Seamos generosos

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La generosidad es dar y compartir sin esperar nada a cambio. Es una virtud que distingue a las personas de buen corazón y trae alegría cuando es sincera, pero si es falsa, produce angustia, como le sucedió al hombre de este cuento.

 

El manzano y el camino
(Josefina Plá)

Había una vez un hombre que, de puro bueno, permitía a los vecinos de la calle a espaldas de su propiedad atravesar esta para ir al trabajo y así ahorrar camino.

Naturalmente, el tránsito había acabado por labrar una sendita muy limpia que cosía la huerta como una cinta.

Y esa sendita pasaba entre un lindo álamo y un hermoso manzano, que daba unas manzanas aún más hermosas, y cuando era tiempo de manzanas, cada vecino que pasaba se llevaba al pasar alguna. Total, que el dueño nunca recogía todas, sino la mitad de las manzanas, aquellas que en el árbol quedaban al otro lado del camino.

Cansado de ver repetirse esto cada año, el hombre se puso a pensar cómo evitarlo. Pensándolo estaba una mañana cuando pasó un viejo pariente suyo que vivía fuera del pueblo. Le habló del problema. El pariente le contestó:

—Cambia tus vecinos.

El buen hombre se horrorizó al pensar lo que suponía cambiar uno solo de ellos. Pero como ya era otra vez la estación y las manzanas disminuían más deprisa que nunca, porque los vecinos aquellos tenían hijos que crecían y al crecer iban alcanzando las ramas, se fue a consultar al barbero del pueblo, que tenía fama de sabio. Este le dijo:

—Cierra tu camino.

El hombre se volvió a casa espantado de imaginar nomás el disgusto que se llevaría con sus vecinos si les cerrase la senda.

Así pasaron dos estaciones más. El hombre enflaquecía de preocupación y las manzanas iban disminuyendo. Hasta que una mañana se dio una palmada en la frente:

—¡¿Cómo no lo pensé antes?!

Tomó una pala, le dio al músculo y cambió de lugar los dos árboles, colocando al manzano donde estaba el álamo y viceversa.

—Antes lo hubiera hecho —dijo. Y se echó a dormir la siesta.