Prof. Angélica Saucedo
La propuesta de hoy es obra de Alekandr Nikoalevich Afanasiev, escritor ruso que recogió en su libro «Cuentos populares rusos» 680 relatos tradicionales y fábulas que conservan toda la magia de los mitos y las creencias rurales de la antigua Rusia.
La zorra, la liebre y el gallo
La pobre liebre se puso a caminar por el campo llorando con desconsuelo y tropezó con unos perros.
¡Guau, guau! ¿Por qué lloras, liebrecita? le preguntaron los perros.
¡Ay, si supieran, perritos! ¿Cómo no voy a llorar? Yo tenía una choza en la corteza de un árbol, y la zorra, una de hielo; la suya se derritió, me pidió albergue y luego me echó de mi propia casa.
No llores, liebrecita; nosotros la echaremos de tu casa.
¡Oh, no! Eso no es posible.
¿Cómo que no? ¡Ahora verás!
Se acercaron a la choza y dijeron:
¡Guau, guau! ¡Zorra, lárgate! Esa es la casa de liebre.
Pero la zorra, que se estaba calentando tan a gusto cerca de la estufa, les contestó:
¡Como me baje de un salto, ni el rabo les dejo salvo!
Y los perros se asustaron y echaron a correr. La pobre liebre se quedó sola, se puso a andar llorando desconsoladamente, y se encontró con un oso.
¿Por qué lloras, liebre querida? le preguntó el oso.
Y le contó lo sucedido.
No llores, liebrecita; yo echaré a la zorra.
Se encaminaron hacia la choza y el oso dijo:
¡Sal, zorra, de la casa de liebre! ¡Anda!
Pero la zorra contestó tranquilamente:
¡Espera un ratito, que me bajo y no te dejo ni el rabito!
El oso se asustó y se marchó. Otra vez se puso a caminar la liebre llorando, y encontró a un toro, que le preguntó la causa. La liebre se lo explicó y el toro repuso:
¡Por qué poco lloras! Vamos allá, que yo la echaré de tu casa.
Pero tampoco pudo lograrlo, porque la zorra, sentada al lado de la estufa le dijo:
¡Aguarda un poquito, que saldré a despedazarte el hocico!
Y el toro, a pesar de su valentía, tuvo miedo y se marchó.
Otra vez se quedó sola la pobre liebre y se puso a caminar vertiendo amargas lágrimas, cuando tropezó con un gallo que llevaba consigo una guadaña.
¡Quiquiriquí! ¿Por qué lloras?
Y la liebre vuelve a contarle lo sucedido.
¡Vámonos, que yo la echaré de allí!
No, gallo, no podrás echarla. Los perros quisieron echarla y no pudieron; el oso tampoco pudo; al fin el toro lo intentó, pero sin resultado; tampoco tú podrás hacerlo.
Ya verás que sí.
Se acercaron a la choza y el gallo cantó:
¡Quiquiriquí! ¡Quien se esconde en esa casa va a morir
con la guadaña que traigo aquí. ¡Vete, zorra!
La zorra oyó el canto y se asustó. Tuvo un miedo tan grande que salió de la casa y huyó. Entonces el gallo se quedó a vivir con la liebre en su choza.