Cuando estábamos en lo mejor, sentimos llegar unos ladridos de perros que se dirigían hacia el patio.
-¿Qué hacemos? Le dije a Raqui, y como él era una máquina calculadora para salir de apuros, me contestó.
-Tranquilo, mientras esos ladran por el patio, nosotros salimos por el living… Y así lo hicimos…, pero al salir, nos encontramos con los dueños de casa, nos miramos con asombro, la señora alcanzó a decir:
-Y estos, ¿de dónde salen?
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-De tu living -le dijo Raqui en voz baja, y salimos ladrando.
De allí, ¿a dónde iríamos?
-Vamos a la escuela - dije todo torpe.
-¡Allá? ¿Quién te recibe a esta hora? – dijo Raqui. Tranquilo, tranquilo. Ahora nos iremos al parque Carlos Antonio López, allí seguiremos nuestras vacaciones…, hasta que sea la hora de salida del colegio, lo digo por ti, porque yo puedo volver a casa que el cascarrabias del almacenero no se dará cuenta.
-Sí, le dije, tengo que volver a más tardar a los 15 minutos después de la salida. Bueno, nos pusimos a recorrer el parque: jugamos y ladramos a pulmón abierto. Por allí estaban dos ancianos sentados.
-¡Fuera, perros vagos! – nos dijo el anciano.
-Vagos serán ustedes, viejos pelados - les contestó en voz baja Raqui.
Pero nos retiramos. No queríamos líos y menos con viejos. Una ronda de niños alegraba la sombra de un inmenso tajy; nos detuvimos, teníamos ganas de participar en las canciones; pero, al ladrar podríamos ser descubiertos porque un poco más allá estaban sentadas unas vecinas.
Vamos a la parte baja – le dije. Allí no nos verán esas chismosas.
Nos fuimos bajando, nos detuvimos ante un heladero, ¡qué ganas de comer esos deliciosos helados! Yo tenía apenas una moneda de cien guaraníes, y Raqui ¡nada! Me tragué saliva y seguimos viaje. Allí nomás unos niños dejaron restos de su merienda. Nos morfamos todo como dos hambrientos, y lo éramos ¡de verdad!
-¡Allá está el canal de televisión! – me dijo Raqui.
-¡Magnífico! – le contesté. Es la hora de empezar la transmisión de los programas infantiles.
-Nos meteremos entre la gente y ¡zas! directo al estudio.
-¡Qué idea fabulosa! ¡Por primera vez en un estudio de televisión! (Íbamos bajando.)
-Imaginate todo lo que disfrutamos esta tarde, en la escuela hubiéramos estado bostezando – comentó Raqui.
-Lo simpático del caso es que la gente de casa no se dará por enterada de nuestra improvisada excursión.
-Claro – dijo Raqui. Allí adentro, con las puertas bien cerraditas, nadie se enterará, esto quedará en absoluto secreto y entre nosotros dos.
Llegamos al canal. Los operarios caminaban de un lugar a otro. Los locutores leían sus noticias. Los muebles se cambiaban. Se instalaban los decorados. Todo para nosotros era maravilloso.
Alguien advirtió nuestra presencia.
-¿Qué hacen aquí estos perros?
Trató de patearnos. A Raqui le alcanzó la cola, pero él no ladró, fue una medida inteligente. Lo miró mal, cerró los ojos, levantó una patita y se quedó como una estatua.
¡Por fin dejaron de entrar y salir!
… ¡Un hombre apuntaba hacia nosotros la cámara!, ¡no!, ¡era hacia los niños artistas que debían actuar!
Estaban disfrazados de animales, había un zorro, un sapo, un gato y ¡hasta perros! Nosotros nos aproximamos más a los perros para disimular. Todo estaba listo.
Se anunciaba el programa “Una tarde en el zoológico”. Sin darnos cuenta aplaudimos; ¡pero no se pudo escuchar porque en eso cayó al suelo un tambor e hizo ¡un ruido fenomenal!
Cada animalito decía su parte, nosotros ¡nada! No formábamos parte del teatro; sin embargo, el camarógrafo nos enfocaba con insistencia. En eso me acordé de que en casa todos ven el programa desde las cinco de la tarde.
-¡Jesús! – me dije. ¡Estoy listo! ¡Seguro que me habrán visto!
-¿Qué? – me dijo en voz baja Raqui.
No le contesté, seguía mirando lo que ocurría a mi alrededor.
Por fin todo terminó. Hubo un barullo enorme. Los niños salían con sus ropas colgadas en la mano, mientras las mamás recogían sus carteras.
Nosotros salimos corriendo. Cuando llegué a casa, mi ama estaba parada junto al portón.
-¡Muy bien, Taqui! ¡Qué bien salió la dramatización de tu grado!
Yo no dije nada; entré calladito.
-¿Por qué no ladraste? ¿O se te olvidó lo que tenías que decir?
Di unos ladridos de contento.
-¡Se tragaron la píldora! – me dije.
Moví la cola y fui entrando a la cocina con ganas de comer algo. Sin duda alguna, mi rabona ¡había sido televisada!
Actividades
1. Confrontamos las opiniones vertidas en cuanto a las predicciones expuestas en clase por los compañeros y proyectamos otras.
2. Establecemos un paralelismo narrativo entre todas las historias (incluyendo la original de la autora). Marcamos diferencias y semejanzas.
3. Aclaramos por qué se dice que es “UNA RABONA TELEVISADA”.
4. Preparamos un guion sencillo para escenificar una escena de nuestra preferencia. Puede emplearse el sistema de señas y sonidos para que el grupo de compañeros vaya sugiriendo qué dirían los personajes a partir de los pasajes que se vayan dramatizando.
