Mario Benedetti, un escritor de compromiso humanista

Mario Benedetti, el popular escritor uruguayo, de 86 años, autor de La tregua, cuando el año pasado fue premiado en España con el Menéndez Pelayo, por decisión unánime del jurado reunido en la Casa de las Américas en Madrid, comentó: “Para mí ha sido una sorpresa y un honor que me hayan concedido un premio tan importante pensando en mi modesta persona”. Esta declaración demuestra una vez más su humildad y bajo perfil, y nos trae a la memoria una de las entrevistas que le hiciéramos; recordamos sus ojos claros, bajo sus cejas pobladas, y su carácter jovial.

Acaban de publicarse en Buenos Aires dos libros nuevos de él: Canciones del que no canta y Nuevo Rincón de Haikus. A raíz de estas publicaciones, creemos oportuno repasar sus obras más significativas y transcribir los tramos más interesantes de los diálogos que hemos mantenido con él, que, por uno u otro motivo, ha quedado inédito.

Nacido en Paso de los Toros (Uruguay), en 1920, Mario Benedetti está considerado hoy como uno de los escritores más importantes de América Latina, destacándose con verdadero rigor y originalidad en la narrativa, en la poesía, en el ensayo, en la crítica literaria, en el teatro, en el humorismo y, finalmente, en la canción, siendo el principal autor en su momento de los textos de la actriz y cantante Nacha Guevara.

Su único fracaso certificable está en el teatro, del que más vale no acordarse. La otra cosa que despista es el triunfo extraordinario de sus libros en el ámbito uruguayo, sobre todo de los que tienen tema y entonación nacional. Por el carril de la multiplicidad de géneros o del éxito público, mucha gente ha perdido de vista que la obra abundante de Benedetti es muy unitaria, que tiene casi una única experiencia vital en su centro, que es autobiográfica y confesional hasta los extremos del dolor, de la impudicia, de la incomunicación.

Esto se advierte, sobre todo, al examinar sus cuentos y sus novelas. Conviene advertir, desde ya, a nuestro juicio, que Benedetti es mejor cuentista que novelista, como también es muy superior como articulista que ensayista. Su visión y su sensibilidad aciertan más y con mayor frecuencia en la forma breve; suelen perderse en los aspectos más ambiciosos.

Aunque Benedetti ha publicado ya varios volúmenes de cuentos (Esta mañana, 1949; El último viaje, 1951), el que mejor lo representa hasta la fecha es Montevideanos (1959; ampliado en 1961). Allí aparecen no sólo los temas y personajes que han servido para consagrarlo, sino un enfoque muy personal de la sociedad capitalina. Ha sabido excavar en una realidad apenas cartografiada por la literatura: esa ciudad, la entonces vacilante entre urbe y aldea, que era Montevideo.

La tregua

Cada una de las narraciones de su libro explora una zona, recalcamos, del ámbito montevideano, aunque a veces el autor deba desplazarse en busca de raíces ya lejanas o proyectarse fuera de este mundo. Cada cuento suyo, por ejemplo, fija un personaje arquetípico (el muchacho de barrio, la noviecita fiel, el viejo coimero) o dibuja los perfiles de una institución nacional. No sería difícil probar (si hiciera realmente falta) que en otras partes del mundo se cuecen las mismas habas, que la esencia del montevideano se confunde con la naturaleza del hombre, ese homme moyen sensuel que tanto explotó la literatura francesa y que tiene su prototipo en Leopold Bloom, judío y montevideano honorario.

“Nací en Paso de los Toros, en el departamento de Tacuarembó, pero a los 2 años fui de Paso de los Toros a Tacuarembó y a los 4, de Tacuarembó a Montevideo. O sea que soy realmente un montevideano, como la gran mayoría de los montevideanos de mi generación, todos nacidos en el interior. Incluso de los escritores de mi generación, pues casi todos son del interior, pero vinieron muy chicos a Montevideo traídos por sus familias. Hay que tener en cuenta que en el Uruguay, siempre, la mitad o más de la población del país vive en Montevideo. Es el centro cultural, el centro educativo, el centro universitario”, nos lo decía en uno de nuestros diálogos.

