Había una vez un hombre que vivía solo en el bosque, mucho más lejos que Misiones. Llevaba una vida salvaje, se alimentaba de pájaros y animales del monte, comía hierbas y frutas.
Con su escopeta se dedicaba a la caza de animales cuyos cueros vendía. Un día que tenía mucha hambre vio a la orilla de una gran laguna un enorme tigre que trataba de comer a una tortuga. Al ver al hombre, el tigre se abalanzó sobre él, pero el cazador le apuntó entre los dos ojos y lo mató.
Después con su cuchillo le sacó el cuero, que era grande y hermoso.
-Ahora -dijo el cazador- me comeré la tortuga; al acercarse a ella vio que estaba herida y que tenía la cabeza casi separada del cuerpo. Tuvo lástima del pobre animal y lo llevó arrastrando con una soga hasta su ramada. Allí le vendó la cabeza con pedazos de su camisa y le prodigó todos sus cuidados. La tortuga era inmensa y pesada. Era una verdadera tortuga gigante.
Varios días permaneció sin moverse, pero al fin quedó completamente curada.
Poco después fue el hombre que se enfermó. Tuvo fiebre, mareos y no pudo levantarse del lecho. El cazador se sintió perdido entre aquella espantosa soledad.
-Me muero de sed –dijo– y no tengo quien me dé un trago de agua.
La tortuga lo oyó y entendió lo que el cazador decía. Fue a la laguna, buscó una cáscara de tortuga y la llenó de agua. La llevó hacia la ramada y le dio de beber al cazador.
-Me muero de hambre -dijo este – y no tengo quien me dé un poco de comida.
La tortuga fue a recoger raíces frescas de apetitosa pulpa y con ellas fue alimentando al cazador.
Todos los días la tortuga le llevaba su ración de agua y frescas raíces.
Una noche el cazador dijo:
-Estoy solo en el bosque y voy a morir aquí. Solamente en el pueblo podría curarme.
La tortuga cortó entonces enredaderas finas y fuertes, lo ató con ellas sobre su lomo y así emprendió el viaje hacia el pueblo.
Campos y pantanos. Soportó el peso del hombre a pesar del calor espantoso de ese verano. Siguió su camino firme, llena de voluntad y de deseos de llegar.
Pero llegó un día en que la tortuga no pudo más. Cerró los ojos para morir junto a su amigo. Ella no sabía que ya estaba en la entrada misma del anciano pueblo. En él fueron bien recibidos los dos, la tortuga y la extraña carga. Se le prodigaron al cazador solícitos cuidados y pronto quedó fuera de peligro.
La tortuga no se separaba un momento de su lado.
Fueron ambos grandes amigos durante su vida.
Horacio Quiroga
De “Cuentos de la selva”
