Cuenta la leyenda que, allá por 1930, a la corta edad de 15 años Erico deslumbraba en las canchas del fútbol paraguayo con la camiseta del Club Nacional. Era casi imposible que algún equipo extranjero se fijara en él estando en la oscuridad del balompié guaraní, por lo que irónicamente de la desgracia de la Guerra del Chaco surgiría la oportunidad para el astro desconocido que desparramaba talento en nuestros maltratados campos de juego.
En 1932, como Erico aún no estaba en edad de enrolarse, formó parte del seleccionado paraguayo de la cruz roja, que hizo una gira por tierras argentinas con el objetivo de recaudar fondos para los combatientes heridos. Es en ese momento en el que dos grandes clubes criollos se fijaron en el joven “saltarín”: River Plate e Independiente. Sería este último el que ganaría la pulseada por ficharlo, y es así como la leyenda del “Hombre de mimbre” se empezó a escribir.
Del 37 al 39 su fútbol-arte apareció en su máximo esplendor. El primer año marcó 48 goles en 34 partidos, el siguiente anotó 43 y 12 meses después embocó la pelota en las redes en unas 41 oportunidades. Llevó a Independiente al bicampeonato, y hoy en día aquel equipo de los “Diablos Rojos” de Avellaneda es considerado como uno de los mejores planteles de la historia del balompié tanto argentino como mundial.
En una ocasión, le ofrecieron nacionalizarse para vestir la albiceleste en el Mundial de 1938 en Francia. Erico, fiel a su patria, respondió con un rotundo NO, ante todo, él era paraguayo y no pensaba defender la camiseta de un país distinto. Tristemente, la albirroja nunca se la pudo poner. Un día después de su muerte en el 77, Independiente iba perdiendo con River por 1-0. La gente coreó: “¡Se siente, se siente, Erico está presente!”. “Los diablos” terminaron ganando por 2-1.
Por Rubén Montiel (20 años)
