Para Elvio Romero la poesía es una vuelta a la desnudez primera

"El poeta y sus encrucijadas”, Premio Nacional 1991, de Elvio Romero, tiene casi el mismo acento autobiográfico del libro “Confieso que he vivido”, de Pablo Neruda. Elvio conoció tempranamente el destierro (1947). Es este libro el itinerario apasionante de un poeta que trabó amistades con las mentes más lúcidas de la poesía exiliada: Nicolás Guillén, Pablo Neruda, Rafael Alberti, César Vallejo, entre otros.

“El poeta y sus encrucijadas” es una obra escrita con la experiencia de quien ha conocido mucho mundo, mucha persecución, mucha causa social, mucha poesía manifestada en quienes alzaron su voz contra los regímenes totalitarios.

Aparte de su propio camino, de su camino personal por la poesía, Elvio Romero, conocedor sagaz del verso de los demás, nos hace saber que la labor de la palabra no descansa, ni deja descansar; de esa circunstancia, él toma la decisión de llamar a su obra; “El poeta y sus encrucijadas”. Reconoce que todo acto creador es un recomenzar, una vuelta a la desnudez primera que acompaña al asombro. “Acabada la experiencia, se desbroza una nueva maraña, se retorna al estado de una virginidad deliciosa”, dice Elvio.

El hecho de la palabra se manifiesta en nuestro poeta como una necesidad de contar al mundo lo que le subleva a él como observador de las injusticias sociales. Cree que siempre se puede cambiar la vida de los demás. O la suerte. Esa creencia, que es la fuerza motriz de sus poemas, tiene en sí incorporada la esencia del hombre que prefiere ser pueblo, antes que individuo.

“El poeta y sus encrucijadas” es un libro capital de la literatura paraguaya. Tiene densidad: Densidad de alma, que es lo más importante, y densidad de conocimiento poético. Está escrito racionalmente, con algunos vuelos imaginativos (que hace apasionada la lectura) por un escritor de enorme cultura. La obra recoge inéditas experiencias compartidas con poetas de la talla de Pablo Neruda (su gran amigo), Nicolás Guillén, Rafael Alberti, y charlas intercambiadas con intelectuales de izquierda en lugares distantes como Francia, España y toda Europa. El tiempo pierde su noción cuando uno se enfrasca en la lectura del libro. ¿Cómo no deleitarse cuando Elvio, con claros pensamientos y afortunadas expresiones, hace referencia a la increíble variedad métrica empleada por su admirado Rubén Darío? Él nos acerca a la voluptuosidad y grandeza del poeta nicaragüense, quien junto con Gustavo Adolfo Bécquer, es su preferido. Nos enseña que en la poesía el arte no se repite, porque aprisiona circunstancias, frutos que varían en el transcurrir de un solo día; nos cuenta que toda imitación de un arte como tentativa de hacerlo resurgir, no tiene sino aspectos de letra muerta, adherencia que nunca alcanza la médula.


UN RELÁMPAGO HERIDO

Fue un relámpago herido, fue un serrano
relámpago en la piel esa corriente
de rumor imantado y sonriente
fertilizada al roce de la mano.


Fuera un error desatenderlo, un vano
tesón no asir esa atadura ardiente,
como si fuese a rechazar de frente
su propio ardor la tierra en el verano.


Fuera en vano evitarlo; quedaría
sobre toda la piel la tostadura
de una llaga solar jamás curada.


Ni tuviese la mano esa alegría
de germen y de afán de sembradura
con que la tuya la dejó quemada.

(Del libro “Un relámpago herido”, 1963-1965)


¡VOLVEREMOS! RECUERDA...

No desesperes, madre...


Aquí llegamos,
con un fervor de fuego y vegetales,
con una sangre indígena gastada
por el hosco quebranto de los años.


Todo fue en vano;
en vano fue que hirieron el capullo
un largo atardecer de sobresaltos, de sangre,
de otoño quebrantado:
en vano acrecentaron el desprecio
y un odio descarnado
y ese báculo roto de la muerte
bajando al raído estelaje de los huesos.


No desesperes, madre:
retornaré de súbito; iremos por las hondas
palideces
de las cosas que en ira se deshacen,
por ese llanto tuyo de aluminio
que alteró el asentado paisaje de tu rostro.


Te he mirado entre ruinas
- metal de minerías - , y eras una solemne
cicatriz arrugada, con pliegues y agujeros
trazados sobre un mapa de quebranto;
y he visto el pescador abriendo el agua
por hallarte,
y eras una bandera con jirones, con luto,
madre de todos,
paraguaya del tiempo del dolor, del rudo tiempo
de las restituciones.


¡Volveremos! Recuerda:
el pan sale del trigo; la simiente resurge
con la lluvia; el clavel arrasado
en años de dolor estalla en balas!


No desesperes, madre...

(Del libro “Días roturados”, 1947)
Breve reseña biográfica de Elvio Romero

Nació en Yegros, Paraguay, 1926. Poeta, ensayista y periodista. Es seguramente el versificador más conocido de nuestro país por la amplitud temática y por la calidad estilística de sus obras. Pertenece a la “Generación del "50” donde revolucionó la palabra poética a través de un estilo vanguardista de profundo contenido social. En ese sentido, nunca descuidó la línea marcada por sus grandes predecesores: Hérib Campos Cervera, Pablo Neruda y Rafael Alberti.

En el año 1947, tras el estallido de la guerra civil, Elvio (por sus ideas socialistas) inició el penoso camino del exilio, radicándose en Buenos Aires, donde escribió la mayor parte de sus obras. Después de la caída de la dictadura (1989), volvió al Paraguay. En 1995 lo nombran Agregado Cultural de la Embajada Paraguaya en la capital argentina. No obstante, a pesar de su cargo oficial, Elvio Romero no olvidó su tono crítico respecto de la difícil marcha que atraviesa el país.

Autor de una importante cantidad de poemarios, Elvio Romero tuvo la suerte de ver la traducción de sus obras a los idiomas más influyentes del planeta. Paralelamente ha recibido elogios de dos ganadores del premio Nóbel de Literatura: Miguel Angel Asturias y Gabriela Mistral. El recordado poeta Nicolás Guillén, en una dedicatoria doble a Elvio Romero y José asunción Flores, había escrito: “Elvio Romero, mi hermano/ yo partiría en un vuelo/ de avión o de ave marina, / mar a mar y cielo a cielo,/ hacia el Paraguay lejano,/ de lumbre sangrienta y fina...”/
Obras publicadas: “Días roturados” (1947), “Miguel Hernández, destino y poesía” (ensayo, 1958), “Los innombrables” (1959), “De cara al corazón” (1961), “Destierro y atardecer” (1962), “Libro de la migración” (1966), “Un relámpago herido” (1967), “El viejo fuego” (1977), “Los valles imaginarios” (1984), “El sol bajo las raíces” (1984), “Despiertan las fogatas” (1986), “Resoles áridos” (1987), “Poesías completas” (1990), y “El poeta y sus encrucijadas” (1991), con el que ganó el Premio Nacional de Literatura.