mártir vive de todos modos, sangra, no sangra, entonces va al médico, es operada, no es operada, es reoperada, después entre medio da a luz, pierde su forma, todo eso es importante. Quiere permanecer joven, conservar su figura, bien no quiere hacer nada y no puede hacer nada…".

El bestiario de Céline  

Las novelas de Céline ofrecen una galería de individuos miserables —como los Henrouille (Viaje al fin de la noche), dispuestos a convertirse en criminales para mejorar su situación económica— zarandeada por los caprichos de una historia que gira en torno a la guerra, escenario privilegiado —aunque no exclusivo— de una tragedia humana que da lugar a espectáculos histriónicos y grotescos: el maquinista (Rigodón) afeitándose mientras caen las bombas y suenan las sirenas, el anciano Van Leiden (Norte) yendo, sable en ristre, a combatir solo contra el ejército soviético antes de morir a consecuencia de la paliza que le propina un grupo de prostitutas. La guerra pone al mundo patas arriba. Los paisajes desolados por los bombardeos son la base de una fantasmagoría apocalíptica alucinante. Sometido al instinto de muerte, del que eros es, como la guerra, una manifestación más, el imaginario de Céline es ante todo corporal. Cólicos, hemorragias y vómitos se convierten en metáforas obsesivas del trabajo de disolución de la vida, agitación constante, entre generación y degeneración. En el ambiente urbano de proxenetas y prostitutas de Guignol’s Band, las disputas y altercados amenazan con convertirse en motines y los espacios habitados rebosan de objetos hacinados, como la tienda del usurero Van Claben. El espíritu también está condenado sin remisión a la muerte a crédito que es la vida y la única respuesta que parece encontrar Céline ante tanta desolación es un himno desesperado a la energía que agudiza la tonalidad expresionista de su obra. La sensibilidad negra y trágica de Céline aparece en la utilización de la canción popular, a la vez dolorosa y divertida. La música conduce a un estado de ligereza que suspende por un momento la tragedia existencial al precio de recordar al individuo el carácter efímero de la existencia, devolviéndolo a la desaparición y la pérdida. También los animales que componen el bestiario de Céline ocupan un lugar destacado por su instinto, que no engaña ni miente, y por su fidelidad a sí mismos. El resto —ideales, sentimientos elevados— es una enorme patraña.   

El autor recordaba: "Tengo el carácter de mi madre. Más que el de nadie. Era tan dura, era imposible esa mujer. Debo decir que tenía temperamento. No disfrutaba de la vida, eso es todo. Siempre preocupada y siempre en trance. Trabajó hasta el último minuto de su vida… Vivíamos en una pobreza extrema. Más duro que la pobreza, porque uno puede dejarse ir en la pobreza, degenerarse, emborracharse, pero ésta era una pobreza sostenida, digna. Era terrible. Toda mi vida comí fideos. Porque mi madre solía reparar encaje viejo. Y algo particular del encaje viejo es que los olores se le pegan para siempre. ¡Y no se puede entregar encaje con olor! ¿Y qué era lo que no olía? Los fideos. He comido ollas enteras de fideos. Mi madre los preparaba por fuentes. Fideos hervidos. Oh, sí, sí, toda mi juventud: fideos y gachas. Cosas que no tienen olor. La cocina en el pasaje Choiseul estaba en el segundo piso, era grande como un armario, uno llegaba al segundo piso por una escalera de caracol, como un sacacorchos, y había que subir y bajar eternamente para ver si se cocía, si hervía, si no hervía, era algo imposible. Mi madre era inválida, una pierna no le funcionaba, y tenía que subir esa escalera. Solíamos subirla unas veinticinco veces por día. Qué vida era ésa. Una vida imposible. Y mi padre era empleado. Volvía a casa a las cinco. Tenía que hacer las entregas de mi madre. Oh, no, eso era pobreza, pobreza digna".

El ritmo de la sintaxis  

El universo físico y brutal de Céline desconfía de las armas del intelecto. Si su obra contiene numerosos personajes que poseen un especial dominio de la palabra, el conocimiento que encarnan estos hombres pensantes está, de antemano, condenado al fracaso. El individuo que despunta en el uso de la palabra es un charlatán que entona inútiles y grandilocuentes discursos, como Coutrial el inventor de Muerte a crédito. La incontinencia verbal de Céline es, pues, un desafío a la vez que una traición sin salida: se precisa de la palabra para denunciar la vanidad de su uso, cuando solamente el silencio permitiría llegar a expresar la fascinación por el mundo. Para atenuar su traición, Céline se convierte en logógrafo, en estilista de la restitución artística de la palabra emocional, viva. La mezcolanza de registros de lenguaje que utiliza produce una polifonía enunciativa y estilística, aunque es la impresión de lengua hablada la que proporciona un tono relativamente uniforme a su escritura. Y es que sólo el lenguaje hablado puede aspirar a transponer el desorden del mundo, la emoción y la conmoción. El ritmo de la sintaxis es, pues, más importante que el sentido. Para que la materialidad del texto sea la manifestación física de la vida y no una mediación intelectual, el autor sustituye la frase académica por un flujo verbal irracional donde se subrayan la dimensión sonora del lenguaje y la carga emotiva de la materia fónica y en el que las palabras se vacían de su sentido. La escritura sismográfica de Céline registra las turbulencias de un mundo caótico que se transmiten al lector perturbándolo, molestándolo en ocasiones. Por un lado, la narración procede por expansión difractándose en numerosas digresiones; por otro, en el interior de esas digresiones, Céline fragmenta la frase abandonando la puntuación tradicional y utilizando los puntos suspensivos, la exclamación o la interrogación para separar entre sí los segmentos sintácticos, eliminado, así, todo lo que no es imprescindible para garantizar un mínimo de sentido.   

