“El hada Teresa”
Yo soy el hada Teresa.
Soy un hada muy traviesa.
Con mi varita hago cientos
de hechizos y encantamientos.
Que al maestro picajoso
-que tiene un genio horroroso-
le crezca un rabo de gato
y maúlle todo el rato.
Yo soy el hada Teresa.
Soy un hada muy traviesa.
Con mi varita hago cientos
de hechizos y encantamientos.
Que el sombrero a la vecina
se le transforme en gallina
y le ponga – ¡qué descoco!-
un huevo encima del coco.
Yo soy el hada Teresa.
Soy un hada muy traviesa.
Con mi varita hago cientos
de hechizos y encantamientos.
Que este niño tan pegón
se convierta en champiñón,
huevo frito o moco verde,
y así siempre me recuerde.
Yo soy el hada Teresa.
Soy un hada muy traviesa.
Con mi varita hago cientos
de hechizos y encantamientos.
Que a la maestra gritona,
chillona y marimandona
le salgan, cuando dé un bote,
una barba y un bigote.
“El hada Roberta”
Trabajar de hada madrina
es, sin duda, una tarea
la mar de dura y cansina
que a cualquier hada marea.
Si te toca un pez dorado
que está aprendiendo a nadar,
es un rollo lo mojado
y lo frío que está el mar.
Si un murciélago cegato,
no puede perder puntada;
pues se pasa todo el rato
de tropezón en trompada.
Lo peor es si una moza
polvorienta y desastrada
quiere ir al baile en carroza
la mar de emperejilada.
Hay que buscar, ¡qué trajín!,
ratones y calabazas
por el huerto y el jardín,
por salones y terrazas.
A un meneo de varita,
pronunciar un trabalenguas
para ponerla bonita
sin que se líe la lengua.
Y es que un hada vive a cien
esforzándose un montón,
porque esto de hacer el bien
exige dedicación.
Se pasa frío y calor
y te da mil sofocones; ¿pero hay oficio mejor
que alegrar los corazones?
