Viaje al centro de la Tierra
Julio Verne
Esta sí que fue una aventura increíble. Comenzó cuando mi tío, Otto Kindenbrock, profesor de Mineralogía y considerado un sabio en la materia, encontró dentro de un libro viejo, un manuscrito del siglo XVII, en la librería del judío Hevelius.
Desde que murieron mis padres viví con él, ayudándole en sus experimentos. Vivía también en la casa su ahijada Graüben, de quien estuve enamorado desde niño, cuando la vi por primera vez. Cuidaba de nosotros Marta, una fiel y antigua empleada de mi tío Otto.
La cuestión es que fui yo quien descifró el manuscrito hallado en el libro después de una semana en la que mi tío estuvo más loco que de costumbre, intentando traducirlo él. Conociéndolo, quise callar mi descubrimiento, pero al final tuve que contárselo, porque llevaba ya unos días sin comer y apenas dormir, en su afán de descifrarlo.
Y es que ya sabía yo lo que iba a pasar cuando supiera el mensaje, que decía así:
«Desciende al cráter del Yocul de Sneffels, que las sombras acarician, y llegarás al centro de la Tierra, como he llegado yo. Arne Saknussem».
Efectivamente, ocurrió lo que me temía: una semana después, salíamos de nuestro tranquilo barrio hamburgués rumbo a Islandia, donde se encuentra el volcán de Sneffels.
En Copenhague, nos enteramos de que hacía quinientos años que el volcán estaba apagado, lo que me tranquilizó bastante, pensando que debíamos descender por su cráter.
También contratamos a un guía: Hans Bjekel. Al día siguiente, iniciamos el ascenso de la montaña que culminaba en el volcán. Al llegar a la cima, apenas descendiendo al cráter, encontramos grabado en una roca el nombre de Arne Saknnusemm, quien nos precediera doscientos años antes en el insólito viaje que íbamos a emprender.
Justamente a la hora en que descubrimos la roca con el nombre del expedicionario, la misma proyectaba una sombra, como una flecha, que señalaba una de las entradas a lo que se llama la chimenea del volcán.
Por ahí tiramos parte de nuestro equipaje y luego, utilizando larguísimas cuerdas, descendimos nosotros cargados con nuestras mochilas, cantimploras, picos de escalar, faroles y otros utensilios y herramientas.
Al llegar al extremo de las sogas, llegamos también, afortunadamente, a una saliente que formaba una especie de terraza, donde encontramos el equipaje que habíamos lanzado desde la boca del cráter.
La oscuridad era total, pero a la luz de las linternas, pudimos observar formaciones rocosas de singular belleza y colorido.
Luego de descansar un rato, continuamos nuestro descenso por cinco horas más, hasta que, viendo en nuestros relojes que ya estábamos en horas de la noche, decidimos quedarnos a pernoctar donde nos encontrábamos.
Allí, mi preocupación fue al calcular que teníamos agua solo para cinco días más. Pero mi tío Otto me tranquilizó, diciendo:
― Serénate, Axel. En ese tiempo encontraremos algún manantial subterráneo.
Dormimos ocho horas y continuamos el descenso. En un tramo se me mancharon de negro las manos, al tocar las paredes rocosas: era carbón.
Sentimos también un olor raro que identificamos como gas grisú. De no haber sido eléctricas nuestras lámparas, o de haber encendido un fósforo, o de haber producido alguna chispa… ¡una enorme explosión habría acabado con nuestro viaje!
Continuará…
