Pobreza y desempleo: otra mirada posible, más justa y eficiente

El Gobierno nacional presentó días atrás su plan de reducción de pobreza denominado “Jajapo Paraguay” (Hagamos Paraguay), que tiene como eje articulador el fortalecimiento de programas sociales. Se busca la protección social, la inclusión económica y la cohesión de las comunidades rezagadas.

Falta una mirada diferente a la pobreza y desempleo, que considere la dignidad y el   potencial del ser humano en mejorar su calidad  de vida.
Falta una mirada diferente a la pobreza y desempleo, que considere la dignidad y el potencial del ser humano en mejorar su calidad de vida.Archivo, ABC Color

El plan propuesto, según dijeron, es la vía más adecuada para construir políticas públicas haciendo referencia al combate a la pobreza. Es cierto, en el país hay pobreza, marginalidad y desempleo. La pobreza es como una gran barrera puesta frente a los más necesitados para que no puedan sacudirse y elevar su potencial humano.

Todavía más, la permanente lucha diaria a la que se enfrentan los pobres les relega de los temas en los que bien podrían inmiscuirse, como en efecto sucede en cuestiones que hacen a sus respectivas comunidades, ciudades y pueblos.

La exclusión en la que vive la gente menesterosa es sumamente dañina, no solo para las familias pobres sino para la sociedad. Esas personas no están atendidas ni representadas genuinamente. De este modo, los pobres terminan por ser parte de grupos que tienen sus cabecillas al frente; dirigentes políticos que se aprovechan de esta situación para convertirlos en votos a su favor e intereses.

Esta situación es una amenaza para la consolidación de las instituciones de la democracia constitucional. Agrava igualmente las posibilidades de lograr una economía más libre y vigorosa, de la que precisamente, los pobres son los que más se benefician con los mercados abiertos para salir de sus precariedades. No hay que olvidar que la economía de mercado permite que el soberano sea la gente, que intercambiando y ofreciendo bienes y servicios sean las que decidan por sus propias vidas, a diferencia del intervencionismo estatal que centraliza el poder tanto político como económico.

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Cordón umbilical

El problema está ahí. El cordón umbilical que une al Estado con los pobres, y aquí me refiero a los políticos y burócratas encargados de los programas sociales que les deja sin alternativa a los mismos destinatarios: los pobres. De manera permanente se ofrece a los menesterosos seguir atados al programa de turno y de ese modo lo que se hace es perpetuar esa ligazón con los dirigentes de turno.

De una generación a otra, el único cambio que ven los pobres en sus vidas es observar pasar la vida de sus hijos como sus herederos naturales para seguir en lo mismo. Además, la pobreza en sí misma es una manifestación visible de una violencia directa contra el derecho a la vida.

Estamos creando en Paraguay; por obra y gracia de las equivocadas ideas de nuestros dirigentes, y no tanto, porque algunos saben que les conviene seguir en lo mismo; una estructura de tipo feudal en la que un grupo de “señores y señoras” desde el mismo poder de los gobiernos, en categoría de parásitos, viven a costa de los demás; esto es, le sacan dinero a algunos (los contribuyentes, que por cierto son pocos en nuestro país) para disponer e ir elevando las partidas presupuestarias.

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Por supuesto que la nomenclatura feudal no es la misma que antaño, allá por los siglos X y XI, ahora está perfeccionada con buenos modales y formalidades de etiqueta. Pero en el fondo es lo mismo que antes, puesto que el vínculo que obliga entre vasallos y señores viene a ser ahora el Estado dispensador de dinero, y de importantes sumas, para que la oprobiosa organización social económica siga funcionando.

Respuesta contraintuitiva

Ahora bien, reconozco que no es fácil hacer entender de lo contrario. Y es difícil porque la respuesta a la pobreza es contra-intuitiva. Nuestra reacción, digamos natural al problema de la pobreza, es tratar de ayudar a los pobres. Y esto no está mal, si cada uno de nosotros lo hacemos por nuestra cuenta, con nuestro dinero, a voluntad, dando la mano, una oportunidad de trabajo, de estudios, a aquellos que no lo pueden conseguir en ese momento.

