Canción para salvar una vida (2)

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Aquella noche no se durmió en el rancho de don Miguel. El viejecito lloraba sin consuelo y la esposa, aunque sentía un gran pesar, trataba de disimularlo para no aumentar su congoja. Las palabras de aliento, sin embargo, no dieron resultado, porque don Miguel estaba hueco.

Al otro día, tal como lo prometió el siniestro personaje, dos guardias se llevaron al arpista a la prisión. Desde la cárcel, pequeña y húmeda, don Miguel miraba el cielo con desesperanza. Le parecía imposible encontrarse privado de su libertad, y para colmo de males, sin inspiración alguna. Cuando cayó la noche se entristeció más aún, pensando lo poco que faltaba para la ceremonia. Algo debía ocurrírsele a fin de salir con vida, se repetía desconsolado. Pero todos los intentos fueron inútiles.

Cuando el Sol iluminó la ventana, interrumpiendo esa noche interminable, don Miguel miró el día espléndido más allá de los barrotes de la celda, y, sobre aquella caridad, vio cinco cables tendidos en el cielo. En medio de su desgracia advirtió cómo se parecían a un pentagrama. Por un momento, se distrajo de su pena, pero enseguida, poseído de la más honda desesperación, reanudó los ruegos para que se le ocurriera alguna canción.

De pronto, cuando ya creía que su existencia se acabaría irremediablemente, observó con atención unos pájaros que revoloteaban frente al ventanuco del calabozo. Eran negros y redondos como notas musicales y, sobre todo, movedizos y alegres. A don Miguel le encantó seguir sus giros con la vista. Parecía que esos animales quisieran decirle algo, tanto aleteaban frente a los barrotes. Se acercó más aún a la ventana para observarlos. En ese momento notó que estaban cansados, o por lo menos así lo creyó don Miguel, porque se posaron en los cables de la luz y se quedaron muy quietos. Le extrañó sin embargo, que cambiasen de posición de vez en cuando, como si obedecieran un propósito determinado y misterioso. Su semejanza con las notas, negras y redondas, le hizo pensar en arpegios admirables mientras los contemplaba con deleite.

Una luz brilló de repente en los ojos del arpista prisionero. ¡Era maravilloso! Allí estaba su salvación. Aquellos pájaros habían venido hasta su celda para ayudarlo. Don Miguel comprendió por fin que las avecillas al mudar de lugar sobre los cables estaban componiendo una canción. Una canción para salvarle la vida. Tomó el lápiz con rapidez y fue anotando los compases en las hojas que había traído consigo, a medida que las aves le dictaban una deliciosa melodía con sus movimientos.

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Una vez que la canción estuvo escrita, los pájaros dichosos, se alejaron volando, mientras don Miguel los contemplaba con los ojos húmedos de agradecimiento.

Sobre el libro

Título: La mariposa azul y otros cuentos

Autora: Renée Ferrer

Editorial: Intercontinental