Es hora de conocer el desenlace de esta fábula.
Y el cuervo lo encontró razonable y fue en busca de un piedra para afilar debidamente su pico. Mientras tanto, la rana pudo llegar al pozo dando saltitos.
El brocal era alto y por más que saltaba, la rana no llegaba arriba. «¡Es una lástima!» —pensó la rana—. Pero como más vale ingenio que fuerza, dio otro saltito y se encaramó en uno de los salientes del tronco viejo de un árbol y desde allí saltó, por fin, a lo alto del brocal.
La rana, al verse libre, respiró satisfecha y se echó al agua. En cuanto el cuervo tuvo su pico bien afilado vino en busca de la rana, pero no la halló. Entonces, se posó sobre el brocal del pozo para mirar mejor e, inclinando la cabeza hacia la boca del pozo, observó abajo la sombra de la rana.
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—¡Eh!, hermosa rana —gritó el cuervo—. ¿Qué haces ahí?
—Tenía sed y bajé a beber, no te habrás molestado por eso —respondió la rana.
—No, desde luego, pero puedes subir cuando quieras; mi pico ya está afilado.
—¡Oh, hermoso cuervo! —replicó la rana—. Me veo en un gran aprieto. Yo no tengo alas como tú para volar y salto menos que un topo, ¿Cómo podría trepar por las paredes? ¿No será mejor que bajes tú a buscarme?
Al cuervo le parecieron estas palabras razonables, y sin encomendarse a Dios ni al diablo dio un salto y se precipitó al pozo y chocó contra el agua.
Y dicen que la rana empezó a croar tranquilamente, porque al fin se había visto libre de su enemigo.
Sobre el libro
Título: El príncipe malo
Editorial: Ediciones Susaeta SA.