Insisto en esto para que no se crea que estoy en contra de ayudar a los pobres; al contrario, debemos auxiliarlos, pero el tema está en el cómo, tal como dije al comienzo de esta nota. El problema al que nos venimos enfrentando desde hace décadas está en desconocer y no darle la debida importancia, que es tan preponderante como el objetivo, el cómo.

Y aun reconociendo que el gobierno con su programa de reducción de pobreza tiene toda la buena intención de lograr el objetivo propuesto, la realidad es que nuevamente seguimos dando vueltas en lo mismo, que la pobreza requiere de más intervención por parte del Estado. Es una estrategia que no ha dado resultados ni aquí ni en ninguna otra parte del mundo.

Por fortuna hoy sabemos que en los últimos doscientos años se logró una activa, y nunca antes, reducción de la pobreza en la historia de la humanidad debido a la acumulación de ahorro, inversión, división internacional del trabajo; en suma, a causa de la consolidación de una economía libre con un fuerte aditamento de seguridad a la propiedad privada.

La pobreza acompañó al ser humano desde sus orígenes, lo que no se pudo conseguir es precisamente que la riqueza pueda ocurrir y sostenerse en el tiempo, con cada vez más oportunidades para todos. Lo cierto es que hay personas que en verdad requieren de una ayuda y las mismas pueden ser identificadas.

Propuesta

Y las ayudas deberían provenir de la iniciativa privada con incentivos precisos de, por ejemplo, disminuir los respectivos pagos impositivos.

Si fuera una empresa, el Impuesto a la Renta Empresarial (IRE) y si es una persona en el Impuesto a la Renta Personal (IRP). Millones de guaraníes se podrían conseguir de ese modo y la ayuda sería supervisada directamente por los propios dadores de ese dinero y los beneficiarios. Los mismos serán los más interesados en que la ayuda sea eficiente y transparente en el uso correcto del recurso.

Lo mismo puede lograrse para conseguir empleos a las personas de menores ingresos, los pobres, jóvenes con baja preparación profesional; esto es, dando incentivos a los empleadores a que contratando a gente consigan disminuir sus cargas laborales e impositivas.

Por lo demás, las personas que formen parte de este programa aquí esbozado se percatarán que hay otra forma de vivir basada esta vez en el trabajo, el estudio, el esfuerzo y la disciplina. Eso ocurrirá debido a que los que reciben ayudas luego sabrán que con sus salarios obtenidos con sus respectivas faenas desearán superarse todavía más, percatándose de sus potencialidades individuales que aumentan la autoestima.

La modalidad de propuesta aquí esbozada pretende mostrar que el modelo de ayuda o de reducir la pobreza en la que el Estado es un actor principal conduce inexorablemente a más burocracia estatal que crece exponencialmente como se puede comprobar aquí cerca, con nuestro vecino Argentina. Demasiada gente que, por cierto, no son precisamente los pobres los que reciben la ayuda estatal, terminan por ser parte de una red que como una telaraña se hacen dependientes de un perverso sistema similar al antiguo feudalismo.

Antes que sea tarde, porque los programas de ayuda luego de un tiempo se vuelven imposibles de derogar debido a que fueron convertidos en una fuerza política, es preciso dar una mirada diferente a la pobreza y al desempleo, una que en verdad tome en cuenta la dignidad y el extraordinario potencial de todo ser humano en su deseo de mejorar su condición de vida; una mirada posible, más justa y eficiente.

(*) Decano de Currículum UniNorte. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”: “Cartas sobre el liberalismo”; “La acreditación universitaria en Paraguay, sus defectos y virtudes” y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la Libertad y la República”.

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