Cadete Amarilla: Otra oscura historia militar

En el ocaso de la dictadura de Stroessner, una familia de tradición militar recibió una noticia que 30 años después sigue doliendo: la muerte de un hijo. Sucedió en un centro de formación militar y los responsables-encubridores vestían el mismo uniforme.

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“¿Podés venir urgente? Tu hijo se accidentó”. Esta frase corta pero llena de angustia que escuchó a través del teléfono cambió para siempre la vida del capitán de Navío DEM (SR) Víctor Hugo Amarilla y su familia. Fue el 2 de junio de 1988, una noche de jueves muy fría –recuerda–, feriado nacional de Corpus Christi.

Eran las 22:30 cuando el teléfono rompió la calma. La llamada provenía del Liceo Militar N° 2 Juan Francisco López de Encarnación, donde su hijo Marco Antonio Amarilla Benítez, con 17 años, se formaba para la vida militar desde 1985.

En medio de la incertidumbre, se puso en camino junto con su esposa, Dra. Teresita Benítez de Amarilla. Llegaron a Encarnación a las 4:00 del día siguiente con la esperanza de que Marquito, como le decían de cariño, esté bien.

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“Al llegar me presenté en la oficina de guardia y me acompañó uno de los cadetes y por el camino me dice: ‘Falleció Marco’. Allí sentí como un golpe”, recuerda.

Para esa hora, el cuerpo del joven ya estaba pulcramente uniformado y dentro de un ataúd, rodeado por otros cadetes que estaban haciendo una guardia de honor.

El médico de la unidad, Hugo Giménez, era la única persona de mayor rango en el sitio. “Un tiro de fusil en la cabeza. Herida de bala en la cabeza”. Ese fue el primer reporte que recibió sobre el supuesto accidente, pero las circunstancias eran desconocidas.

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"El impacto que nos produjo semejante espectáculo lo tenemos grabado para siempre en nuestras retinas y en nuestra memoria; no encuentro palabras adecuadas para describir tamaña desgracia. Estábamos confundidos, desorientados e impotentes", dice.

Dijeron que él mismo apoyó el cañón del fusil contra su cabeza. Esa fue la primera teoría sobre lo que sucedió, pero que carecía de sentido para la familia. A pesar del difícil momento, no se contentaron con esta explicación. La única evidencia que tenían cerca, la herida en la cabeza, desmentía ese cuento mal contado de un suicidio.

"Mi señora levantó la venda del lado derecho –cuenta– y, para sorpresa nuestra, no tenía quemado ni un solo cabello, solo se notaban las fracturas suturadas, no había rastros de pólvora. El propio médico de la unidad corroboró la observación nuestra y así certificó, pero el informe decía que Marquito se quitó la vida con su propio fusil".

En aquel momento se hicieron presentes el comandante de la unidad y el del Cuerpo de Cadetes, intentando en vano dar sustento a la teoría de la autoeliminación. Algo estaban queriendo ocultar.

“Nos encontrábamos totalmente confundidos; aun así, preguntamos al comandante, Cnel. DEM Agustín Sánchez, cuál fue el procedimiento empleado para el levantamiento del cadáver y nos responde que él, como comandante de la unidad, ordenó al médico de la unidad que se proceda al levantamiento del cadáver y su posterior traslado a la sanidad”.

A esto solo le siguieron evasivas por parte del comandante, quien no supo justificar el porqué no se dio participación al juez local ni al fiscal de turno. El interrogatorio de la familia al alto mando militar fue interrumpido por un joven que se acercó a la señora y le entregó una hoja de cuaderno. Era una escueta esquela que supuestamente había escrito Marquito antes de su muerte. Esta era la “evidencia” con la que los militares decidieron, sin investigar, que se trató de un suicidio. Esta nota era falsa y se comprobó tiempo después que no fue escrita por Marco.

Con la causa oficialmente abierta, empezó una batalla contra la justicia militar. La autopsia, la primera de las diligencias que pidió la familia, fulminó la teoría del suicidio. La herida indicaba que el proyectil tuvo una trayectoria descendente y que ingresó por el lado izquierdo, con orificio de salida en el lado derecho, exactamente lo opuesto a lo que sostenían las autoridades del liceo.

La pericia de balística confirmó que el disparo se hizo a una distancia de entre dos y ocho metros de distancia. A medida que avanzaban las investigaciones se hacía visible lo evidente: Marco Antonio Amarilla fue asesinado con su propio fusil, dentro del Liceo Militar N° 2 de Encarnación.

¿Pero por qué lo mataron? ¿Por qué intentaron encubrir el crimen?

Rumores de toda naturaleza llegaron a oídos del capitán Amarilla y su esposa, pero fue una la que cobró mayor fuerza, la que incluso se hizo parte de la historia de Encarnación, de esas historias que se cuentan de boca en boca.

Marquito estuvo en el lugar equivocado en el momento equivocado y vio lo que no debía ver.

Este cuento nunca fue comprobado ni desmentido, ya que el proceso que el próximo 2 de junio cumple 30 años nunca terminó, pero es del dominio popular y fue recogido por este libro de memorias de la ciudad.

A 30 años de lucha, la familia quisiera olvidar todo lo que fue el proceso de buscar y castigar a los responsables, primero en la justicia militar, luego en la justicia ordinaria. Una historia de burocracia casi tan macabra como el crimen de Marquito.

Cuando el caso fue a la justicia ordinaria, la esperanza de que avance sin tantos obstáculos se disipó con el paso de los años. El expediente incluso llegó a desaparecer en dos oportunidades, entre otras cuestiones que dilataron en demasía la búsqueda de justicia.

La madre del cadete Amarilla, además, tuvo que soportar en el proceso amenazas telefónicas y querellas por insistir en la culpabilidad de uno de los sospechosos que fue sobreseído durante la investigación. 

El Gobierno de la dictadura les dio la espalda, las autoridades de los diferentes gobiernos en los últimos 30 años, “la era democrática”, también les han cerrado las puertas. Hasta la fecha el Estado no reconoce responsabilidad alguna del hecho ocurrido bajo tutela del mismo, aun siendo la víctima un menor de edad.

A la muerte de cadetes, como el caso de Marquito, igualmente se suman otras producidas durante el servicio militar obligatorio (SMO). En total, 147 jóvenes fallecieron en 23 años dentro de cuarteles mientras realizaban el SMO. Un promedio de seis niños soldados y conscriptos entre 1989 y 2012, según un estudio realizado por la ONG Serpaj Paraguay. Centenar y medio de familias a las que el uniforme les arrebató una vida mientras servían a la patria.

En una década, entre el 1989 y 1999, se registró la mayor cantidad de muertes: 130 en total. Durante la investigación fue imposible acceder al expediente de 17 de los casos. Solo se pudo conocer sus nombres, número de expediente, incluso cantidad de folios de cada caso, pero no más.

El estudio refleja todo lo que la familia del cadete Amarilla ha pasado. “El hermetismo en cuanto a las investigaciones realizadas para el supuesto esclarecimiento de muertes ocurridas en los cuarteles o donde se ven involucrados efectivos militares".

Existe otra coincidencia en este estudio con el caso de Marquito, que no debería ser extraña: la impunidad. De los casos tramitados ante los tribunales militares y cuyo resultado se pudo conocer durante la investigación del Serpaj, más del 81% fue considerado accidental o nunca se identificó al responsable. Solo en el 18,6% de los casos se logró una condena.

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