«Reduccionismo ramplón»: El caso del señor X

Un intercambio anecdótico puede servir como ilustración de las trampas del discurso.

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«Lo más peligroso para los seres humanos es la tiranía de los conceptos oscuros». Friedrich Schelling, «Vorlesungen über die Methode des akademischen Studiums» (en: Werke, tomo II, ed. e introd. de Otto Weiß, Leipzig, Fritz Eckardt, 1907, p. 568).

PELIGRO: FALACIAS

Las falacias son trampas del lenguaje en las que puede caer quien no sepa reconocerlas. El primero, que no el único, en clasificarlas fue, sabido es, Aristóteles, aunque muchas son más conocidas hoy con los nombres que les dio Locke. En fin, el Padre Azar acaba de regalarme un «combo 3 x 1» de falacias surtidas, así que les invitaré a los lectores un mordisco. El Parlamento inglés inspiró a Bentham, a comienzos del siglo XIX, la idea de escribir The Book of Fallacies; en este tratado, el fundador del utilitarismo recoge, entre otros sofismas, el «ipsedixitismo» o «falacia de afirmación gratuita», que llena «conversaciones plagadas de juicios inconsistentes sin otro apoyo que el énfasis con que se enuncian», como apunta el matritense García Damborenea en Uso de razón (Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, 328 pp.). El que hoy veremos es un caso ejemplar de ipsedixitismo. Razonamiento vicioso y circular, también lo es de petitio principii, falacia que da por cierto lo que debiera demostrar: los tres ataques de X a un artículo mío del domingo pasado son otras tantas afirmaciones sin más sustento que el hecho de afirmarlas. El Estagirita ya esboza la «falacia del espantapájaros (straw man)» en sus Tópicos: se trata de distorsionar las ideas de otro y volverlas una caricatura irreal o atribuirle dichos o hechos que no son suyos para atacar después lo que no ha dicho ni hecho y así causar la impresión de que el ataque se justifica por aquello que falsamente se le achaca; en el subtítulo «Reduccionismo ramplón» se utiliza el caso de hoy como un ejemplo, también, de este sofisma. Bon appétit.

EL CASO DEL SEÑOR X

En Paraguay, comentaba una amiga, se evita discutir. Aludía, entendí, a algo escrito en mi Facebook por un señor que llamaremos X. Le respondí a mi amiga que, pese a que mi intento de hacer entender a X que utilizaba insultos en vez de razonamientos no había resultado, quizá si un tercero leía ese intercambio le serviría como ilustración de las trampas del discurso. Surgió la idea entonces de utilizar este tipo de ejemplos para hablar del arte de la polémica. Vaya por hoy X, que me había escrito (copio y pego textualmente): «Tu artículo del domingo se resumió a considerar la obra de un escritor con el reduccionismo ramplón de uno solo de sus libros. Estubo pésimo. Ni hablar de los chistes desubicados». Le indiqué que podía criticar sin insultos. X replicó (copio y pego textualmente): «Comparar a V. M., con fotos de Kiko, en momentos de suma tristesa para la gente que lo quería y lo admiraba, me parece insultar. YO NO TE INSULTÉ EN NINGÚN MOMENTO. Opiné sobre tu artículo y tus comentarios». Confieso que con ironía, aduje: «Si no quieres que diga “insultaste”, entonces digamos “utilizaste estos adjetivos: ramplón, pésimo, desubicado”», e insistí en que, para hablar de ese o de cualquier otro tema, sería mejor no abordarlo con calificativos sino con argumentos. X afirmó (lo juro): «Creo que podrías revisar cada una de esas palabras para ver dónde está el insulto». Insistí de nuevo: «Son adjetivos ofensivos en cualquier diccionario; preferiría que expusieras las ideas sin ellos». Siguió una larga espera; empecé a aburrirme e, impaciente, le puse rápidamente: «A ver, te ayudo: cuando hablas de “reduccionismo ramplón” te refieres a que, según vos, tendría que haber enumerado todos los libros de don Carlos, ¿no es así? Cuando dices “pésimo”, bueno, digamos que descalificas, nada más; cuando dices “chistes desubicados”, te referís a que cuando busqué imágenes en Google y me salió Carlos Villagrán lo comenté en mi Facebook, ¿verdad?». En lugar de responder a esto, X pasó a hablar de otros asuntos, más o menos relacionados con el tema, en tono más amable y hasta con excusas formales, pero en ningún momento fundamentó absolutamente nada de lo que había afirmado, ni los adjetivos que había empleado: sencillamente, X abandonó toda posibilidad de debate.

Veamos, por consiguiente, una por una, sus tres acusaciones.

«REDUCCIONISMO RAMPLÓN»

En el siglo XVII, el microscopio abrió un área inexplorada a la investigación; biólogos, fisiólogos, botánicos y científicos de diversas disciplinas pudieron comprender el papel, en los fenómenos naturales, de sus elementos, estructuras y factores microscópicos; además de ampliar el conocimiento, esto afectó la metodología científica: el estudio del mundo natural lo redujo a partes cada vez más pequeñas; llamamos a ese enfoque, al que debemos avances en microbiología y virología, por ejemplo, que hacen posible nuestro modo de vida actual, reduccionismo. Claro está, cabe suponer que, aplicada a alguien con sentido peyorativo, esa palabra le atribuye una confusión del todo con la suma de sus partes –algo a lo que, desde luego, la mayoría de nosotros sabe que no se reduce el todo–, que es uno de los efectos negativos del reduccionismo.