De sus múltiples trabajos no literarios –vendedor de repuestos de automóviles, oficinista, gerente de una inmobiliaria–, Benedetti afirmaba que su oficio “más constante fue el de taquígrafo”: gracias a él sobreviviría durante años difíciles, cuando aún la docencia universitaria o su permanencia en Marcha –desde 1945 hasta su cierre– no podían brindarle la paz económica que más tarde conseguiría con sus libros.

Recordaba: “Yo estuve en Marcha desde el año 45, cuando recién había publicado mi primer libro. Obtuve un premio en un concurso de poesía que organizó Marcha, y a partir de ese momento estuve vinculado, salvo algunos breves períodos, al semanario hasta su cierre por la dictadura. Después empecé a trabajar en diarios grandes... estuve en El Diario; en La Mañana, y también en La Tribuna Popular.

En los diarios hice de todo: información, humorismo; fui cronista de conferencias, porque el asunto de la taquigrafía podía dar una versión bastante textual de las conferencias; también hice crítica de cine en La Tribuna; hice crónicas humorísticas de deportes; iba al estadio los domingos y, al día siguiente, publicaba una nota humorística del partido”.

Lo que este autor parece querer decir (y decírnoslo) con sus cuentos es que así son los montevideanos: mediocres, superficiales, resentidos, frustrados. Y lo dice de modo que no tengan más remedio que reconocerse. Están todos comprometidos en la felicidad de una frase, en la verdad de un gesto ritual, en un movimiento que el ojo no registra, pero la intuición de Benedetti ha visto. Curiosamente, este informe negativo no está dicho con odio sino con amor, ya que Benedetti no se alza por encima de sus criaturas para juzgarlas sino que comparte con ellas penas y glorias. Él es, sin duda, quizás, como usted lector, un personaje tan confuso y desorientado, un montevideano.

Las tres primeras novelas publicadas en el lapso de trece años marcan el desarrollo de este narrador. En 1953, Quién de nosotros; es una novela corta o nouvelle, en que el escritor de cuentos ensaya su mano y propone un clásico triángulo desde el testimonio triple del marido ( en su “diario”), de la mujer (en una carta al marido), del amante (es escritor y escribe un cuento sobre el tema, cuento que anota con observaciones críticas y autobiográficas). A la estructura breve y compleja de este primer intento novelístico, sigue una novela lineal, La tregua (1960), en que el protagonista cuenta su propia historia por medio de un “diario” íntimo: este recurso concentra el punto de vista (disperso en la obra anterior, y hasta contrapuntístico) y objetiva toda la narración al hacerla coincidir con lo que descubre, día a día, el protagonista. La tercera novela, Gracias por el fuego (1965), tiene una estructura más libre. Aunque está contada en su mayor parte desde la conciencia del protagonista, hay capítulos en tercera persona que lo muestran desde fuera e impersonalmente (como el primero) o que asumen la perspectiva de algún otro personaje secundario para contar lo que el protagonista no podía saber. Aun así, el peso del relato en primera persona acaba por imponer un tono confesional al libro.

Antes de seguir con el ligero análisis de sus obras, recordamos cuando le preguntábamos ¿cuál es la mejor función que puede cumplir un escritor? Y él respondía, sin titubeos: “Creo que la mejor función que podemos cumplir los escritores, por más preocupaciones políticas que tengamos, es escribir. Mi preocupación es tratar de escribir lo mejor que puedo; pienso que es la obligación que tengo, no sólo conmigo mismo sino también con mi país, con mi cultura. Eso es lo que trato de hacer. A través de esa literatura, que procuro que sea lo mejor posible, aparecen mis otras preocupaciones y mis otras prioridades, que van desde la política al amor”.

Una burla feroz

A Mario Benedetti le interesa precisar en sus obras, siempre, la perspectiva desde la cual cuenta sus historias. No es casual que en sus tres primeras novelas haya un predominio del relato y que en las tres, el relato más importante siempre esté centrado en un personaje que de alguna manera es el mismo: un montevideano de clase media, mediocre y lúcidamente consciente de su mediocridad, desvitalizado, con miedo a vivir, resentido hasta contra sí mismo, quejoso del país y de los otros, egoísta por la incapacidad de comunicarse, de entregarse entero a una pasión, candidato al suicidio, si no suicida vocacional. El personaje cambia de edad y de nombre, de condición social y de esperanzas superficiales, pero en su entraña es el mismo.

