En el 2014, la psicóloga, conferencista y escritora chilena Pilar Sordo presentó su libro No quiero envejecer, una investigación que realizó durante cuatro años, y en la que desentraña el dolor y el miedo que se tiene a la vejez, mediante una revisión de miles de personas acerca del presente, futuro y valoración de la vida. Según su análisis existen dos tipos de adultos mayores: los que asumen su condición con naturalidad y los que le temen a los años. Estos últimos –al que los especialistas llaman gerascofóbicos o gerantofóbicos– no llevan bien el paso de los años y están en total desacuerdo en ser llamados abuelos.
“Consiste en reconocer que cada edad guarda un encanto, y ese atractivo depende de la actitud y los proyectos que se construyen. Cada década es una conquista en la cual deberíamos aprender a disfrutar cada momento. Haciendo una comparación más profunda de la sociedad, envejecer se ha vuelto un problema en el siglo XX y XXI; sin embargo, en otras épocas, los adultos mayores eran conocidos y respetados por su sabiduría y experiencia adquirida. Hoy vivimos en la cultura de lo desechable y, lastimosamente, este concepto está latente”, expresa María Teresa Galeano, clínica y máster en terapia familiar. Según la especialista, la vejez es un proceso en el que se produce una serie de cambios desde el punto de vista biológico, social y psicológico, y agrega que nuestro país posee una tasa elevada de población joven, en la cual los adultos mayores tienen escaso lugar.
El contexto sociocultural de nuestro país no está preparado para lidiar con la vejez, y existen escasas posibilidades de encontrar actividades sociales y artísticas que se adecuen a lo requerido. “En cada trayecto se experimentan nuevas aventuras. Aceptar el cambio es también reconocer que necesitamos continuar el crecimiento naturalmente. Algunos retos son difíciles, por ejemplo, cuando los hijos abandonan el hogar o la mujer inicia la etapa de la menopausia; pero también puede ser una buena oportunidad para realizar esas tareas que se dejaron pendientes”, aconseja.
En su consultorio, Galeano recibe la visita y escucha, sobre todo, a mujeres y explica que la edad temida antes era los 50, pero, actualmente, una mujer adulta de 30 años ya siente el peso de la edad, mientras que una fémina de 40 asegura que se le acaba el tiempo para cumplir las metas trazadas. La entendida admite, además, que nuestra sociedad posmoderna nos impone prototipos fuertes de eterna juventud, por lo que las mujeres se sienten rápidamente desplazadas.
El miedo siempre va a existir, más aún si no se encara con actitud positiva y proactiva la vida y los proyectos que se deseen generar.
Los límites lo imponemos nosotras
“La mejor edad es aquella en la que una se siente bien por lo que aprendió, consiguió y lo mucho que le queda por alcanzar. Porque quien no tiene sueños es un muerto en vida, quien no se ilusiona no ofrece magia a su corazón ni luz a sus pensamientos. Si bien es cierto que estamos limitados a realizar actividades, también es verdad que los límites son más que nada internos, creados por el miedo a lo que los demás puedan pensar o considerar. Me gusta ver cómo la gente, a pesar de la edad, se desafía así misma, aprende un idioma, inician alguna actividad dinámica, apuesta a nuevos placeres”, concluye María Teresa Galeano.
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