La guerra de los yacarés
Última parte
—¡Eh, yacarés!— gritó el oficial.
—¡Qué hay!— respondieron los yacarés.
—¿Otra vez el dique?
—¡Sí, otra vez!
—¡Saquen ese dique!
—¡Nunca!
—¿No lo sacan?
—¡No!
—Bueno; entonces, oigan —dijo el oficial—. Vamos a deshacer este dique y a ustedes, a cañonazos. No va a quedar ni uno solo vivo; ni ese viejísimo yacaré que veo allí, y que no tiene sino dos dientes.
El viejo y sabio yacaré, al ver que el oficial hablaba de él y se burlaba, le dijo:
—Es cierto que no me quedan sino pocos dientes. ¿Pero usted sabe qué van a comer mañana estos dientes?— añadió, abriendo su inmensa boca.
—¿Qué van a comer, a ver?
—respondieron los marineros.
—A ese oficialito —dijo el yacaré y se bajó rápidamente de su tronco.
Entre tanto, el Surubí había colocado su torpedo en medio del dique, ordenando a cuatro yacarés que lo aseguraran y lo hundieran en el agua hasta que él les avisara. Enseguida, los demás yacarés se hundieron a su vez cerca de la orilla, dejando únicamente la nariz y los ojos fuera del agua. El Surubí se hundió al lado de su torpedo.
De repente el buque de guerra se llenó de humo y lanzó el primer cañonazo contra el dique. La granada hizo volar el dique en mil pedazos diez o doce troncos.
Pero el Surubí estaba alerta, y apenas quedó abierto el agujero en el dique, gritó a los yacarés que estaban sujetando el torpedo:
—¡Suelten el torpedo, ligero, suelten!
Los yacarés soltaron, y el torpedo vino a flor de agua.
El Surubí colocó el torpedo en el centro del boquete abierto y lo lanzó contra el buque.
¡Ya era tiempo! En ese instante, el acorazado lanzaba su segundo cañonazo y la granada iba a reventar entre los palos, haciendo saltar en astillas otro pedazo del dique.
Pero el torpedo llegaba al buque, y los hombres que estaban en él vieron el remolino que hace en el agua un torpedo. Gritaron de miedo y quisieron mover el acorazado para que el torpedo no lo tocara. Pero era tarde; el torpedo llegó, chocó contra el buque y lo partió en quince mil pedazos; lanzó por el aire, a cuadras y cuadras de distancia, chimeneas, máquinas, cañones, lanchas; todo.
Los yacarés dieron un grito de triunfo y corrieron al dique. Desde allí vieron pasar por el agujero abierto por la granada a los hombres muertos, heridos y algunos vivos que la corriente del río arrastraba.
Se treparon en los troncos que quedaban y, cuando los hombres pasaban por allí, se burlaban tapándose la boca con las patas.
No quisieron comer a ningún hombre, aunque bien lo merecían. Solo cuando pasó uno que tenía galones de oro en el traje y que estaba vivo, el viejo yacaré se lanzó de un salto al agua, y ¡tac! en dos golpes de boca se lo comió.
—¿Quién es ese?— preguntó un yacarecito ignorante.
—Es el oficial— le respondió el Surubí—. Mi viejo amigo le había prometido que lo iba a comer, y se lo comió.
Los yacarés sacaron el resto del dique, que para nada servía ya, puesto que ningún buque volvería a pasar por allí. El Surubí nadó una hora ante los yacarés, que lo admiraban con la boca abierta, luego lo acompañaron hasta su gruta, y le dieron las gracias. Los pescados volvieron también, los yacarés vivieron y viven todavía muy felices. Pero no quieren saber nada de buques de guerra.
Fuente: Quiroga, H. Cuentos de la selva. 1918.
