El buen chico malo

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Uno de los máximos responsables de las odiadas políticas de ajuste del Fondo Monetario Internacional en América Latina en la segunda mitad de la década del noventa es un mendocino bonachón al que le gusta reírse de sí mismo y burlarse de su apellido. “Llamarse Loser (perdedor, en inglés) y vivir en Estados Unidos —explica— es de por sí bastante malo, pero en el campo económico es mucho peor”.

Un “Chicago Boy”, el culpable

Hijo de alemanes, Claudio Loser nació en Buenos Aires y se mudó de muy niño con toda la familia a Mendoza. De joven tuvo la oportunidad de ir a estudiar a la célebre Universidad de Chicago, donde fue discípulo de Milton Friedman y de su escuela monetarista, y formó parte de la famosa generación de “Chicago Boys” que tanta influencia tuvo, por ejemplo, en las exitosas reformas de principios de los años ochenta en Chile.

En 1972 ingresó al staff del Fondo Monetario Internacional y no solamente estuvo treinta años en esa institución, sino que durante los últimos ocho antes de retirarse, en 2002, fue el director del Departamento del Hemisferio Occidental, responsable de todas las Américas. Por lo tanto, si alguien quiere atribuir al FMI lo que ocurrió en nuestra región durante esos convulsionados años, él es el culpable.

Error de cálculo

Todo resultó muy distinto a lo que se había imaginado cuando asumió el cargo en diciembre de 1994, recuerda, entre divertido y nostálgico, mientras compartimos un café en un hotel de Caracas.

La primera parte de los años noventa fue una época de mucho optimismo en el capitalismo liberal, la economía de mercado y la apertura comercial, al punto de que se creyó que por fin se había llegado a un período de permanente prosperidad y estabilidad, el “fin de la historia”, como lo llamaron algunos. Craso error.

“Al asumir, les dije a mis colegas que estábamos en un mundo diferente, que las grandes crisis, tal como las habíamos conocido, eran cosas del pasado y que a partir de allí teníamos que concentrarnos en el análisis económico para construir los siguientes pasos que había que dar hacia el desarrollo... Quince días después, nos salta en la cara la Crisis del Tequila en México y me paso los siguientes dos años absolutamente inmerso en ella, tragándome mis propias palabras”.

Argentina, el gran fracaso

El final de su gestión como director del Departamento del Hemisferio Occidental no fue mucho mejor. En 2001/2002 estalla la crisis argentina, lo que, a la postre, significó su salida de su puesto y su retiro del FMI.

“Argentina fue el gran fracaso del FMI, justo en mi país”, admite. “Habíamos tenido éxito en México, Brasil, Colombia, Perú, antes en Chile, no digo en Paraguay, porque Paraguay, si bien tenía sus problemas, siempre se había manejado bastante bien. Pero en Argentina se fracasó y eso le dio mucha mala fama al Fondo en la región. Por más que, sin querer eludir responsabilidades, sostengo que el 25 % pudo haber sido culpa del Fondo y el 75 % de los propios argentinos”.

“En lo personal, como argentino, no me tenían confianza ni mis compatriotas, que me veían en la vereda de enfrente, ni los del FMI, que no creían del todo en mi imparcialidad. Tuve que salir”, añade.

El malo de la película

Sin duda, el FMI ha desempeñado siempre el papel del malo de la película; que eso sea justificado o no es otra cuestión. Claudio considera que no lo es.

Al FMI se lo puede comparar con un médico (Loser prefiere la figura del dentista) que, tras revisar las tomografías, diagnostica cáncer y recomienda amputar un brazo y extraer un pulmón y medio para salvar la vida. Y el paciente, que es un fumador empedernido, en vez de culpar al cigarrillo, culpa al médico, lo trata de lo peor, lo insulta y lo denuncia por responder a intereses ocultos.

¿Es así? Claudio Loser comienza reconociendo que el FMI dista de ser infalible y que él, como partícipe directo de sus políticas, puede no ser del todo objetivo al respecto, pero señala que muchos de los cuestionamientos que habitualmente se le hacen al Fondo —como el de ser extremadamente dogmático o el de ser agente del imperialismo capitalita-financiero, dedicado exclusivamente a defender los intereses de la banca internacional— son infundados.

No tan cuadrados

“Es cierto que nosotros nos dedicábamos y éramos expertos en ciertas cosas, y que empezábamos nuestras discusiones con un marco estricto, porque llegábamos con nuestras instrucciones, teníamos nuestro modelo armado, pero después nos sentábamos con los gobiernos y éramos mucho más pragmáticos de lo que la gente creía”, cuenta.

Además, a menudo el Fondo ha sido utilizado como chivo expiatorio por las propias autoridades para atemperar el costo político de medidas impopulares pero necesarias.

En ese sentido, también ha cumplido un papel, aunque Loser cree que muchas veces eso fue contraproducente. “Mi país, Argentina, por ejemplo, y estoy hablando de hace veinte años, era campeón de echarle la culpa al Fondo y eso debilitó a las autoridades. En cambio, en países como Colombia, Brasil y México, los gobiernos asumieron las medidas como su propia responsabilidad, no como exigencias del Fondo, y eso los fortaleció”.

Encontronazos con Stiglitz

Vistas en perspectiva, las políticas tradicionalmente impulsadas por el Fondo Monetario han sido útiles en América Latina: equilibrio fiscal, control de la inflación, fortalecimiento de la regulación y la supervisión bancarias, balance en la cuenta corriente, buenos niveles de reservas, prudencia en el endeudamiento.

Sin embargo, no todos le conceden el mérito. El premio Nobel de Economía Joseph Stiglitz, tal vez su crítico más renombrado, suele decir que no se necesitaba un Fondo Monetario para saber que había que mantener las cuentas nacionales en orden.

Loser se acomoda en la silla y se pone un poco más serio al escuchar nombrar a Stiglitz. Aunque lo reconoce como un grande, dice algo acerca de un viejo resentimiento de la época en que Stiglitz fue economista jefe del Banco Mundial y que tuvo varios encontronazos con otras celebridades tan importantes como él dentro del FMI, como Stan Fischer. Hubo choques de vanidades y choques de jurisdicción que, según Loser, “Stiglitz nunca pudo superar”.

Pero más allá de eso, a propósito de la crítica, Loser admite que, efectivamente, no se necesita al médico para saber que uno debe llevar una vida sana, alimentarse bien, hacer ejercicios, no caer en excesos. “El problema es que el paciente no siempre hace caso y luego va al médico cuando ya está muy enfermo. Lo que hacía y hace el FMI no ha sido solamente señalar cuáles son los objetivos ideales, sino sentarse con los gobiernos a ver cómo se puede hacer eso, a veces en medio de condiciones extremadamente críticas. En América Latina ha habido un cambio estructural. La gente, las autoridades han entendido que hay equilibrios que deben mantenerse. Y yo sí creo que las exhortaciones y las acciones del FMI han contribuido mucho para ello. Esto dicho, insisto, por alguien que pertenece a esa institución”.

El sello

Mal o bien, América Latina ya no parece ser la de décadas anteriores, acogotada por deudas externas agobiantes, desequilibrios de todo tipo, crisis hiperinflacionarias y financieras, devaluaciones permanentes.

Al final, todo se reduce a la sabia conclusión de Jacob: no gastar más de lo que se tiene. Todo un sello del FMI.