En Quién de nosotros se llama Miguel y es el marido del triángulo. Lleva con Alicia, su mujer, una existencia rutinaria que arranca del tiempo que fueron compañeros de estudios. Lo único que pone un poco de pasión en esa rutina es la sospecha, alimentada como una llama tenue, de que Alicia, lo engaña. Sueña siempre con el reencuentro de su mujer y el otro, hasta que él mismo se encarga de propiciarlo. En esa trama se advierte muy clara la raíz edípica de la relación del protagonista con su mujer. Para Miguel, Alicia es del otro. Como la realidad se niega a confirmar esa oscura necesidad, se ve obligado a forzar la realidad, echar a Alicia en brazos de Lucas, coronarse él mismo. El asunto serviría en manos de Boccaccio para una burla feroz. En la nouvelle de Mario Benedetti el tema muestra, desde tres ángulos, la mediocridad de unos seres destinados a vivirlo todo de préstamo, hasta la mujer legítima. Esa mediocridad es lúcida, lo que no la hace más llevadera.

Podemos señalar, además, que en sus obras trata a veces el tema político. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas, la política ha sido un hecho tan determinante que ha pasado a ser un asunto primordial en su país, y en ese sentido ha invadido también su obra. Eso no quiere decir que él no trate que sus actitudes, como ser humano, refrenden lo que Rodó llamaba “las ideas en circulación” en una de sus cartas a Unamuno. Si los escritores sólo pusieran ideas en circulación, es probable que las ideas estén más defendidas.

Cuando le señalábamos que podríamos denominar su literatura como militante, él respondía: “Una parte de lo que yo he escrito es, por cierto, literatura militante, en especial la que está agrupada bajo el título de Letras de emergencia. Ese libro incluye fábulas sin moraleja (para poder sobrepasar la censura de aquel momento), letras de canciones muy políticas, poemas y cuentos, e incluso algún discurso. Tengo asimismo otros libros: Crónicas del 71 y Terremoto y después, que son textos políticos (editoriales y discursos), pero no son literatura”.

Ya que estamos hablando de sus tres primeras novelas, continuemos con La tregua, que es su segunda novela. En este trabajo la situación de sus personajes aparece más disfrazada porque el protagonista es viudo y se enamora de una mujer veinticinco años menor, una empleada de su oficina. Pero también el esquema edípico asoma entre líneas. La atención del protagonista se aviva cuando sabe que la muchacha tiene un novio; él mismo ha vivido una precaria vida sexual desde que su mujer murió cuando él tenía 28 años (ahora tiene casi cincuenta); su virilidad está como adormecida y sólo conoce higiénicas relaciones con alguna mujer encontrada al azar y nunca reencontrada.

Todos los datos que ofrece el protagonista sobre sí mismo dibujan la imagen de una vitalidad muy amenguada. Sólo piensa en jubilarse, en sobrevivir; se encierra en sí mismo, como en una cáscara protectora; considera su vida liquidada y se asombra de ser capaz (a los cincuenta años) de volver a enamorarse. En muchos aspectos, su psicología se parece a la del protagonista de “Senilitá”, sólo que Italo Svevo diseñó un infierno más dramático para su personaje.

Lo que acontece al protagonista de La tregua es una relación tímida, lenta, que de a poco se convierte en amor, con una muchacha también tímida, retraída, desvitalizada. La muerte de la muchacha, que corta de golpe ese renacimiento del protagonista, parece obedecer más a los deseos secretos del protagonista (incapaz de vivir realmente) que a un golpe de efecto del autor. Para este muerto vocacional, un verdadero amor es demasiada vida.

La claridad en el estilo

Es verdad que Mario Benedetti establece una buena comunicación con el público, pero no fuerza sus instrumentos para llegar a ese trato. Es un hecho, suponemos, que se ha dado naturalmente. “Fue en Buenos Aires –decía al respecto el escritor–, en la Plaza San Martín, donde leí por primera vez al poeta argentino Baldomero Fernández Moreno. En aquella época se estilaba mucho una poesía muy oscura, muy hermética, y yo sabía que jamás podría escribir una cosa así. Hasta que leí a Fernández Moreno y descubrí una poesía clara, sencilla, poética y, salvadas todas las inconmensurables distancias, sentí lo que pudo haber sentido Correggio cuando, ante la Santa Cecilia de Rafael, dijo: ‘Anche io sono pintore’.