Pero más que remitir a la epistemología, obviamente, asumo que X quería dar a entender que, por haberle dedicado a su libro un subtítulo, yo había reducido toda la obra de un autor a ese libro; para que tuviera sentido afirmar eso, yo tendría que haber dado a entender de algún modo que, en efecto, tal era mi postura, pero, como no lo hice, hay mil motivos posibles para elegir un libro, desde los circunstanciales, como el espacio, por ejemplo, o el tiempo, hasta los que se omite explicitar por discreción, como que solo me interesara ese libro, o que no hubiera leído los otros, por ejemplo, algo que sería de mal gusto indicar en un artículo in memoriam y que sería más pertinente en otra ocasión; la evidente, por ello, torpeza del reclamo, su falta de tacto y oportunidad (para con los propios amigos y admiradores del autor), dada esta segunda posibilidad, sumada al uso impropio de un término (reduccionismo), grandilocuente y, pese a ser impropio, más impactante que la mera descripción del hecho, revela lo autoritario del ataque (exigir una suerte de «culto» contrario al libre arbitrio y al criterio individual), que presenta como inadmisible que alguien ose omitir los exhaustivos elogios de rigor a todas y cada una de las obras del autor y, para poder censurarla, presenta dicha omisión como «reduccionismo» («ramplón», añadió el señor X, reforzando la autoritaria censura de su «ipsedixitismo» con el peso de un insulto). Es más, aun si hubiera adoptado un enfoque reduccionista (sin connotaciones peyorativas), no habría –como no necesariamente lo hay en el caso de las ciencias– nada qué deplorar, pues análisis y síntesis son pasos necesarios y naturales al abordar cualquier tema. Entonces, ¿por qué usar la expresión insultante «reduccionismo ramplón»? Por lo agresivo del ataque, creo razonable postular que no fue con intención benéfica, sino para, con palabras altisonantes (aunque, como vemos, hueras en este caso, puesto que incorrectamente utilizadas), revestir de aparente gravedad algo en sí mismo ni bueno ni malo y causar así un efecto emocional, la impresión de que hay aquí algo repudiable. Sería un caso simple de «falacia del straw man»; a Horacio, que en su Epistola ad pisones elogia a quienes evitan las «ampullae et sesquipedalia verba», las «palabras ampulosas y rimbombantes» de «un pie y medio» (sesquipedalia) de largo, me remito para hacer de esta mi hipótesis de elección.

«PÉSIMO»

En el recurso a la descalificación mediante adjetivos denigrantes sin sustento en razones podemos ver cómo la falta de herramientas para debatir conduce a hacer afirmaciones infundadas, falsas o inexactas que no es posible después fundamentar en razonamientos, demostrar ni sostener. X no es un caso excepcional: por el contrario, es representativo de una sociedad, la nuestra, que no sabe polemizar. Para hacerlo y salir airoso hay que ser capaces de sostener una postura con razones y fundarla en argumentos: en una controversia entre dos o más personas con posturas antagónicas sobre cualquier tema, lo que corresponde es enfrentar ideas, y el que, a falta de ellas, cae en insultos y falacias, al querer denigrar a otro no logra sino poner en evidencia su propia incapacidad, y así, al insultar, se insulta. En cambio, ¿qué hacemos cuando polemizamos inteligentemente? Planteamos hipótesis y las sustentamos con razonamientos, y esas hipótesis y sus demostraciones o defensas razonadas forman la red de proposiciones que constituye nuestra argumentación, permite el diálogo y abre la dimensión polémica del discurso.

«CHISTES DESUBICADOS»

«Anathema sunt!», se persigna la autoridad moral ante la irreverencia. «¡Desacato!», grita, indignada, la disciplina castrense ante el desorden. Propia de las mentalidades autoritarias es, como se sabe, la intolerancia al humor. Tiene lógica, pues la risa, claro está, no respeta nada; por el contrario, mina la autoridad, humaniza y desmitifica a los ídolos y estropea las jerarquías. Pero lo que no saben los autoritarios es que, sin humor, traicionan ellos mismos a sus propios ídolos, que al darles tanta autoridad en realidad los vuelven inhumanos, y que con eso los traicionan, porque, evidentemente, no lo son, así que no los entienden. Ignoran, sobre todo, que las personas realmente grandes siempre han sabido reírse de sí mismas.

En ambientes que temen el debate y huyen de la polémica suele admitirse solo un tipo de discurso consagrado como intachable y rechazarse cualquier otro tipo de voz: el lenguaje de las mentalidades autoritarias es, sean conscientes de ello o no, el uniforme lenguaje del poder y sus fórmulas sagradas –en nuestro caso de hoy, por ejemplo, es probable que X esperase un discurso al uso y un léxico típico (algo lleno de loas y de términos como «inmarcesible», «preclaro», etcétera)–, lenguaje encrático, que diría Barthes, «productor de una intimidación amortiguada», hecho de «rúbricas obligatorias y grandes formas estereotipadas al margen de las cuales no se puede hablar (ni pensar)» (El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987, 158 pp.). Ay del que no encaje en esos imponentes moldes de la decencia, que son también los moldes de la monótona, eterna y rimbombante unción de los panegiristas, tan vacía en el fondo, tan monumental y tan tediosa. Justamente lo contrario de toda literatura digna de ese nombre.

INMORALEJA

Sirva este primer y breve ejemplo para empezar a interrogarnos acerca de todo lo que hasta hoy se da por sentado como correcto en nuestra cultura y para empezar a entender por qué tanto la capacidad de argumentar correctamente como la de detectar y desenmascarar las falacias y las trampas del discurso son necesarias para dialogar en un mundo abierto a ideas de los más diversos pelajes. Sin debate que la agite, toda atmósfera se estanca.

montserrat.alvarez@abc.com.py

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