Cuento con letras, dibujos y un lindo mensaje…

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Las rosas

Prof. Angélica Saucedo

 

Por vacaciones, hoy te ofrecemos una manera diferente de leer, mezclando las letras con dibujitos. El autor del cuento es uno de los escritores mejicanos más reconocidos internacionalmente por su habilidad para traspasar los límites entre la realidad y la fantasía.


(Juan José Arreola)

Era una vez un hombre que había tomado en un jardín un ramo de rosas. Unas eran blancas, otras rojas, otras amarillas. Y como eran tan bellas, el hombre emprendió un viaje en busca del Maestro, para dejar el ramo a sus pies. Llevaba ya recorrida buena parte del camino, cuando encontró a un niño abandonado que lloraba desesperadamente.

Entonces se sentó a su lado, procurando consolarle. Y cuando lo vio más sereno continuó de nuevo la ruta, dejándole una de las rosas que le llevaba al Maestro.

Un poco más allá halló junto al camino a una viuda que estaba sumida en honda aflicción.  Y se detuvo y le dio de su sabiduría, y para aliviarse de su pena, el hombre le ofreció otra rosa de las más bellas que arrancara para ponerlas a las plantas del Maestro.

Más tarde se cruzó en la senda con una joven, y era tan hermosa, que al mirarla sintió que su corazón ardía en amor… Y olvidando lo que iba a buscar, en su admiración dio a la joven una rosa, la mejor de todas, que tenía aún en sus pétalos perlas de rocío y que había juzgado digno presente para su Maestro.

Un poco más allá encontró a una muchacha que bailaba y cantaba. La niña era tan linda y alegre, que se entretuvo con ella largo tiempo, y en pago del placer que le había proporcionado en sus danzas y canciones, le arrojó una de las rosas de las que estaban destinadas al Maestro.

Luego, cuando había andado buen trecho del camino, vio a un hombre que lo ultrajó y le insultó sin motivo. Y él, piadoso, le dio una de sus rosas y el odio del que lo atacaba se aplacó a la vista de la flor que hubiera debido caer a los pies del Maestro.

Y así en el transcurso del día, fue repartiendo rosas a los pobres y a los afligidos, a los alegres y a los malos.

Y cuando llegó la noche y se vio ante el Maestro no se atrevió a levantar los ojos, avergonzado al ver que no le quedaba ya ni una sola rosa para poner a sus pies.

Y en medio de su humillación oyó la voz del Maestro que le decía: «Muy queridas me son las rosas que me diste, hijo mío».

Y entonces el hombre se atrevió a levantar su inclinada frente. Y vio con admiración, que todas las rosas que él había repartido estaban sobre el corazón del Maestro.