El valor del trabajo bien hecho

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La historia que leerás a continuación seguro que la conoces, pero en esta ocasión te proponemos leerla atendiendo esta fecha tan importante: el Día del Trabajador.

Sabemos que los niños, como tú, no deben trabajar, sin embargo, hay pequeñas cosas que puedes hacer para ayudar a tus padres y aliviar el cansancio que traen después de largas horas de trabajo. Por ejemplo, estudiar con el mayor esfuerzo, dedicación suficiente y alegría de realizar una buena tarea. Fíjate cómo el trabajo bien hecho salvó la vida de estos tres cerditos.

Los tres cerditos

(Adaptación)

Había una vez tres cerditos que eran hermanos y vivían en el bosque. Para escapar del lobo, que quería comérselos, los cerditos decidieron hacerse una casa y cada uno construyó la suya.

—La mía será de paja —dijo el más pequeño—. No trabajaré mucho y podré ir a jugar.

El hermano mediano dijo:

—Construiré mi casa de madera en un santiamén, con todos estos troncos, sin esforzarme demasiado. Así trabajaré muy poco y tendré mucho tiempo para ir a jugar.

El mayor decidió construir su casa con ladrillos.

—Aunque me cueste mucho trabajo y esfuerzo, será muy fuerte y resistente, y dentro estaré a salvo del lobo. Le pondré una chimenea para hacer un caldo de zanahorias. No tendré tiempo para jugar, pero al menos estaré más seguro.

Cuando las tres casitas estuvieron terminadas, los cerditos exclamaron:

—¡No nos comerá el Lobo feroz! ¡En casa no puede entrar el Lobo feroz!

Entonces, el lobo surgió detrás de un árbol grande, rugiendo de hambre y gritando:

—Cerditos, ¡los voy a comer!

Cada uno se escondió en su casa, pero el Lobo feroz se paró en la casita de paja y aulló:

—¡Soplaré y soplaré, y la casita derribaré!

Y sopló con todas sus fuerzas y la casita de paja derribó.

El cerdito pequeño corrió y entró en la casa de madera.

De nuevo el lobo se colocó delante de la puerta y comenzó a soplar, y gruñendo:

—¡Soplaré y soplaré, y la casita derribaré! Las paredes cayeron y, entonces, los dos cerditos corrieron a refugiarse en la casa de ladrillo.

—¡No nos comerá el Lobo feroz! —Cantaban los cerditos.

—¡Soplaré y soplaré, y la puerta derribaré! Sopló y sopló, pero no consiguió su propósito. Subió por la chimenea, se deslizó hacia abajo... y cayó en la sopa de zanahorias. Escaldado y con el estómago vacío salió huyendo.

Los cerditos no lo volvieron a ver. El mayor de ellos regañó a los otros dos por haber sido tan perezosos y poner en peligro sus propias vidas.