Viaje al centro de la Tierra
Julio Verne
Se nos terminó el agua. El corajudo y testarudo de mi tío, decretó:
― No importa. Tomaremos ginebra, que para eso traje varias botellas. Y así seguimos un día más, hasta que yo caí rendido. Al recobrar el conocimiento, escuché que Hans decía en su idioma:
― ¡Waten! ¡Waten! ―y señalaba una pared más seca que mi lengua. Pero al acercarnos, escuchamos efectivamente el rumor del agua que corría al otro lado de la roca.
Nos faltó tiempo para taladrar la pared con nuestras piquetas y apartarnos del chorro hirviendo que brotó de la pared perforada.
Enfriada el agua, saciamos nuestra sed, cargamos nuestras cantimploras y las botellas vacías de ginebra, y decidimos seguir el curso del agua que, descendiendo, nos serviría de guía. Unos días después, calculamos estar bajo el océano.
Y yo calculé que para llegar al centro de la Tierra tardaríamos unos cinco años, si no moríamos antes, que la presión aumentaría y la temperatura subiría a medida que bajáramos, que...
― ¡A paseo con tus desesperanzadas teorías! ―me decía el tío. Su férrea voluntad me causaba tanta admiración, que desistí de exponerle los peligros que se presentarían a medida que descendiéramos.
Durante las dos semanas siguientes que continuamos bajando, un día… ¿un día?, ¿una tarde?, ¿una noche?... ¡Allí no se sabía cuándo era qué! Bueno, el caso es que una vez me perdí.
Volví a reunirme con el tío Otto y con Hans cuando recobré la conciencia, luego de perderla al caer en un profundo pozo.
Y allí… ¡ah! ¡qué delicia!... sentí el viento en la cara y el hermoso sonido de las olas del mar ¡habíamos vuelto a la superficie, no sé cómo!
Pero al incorporarme vi que era ― ¡mi abuelita!― ¡¡¡un mar subterráneo!!! Y mi tío me decía que me preparara para embarcar.
Hans había hecho una balsa ―con velas y todo― con maderas de pino y abeto mineralizadas por la acción del agua, que flotaban por tener su interior poroso.
Antes de embarcarnos recorrimos la orilla, internándonos por un bosque de hongos gigantescos, donde encontramos multitud de huesos de animales prehistóricos y hasta ¡una cabeza humana!
Estaba todo bañado de una luz fantasmagórica que ―según me explicó tío Otto―provenía de las rocas que hacía de altísimo «techo» del mar subterráneo y producían un extraño fenómeno atmosférico que hacía que irradiaran luz.
― Al enfriarse la capa superior de la Tierra, debieron formarse estos enormes depósitos de aguas subterráneas ―dijo― y a medida que la temperatura fue descendiendo, se desarrollaron estos hongos, las gigantescas plantas que vimos y los animales cuyos huesos encontramos…
Al cabo de unas horas nos embarcamos rumbo a no sabíamos dónde, avanzando a razón de treinta leguas por día. En ese mar abundaba la pesca de peces raros… pero comestibles… como lo pudimos comprobar después de experimentar con algunos y no ocurrirnos nada más que ¡calmar nuestra hambre!
Continuará…