Céline explica qué es para él el estilo. Así, por ejemplo él mismo apunta: "En la época de Balzac uno se enteraba de cómo era la vida de un médico rural leyendo a Balzac, en la época de Flaubert, la vida de la adúltera leyendo a Flaubert, etcétera… Ahora estamos informados sobre todos estos temas, enormemente informados: por la prensa, y por los tribunales, y por la televisión, y por las encuestas médico-sociales. ¡Oh, hay miles de historias, con documentos, con fotos!... Ya no hay ninguna necesidad de todo aquello. Creo que el rol documental, e incluso psicológico, de la novela ha terminado; eso es lo que pienso. Y entonces, ¿qué le queda? Pues no le queda gran cosa, le queda el estilo, y también las circunstancias en las que cada uno se encuentra. Proust evidentemente se encontraba en el mundo, así que él cuenta el mundo, lo que ve, y también los pequeños dramas de la pederastia. Bueno. Muy bien. Se trata de situarse en la línea en la que te sitúa la vida, y no salirse, para poder recoger todo lo que haya allí, y luego trasponerlo en estilo. Entonces, cuestión de estilo…  

"El estilo de todos esos chismes me parece que está en el mismo tono que el examen de reválida, en el mismo tono que los alegatos, en el mismo tono que las declaraciones en el Congreso, es decir un estilo verbal, elocuente tal vez, pero en todo caso nada emotivo. Yo los miro como los impresionistas debían mirar a los pintores de su tiempo, que también se la devolvían. Evidentemente el impresionista, cuando miraba la iglesia de Auvers pintada por un pintor de la época, un buen pintor de la época, ¡nada que ver con un Van Gogh! Y el otro decía: "¡Pero es un horror, es un delincuente, hay que matarlo!". Bueno, ellos aún piensan eso de mis libros".

La lengua oral  

En Viaje al fin de la noche, el lector sigue las correrías de Bardamu, antihéroe cínico y cobarde, a lo largo y ancho de una civilización agonizante. Cada episodio despliega una parcela de la misma: el ejército, las colonias, el proletariado urbano. La experiencia de Bardamu en el frente lo confronta con su propia cobardía y con el horror de la guerra. Allí conoce a Robinson, con quien intenta desertar, pero el plan fracasa y Bardamu vuelve herido a París, donde es condecorado y conoce a una enfermera americana, Lola, que lo acaba abandonando. Después de un segundo abandono por parte de otra mujer, Bardamu decide instalarse en África, donde trabaja en una factoría y descubre las atrocidades del régimen colonial. Su siguiente etapa en los Estados Unidos no es más prometedora. Solo y sin dinero, se dirige a Detroit, donde trabaja para Ford hasta que Molly, una prostituta generosa, le permite abandonar el infierno de la fábrica. Decide regresar a París. Finaliza sus estudios de Medicina y abre un consultorio en Nancy, periferia pobre donde sigue llevando la misma vida miserable de siempre. Aparece de nuevo Robinson, quien acepta cometer un asesinato a cambio de dinero, pero sale malherido de su intento y pierde la vista temporalmente. Bardamu abandona la Medicina y trabaja como figurante en un music-hall de París. Va a Toulouse, donde vuelve a encontrarse con Robinson y se convierte en el amante de su novia Madelon. Una muerte accidental de la que podría ser acusado lo obliga a volver a París. Trabaja como médico en un hospital psiquiátrico. Su jefe, que se está volviendo loco, abandona el centro. Vuelve Robinson, quien ha recobrado la vista y abandonado a Madelon. Bardamu, ahora responsable del hospital, lo contrata. Durante una salida en que Robinson y Madelon debían reconciliarse, ésta, despechada, le descarga tres balazos a su antiguo novio. Bardamu vuelve a estar solo. La escritura de Viaje al fin de la noche tiene lugar en un momento en el que la literatura burguesa y el éxito de Proust se consideran con reservas mientras que la literatura proletaria o popular suscita un enorme interés. Sirviéndose de su experiencia personal como soldado y como médico, Céline denuncia el trabajo en cadena, el capitalismo, las condiciones de vida miserable e insalubre del proletariado que se hacina en los barrios periféricos. Si la primera novela de Céline, calificada por la crítica como picaresca, tiene una deuda con autores como Barbusse, Dabit o Ramuz, se distingue de todos ellos porque la lengua oral atraviesa las fronteras de los diálogos y acaba convirtiéndose en la marca propia de un autor que declara que no le interesa el mensaje, sino el estilo. El argot es sólo una variante de una lengua profundamente híbrida en la que abundan términos inusuales o arcaicos. Más que el léxico es la puntuación la que confiere al conjunto el aspecto de lengua hablada. Miseria social y miseria moral carecen de solución. Historia e individuo convergen en la novela hacia un mismo fracaso. El instinto sexual, a menudo cargado de misoginia ("las mujeres, eso no piensa nunca") suprime cualquier tentación idealista, la maternidad es la manifestación por excelencia de la entropía a la que está condenada la materia, el amor y la amistad son precarios y peligrosos.   

Y Céline recalcaba sobre el estilo: "Lo que se hace actualmente son novelas inútiles, porque lo que cuenta es el estilo, y nadie quiere someterse al estilo. Esto requiere muchísimo trabajo, y la gente no es trabajadora, no vive para trabajar, vive para gozar de la vida y eso no permite trabajar demasiado. Sin trabajo no se puede hacer gran cosa. También está la elocuencia natural: es realmente malísima, la elocuencia natural. Porque para trasladarla al papel, y lograr que no sea un papelón… en fin, es un gran esfuerzo".

Armando Almada-Roche   
armandoalmadaroche@yahoo.com.ar   
(Desde Buenos Aires, especial para ABC Color)
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