San Mbiquicho (1)

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Nadie sabía su verdadero nombre. Apareció un día domingo en Ñu Porã y lo vieron por primera vez en la iglesia, cuando el cura de un pueblo vecino fue a celebrar misa a las siete de la mañana.

El sacerdote recorría varias poblaciones que no tenían cura e iba celebrando el oficio de pueblo en pueblo, confesando a la gente que quería hacerlo, y bautizando y casando a la gente «asegún necesidá».

Ese domingo se lo vio por primera vez en la iglesia y todos pensaron que había venido acompañando al cura, ya que cuando este pidió que lo ayudara, el hombre aquel lo hizo con tanta naturalidad. Sabía cada paso que tenía que hacer: pasaba las vinajeras, tocaba la campanilla cuando debía hacerse, se arrodillaba o se ponía de pie en el momento adecuado.

Eso confirmó la suposición de que, en efecto, era un ayudante que el sacerdote se había conseguido.

Pero al terminar la misa, cuando el celebrante entró al cuartito que hacía de sacristía para cambiarse los ornamentos sagrados por su raída sotana, y algunas viejas beatas fueron a saludarlo, el hombre que creían su ayudante no estaba ahí.

Se lo volvió a ver de nuevo en el rústico templito, al día siguiente, sentado en un discreto rincón, sumido en profunda meditación.

No se sabe en qué momento el hombre desaparecía de la vista y no se lo volvía a ver hasta el día siguiente, en el templo, haciendo oración.

Luego alguien contó que se había hecho un «sobrado» en las afueras del pueblo, internándose un poco en un montecito que había por ahí.

Contaron también que allí dormía y tenía sus pocas pertenencias.

Pasó el tiempo y esa siguió siendo su rutina, diariamente, al atardecer, se lo encontraba haciendo oración en la iglesia vacía y los domingos ayudando en la misa al cura itinerante.

Sin embargo, poco a poco, fueron conociéndolo. Primero los niños, siempre curiosos y más audaces que los mayores, se habían acercado a su precaria vivienda.

Al principio solo espiaron sus movimientos. Vieron que ponía trampa para cazar animales pequeños y, con una puntería increíble de su hondita, derribaba pájaros, los desplumaba, los limpiaba, encendía un fuego para asarlos y se los comía muy contento. Se preparaba limonadas o tomaba tereré y, el resto del tiempo, hojeaba un voluminoso libro.

Luego los niños se acercaron a hablarle.

Para ese entonces, el pueblo ya le había puesto un «marcante», para poder referirse a él. Como podía haber sido Ma'e˜rã, le pusieron Mbiquicho.

Y así lo saludaron los niños: «Buen día, don Mbiquicho».

Sobre el libro

Adaptación: Raúl Silva Alonso

Título: San Mbiquicho

Editorial El Lector

Actividad

Responde.

¿De dónde crees que viene el término Mbiquicho?, ¿por qué?