La intención de Salmonko era esconder el jarro de la sabiduría en la copa de aquella elevada palmera, para ponerlo lejos del alcance de los mortales. ¡Ah, pero qué dura era la ascensión!
¡Y peligrosa! Salmonko trataba de no mirar hacia abajo, pero cuando lo hacía, veía los objetos del suelo cada vez más disminutos, allá perdidos a una enorme distancia de sus pies. Sin embargo, este no se detenía, y seguía trepando, trepando, en un prodigio de valor proporcionado a la formidable empresa que estaba realizando.
A Salmonko le tenía muy preocupado los movimientos del jarro de la sabiduría. No cesaba de danzar de un lado al otro, cosa perfectamente natural teniendo en cuenta que la ascensión era muy agitada, y tan pronto golpeaba contra la dura corteza de la palmera, como contra su propio pecho.
Pero el hombre trepaba y trepaba, indiferente a los tumultuosos latidos de su corazón y a la distancia creciente que le separaba del suelo. Es que el buen Salmonko era muy cabezota. Llegó un momento en que, tan alto había subido, que su hijo apenas le pudo distinguir.
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—Escucha lo que digo, padre —le gritó con todas sus fuerzas—. Veo que ese jarro que llevas colgado delante del pecho te impide moverte libremente. ¿Por qué no te lo colocas en la espalda? Si te empeñas en no moverlo de donde está, no hay dudas de que se romperá o hará que te caigas desde esa enorme altura. Piénsalo bien, padre.
Sobre el libro
Libro: Mis cuentos de hadas
Título: El jarro de la sabiduría
Editorial: Cuenticolor
