“¿Qué haremos esta noche, Cerebro? Lo mismo que hacemos todas las noches, Pinky... ¡Tratar de conquistar el mundo!”. Era la inolvidable conversación de los divertidos ratones de laboratorio que entretenían a los niños con sus descabelladas ideas de apoderarse del planeta.
Por otra parte, se encontraba el casanova, rubio y musculoso que perseguía a todas las mujeres que pasaban a su lado, Johnny Bravo. Con sus intentos amorosos de hallar alguna chica para conquistar, vivía aventuras memorables en las que siempre terminaba siendo golpeado.
También disfrutábamos de Pokémon; con Ash, Brock y Misty sucedían las más inimaginables aventuras en cada capítulo. Gracias a sus momentos jocosos y el triste episodio en el que a Charmander casi se le apaga la llama, sin duda, forma parte del podio de los mejores dibujos animados.
Y cómo olvidar El laboratorio de Dexter, que además de despertar nuestro Einstein interior y motivarnos a inventar objetos, demostraba cómo era la compleja relación conflictiva con los hermanos dentro y fuera de la casa. Lo peor que podía pasar en la época de infancia era que justo, ¡justo! a tu mamá se le ocurriera ocuparte a la despensa o hacer otra cosa, mientras estabas viendo tu programa preferido; esa era, por lejos, la mayor tortura.
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Además de los citados, son muchos los dibujos animados que alegraban nuestras mañanas y tardes. Por nombrar algunos, Los Rugrats, Timón y Pumba, Digimon, Las chicas superpoderosas, Beyblade, Los supercampeones, Caballeros del Zodiaco, La vaca y el pollito, Dragon Ball, Yu-Gi-Oh!, Hey Arnold!, Coraje, el perro cobarde y varios más. Han pasado los años y muchos de ellos han desaparecido de la programación de los canales que antes los emitían, pero los recuerdos quedan, y las risas y emociones de aquellos nostálgicos días no se esfumarán de nuestra memoria.
Por Ricardo González (19 años)