A partir de ese momento forma parte de mí esa claridad en el estilo”. Más tarde, esa misma lección de claridad la encontraría todavía más nítida en poetas como José Martí o Antonio Machado. Entre sus influencias poéticas también está Vallejo. Aprovechamos para señalar que la poesía latinoamericana contemporánea se divide en dos grandes familias, la familia Neruda y la familia Vallejo. Y aunque Neruda es un poeta más claro, “me considero de la familia de Vallejo, porque de él aprendí el combate con la palabra.

Creo que en algún ensayito por ahí dije que Neruda seduce a la palabra y Vallejo la viola. Vallejo inventa su lenguaje. Pienso en donde más se me nota su influencia es en El cumpleaños de Juan Ángel, una novela en verso donde yo también me puse a inventar palabras”.

En Gracias por el fuego Mario Benedetti traslada el conflicto del tema secundario del amor al tema central del odio. Ese odio por la vida que se insinúa en la peripecia del marido de Quién de nosotros y que convierte al protagonista de La tregua en verdadero ángel de la muerte, es aquí el motivo central de la novela. El odio se concentra en el padre de Ramón Budiño. Porque ahora sí, el complejo edípico desnuda de una vez por todas su máscara.

El protagonista es un hombre maduro que ha vivido toda su vida a la sombra de su padre, un hombre poderoso y rapaz. Está marcado desde la infancia por esa personalidad que todo lo avasalla. Uno de sus recuerdos más tenaces es la violación de su madre por el padre, a la que asiste detrás de una mampara: el deseo del padre imponiéndose contra la voluntad de la madre, él mismo como testigo impotente de un hecho que lo supera. Esa escena, que Mario Benedetti describe con rara intuición y en la que no falta siquiera la metáfora de una lapicera fuente que el protagonista ha venido a buscar y al cabo abandona, pone al descubierto las raíces del odio. La racionalización del odio está clara: el padre es un capitalista inescrupuloso, uno de los que se enriquecen con la miseria ajena, un explotador.

Pero el odio arranca de más lejos: arranca de ese amor desmedido de Ramón Budiño por su padre, amor que lo frustra y hasta lo castra (simbólicamente) al verificar su impotencia detrás de la mampara. Cuando al final de la novela, el protagonista no se anima a matar a su padre y termina por matarse, cumple en esa castración simbólica que es el suicidio su destino de fracasado parricida.

Despiadadas radiografías

Según Stevenson, lo que llamamos prosa es la forma más difícil de la poesía. Así, al menos, lo refería hace mucho Jorge Luis Borges, definiéndola, a su vez, como una manera tardía y compleja del arte poético. Entonces, si algo de veras asombra en las sucesivas entregas de Mario Benedetti, es su capacidad narrativa para elaborar despiadadas radiografías de lo cotidiano, donde el apunte coloquial no desdeña jamás el lirismo, la mirada cálida y romántica, y refleja la tipicidad de su país de un determinado momento.

Refleja sobre todo una mentalidad de clase media que encuentra en sus frustrados protagonistas una posibilidad concreta de identificación emocional. De alguna manera, los miles y miles de lectores de Mario Benedetti se reconocen en Miguel, en Martín Santomé, en Ramón Budiño. Reconocen sus limitaciones, pero también reconocen su almita, comparten su lucidez para denigrarse y al mismo tiempo se identifican con el fondo de resentimientos que asimismo permiten a Miguel y a Martín y a Ramón odiar a sus semejantes, se debaten en la misma melaza común.

Decía el consagrado escritor uruguayo: “Siempre he escrito sobre los montevideanos, ese es mi único tema y mi único contexto literario. Entre mis dos estancias en Cuba suman ocho años, y, sin embargo, nunca he escrito un cuento que pase allí. Cuando algunos cuentos suceden en el extranjero, el protagonista es siempre montevideano”.

Armando Almada-Roche (Desde Buenos Aires, especial para ABC color)
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