Imagínense los excelentes profesionales que pueden salir de una casa de estudios que ofrece cursos acelerados, en los que la mayoría de los estudiantes son jóvenes que en el colegio no les hicieron pasar todo nomás porque los profes “demasiado mbores ya eran”. La joda y farra siempre están primero; al pedo te preocupás por tu aprendizaje si de nada luego te va a servir.
“¿A quién pio le interesa saber cuándo se fundó Asunción o cuál es la fórmula química del cloruro de sodio?”. Es lo que piensan hoy los jóvenes, quienes le dan más valor a un pedazo de papel que certifica su culminación escolar antes que al conocimiento que pueden adquirir como estudiantes.
A sabiendas de que el sistema educativo en nuestro país no es el mejor de todos, igual se ofrecen cursos rápidos que permiten a los jóvenes mayores de 18 años terminar el colegio en menos tiempo de lo normal; una opción que ellos eligen por ser mucho más sencilla.
Es indiscutible que estos “atajos educativos” pueden ayudar bastante a personas adultas, que en su pasado por algún motivo no pudieron culminar o, inclusive, acceder a una educación. Pues, como sabemos, anteriormente eran pocos los privilegiados que podían recibir una formación fuera de sus hogares.
Pero a pesar de esto, no se debería dejar que los jóvenes se aprovechen de esos cursos y los tomen como un atajo para recibir su certificado por haber “culminado satisfactoriamente” la etapa escolar. “La educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo”, dijo una vez Nelson Mandela, pero estos no tienen noción alguna acerca de eso.
Por Gonzalo Recalde (18 años)