La gran ironía

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¡Mamá! ¿Por qué la cucaracha tiene tantas patas si ella vuela? Preguntó uno de mis hijos a su madre hace bastante tiempo. ¡No va a responder!, tercia el hermano mayor. Hace tiempo que yo quiero saber por qué los habitantes del Polo Sur no caen, y tampoco me responde. Es que hablar de la gravedad, de adaptación al medio y otras yerbas de la creación, irritan a una madre que tiene una escalera de cuatro niños y múltiples ocupaciones. Existen otras incógnitas de la sociedad que, de tan sencillas u obvias, uno replica con una amable sonrisa, un respetuoso silencio o una gran ironía.

Fue el caso de Al Goore ante una irritante pregunta formulada durante una conferencia que dictó en una Universidad: ¿Cuál es el destino de las grandes industrias de EE.UU., responsables mayoritarios del calentamiento global? Ante la obviedad de que estas hacen lobby en el Congreso y sobornan a grupos enteros de poder a fin de mantener sus irritantes lucros, el conferencista, ex vicepresidente norteamericano, respondió: “Por suerte en este país los recursos políticos también son renovables”.

¿Por qué las energías renovables están ocupando cada vez más protagonismo económico? Porque sirven para paliar la contaminación de los acuíferos por parte de las industrias, solucionan el problema del aislamiento de comunidades no interligadas, crean empleos, desarrollan nuevas tecnologías y, en el largo plazo, son más baratas. A corto tiempo, los combustibles fósiles aparentan un costo menor si consideramos solo el valor del mercado, desconociendo los costos ambientales y sus derivados, salud y seguridad alimentaria; pero, como ellas son finitas, solo nos resta aguardar su agotamiento. ¿Y después qué?

Un generador eólico de 5 MW, de baja rotación y polución cero, puede abastecer a una aldea o pueblo rural de 1.000 familias del Chaco; un panel solar con 20 años de vida útil puede complementar el gasto energético de una familia media asuncena, devolviendo la inversión en un año. Cualquiera de estos mecanismos mitigaría la crisis energética que se viene en el verano 2009-2010 y daría una mano amiga a la ANDE que está muriendo de ineficiencia. Ya veremos como reacciona su clientela cautiva cuando se quede a obscuras y sus acondicionadores de aire y heladeras reventados por la baja tensión. ¡Por suerte para los administradores de turno, este es un país manso y poco conocedor de sus derechos, a pesar de la triste abundancia de abogados.

En Paraguay tenemos alternativas energéticas rentables para varios sectores de la población. Vayan algunos ejemplos de dignidad: el frigorífico Bertin SA, pujante industria que ha incorporado en su patrimonio al Grupo Guaraní, ha descubierto una forma elegante y lucrativa de desprenderse de sus contaminantes. Está convirtiendo los residuos animales (grasas, sangre, deyecciones vacunas y derivados de limpieza cárnica) en biogás, combustible que tiene 60% de metano y que filtrado puede llegar a 95% de pureza. Gran parte de los residuos sólidos peletizados utiliza en su propia caldera y lo que no, los vende como fertilizante de alta calidad. El metano utilizado en motores a explosión y acoplados a un generador eléctrico puede autoabastecer a muchas industrias que hoy pelean con sus efluentes y sus facturas de ANDE.

El caso de la empresa San Bernardo, una granja de 54 ha de Naranjal, es un ejemplo del ingenio humano y del potencial que posee el país y cualquier productor rural que hace lobby con el sentido común y se deleita con la tecnología. Este empresario ha logrado franquear las duras reglamentaciones de la Seam, las lapidarias tasas de interés y los pasillos de la burocracia estatal, convirtiendo las deyecciones de aproximadamente 13.000 cerdos (en época pico) en biogás.

El otro emprendedor que ha ganado mi respeto y admiración, Fernando González, tiene una pequeña empresa que se dedica a diseminar la tecnología de biodigestores para pequeñas fincas. Este prototipo produce biogás con las deyecciones de 10 cerdos y mantienen encendido dos hornallas durante tres horas, o una durante seis. La producción es diaria, ininterrumpida y segura. El costo del pequeño biodigestor es de 110 dólares y su instalación fácil.

En este dilema entre el desarrollo y el medio ambiente uno se pregunta: ¿Quién es más culpable? El africano que hecha un árbol centenario de las sabanas áridas para cocinar o desinfectar el agua contaminada; el “sojero” que deforesta miles de hectáreas en la cuenca del Paraná para exportar su bruta transgénica al primer mundo; o el “garimpeiro” del Amazonas que busca oro utilizando mercurio en su afán de sobrevivir. No creo que sean tan culpables como el californiano medio que gasta dos horas para llegar de su casa al trabajo, en un vehículo de ocho cilindros, que requiere doscientos kilogramos de maíz para llenar su tanque; volumen que contiene calorías como para alimentar a una persona por un año. Este pensamiento se desprende del artículo: “El biocombustible podría matar de hambre a los pobres”, escrito por los distinguidos profesores de la Universidad de Minnesota, los señores C. Ford Runge y Benjamin Senauer.

Dios nos guarde de los políticos que no son renovables.

(*) Columnista invitado