Paloma Herrera: “Nunca he trabajado bien con el miedo”

Mujer con vestido blanco y top negro, sonriendo sentada en un elegante salón con sofá dorado.
Paloma Herrera regresa a Paraguay como maestra, dispuesta a compartir con nuevas generaciones todo lo que aprendió sobre el escenario.Gentileza

La bailarina argentina, exfigura del American Ballet Theatre y exdirectora del Ballet Estable del Teatro Colón, conversó con ABC a propósito de su visita a Paraguay para ofrecer un seminario de técnica de ballet y repertorio en Paz Dance Studio. En la charla, reflexiona sobre la formación artística, la disciplina, el acceso a la educación y las condiciones necesarias para que nuevas generaciones puedan desarrollar una carrera en la danza.

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Para Paloma Herrera, enseñar es una forma de transmitir lo aprendido y, al mismo tiempo, de ayudar a que las nuevas generaciones encuentren su propio camino. Después de una carrera que la llevó a convertirse en primera bailarina del American Ballet Theatre, recorrer escenarios internacionales y dirigir el Ballet Estable del Teatro Colón, la artista encuentra en las clases una manera de compartir experiencias que podrían hacer más fácil el recorrido de otros bailarines.

“Uno trata de transmitir todas las experiencias que tuvo, para hacerles el camino más fácil a las nuevas generaciones, y también de mejorar o reparar, o pasar lo que aprendí de los maestros maravillosos que tuve. Algunos maestros están como adentro mío cuando doy clases. Es como un equilibrio de tratar de mantener lo que a mí me ayudó un montón y también de no repetir lo que no me ayudó”, explica.

La importancia de esos encuentros quedó grabada en su propia formación. Cuando era niña, viajó a Rusia durante un breve período junto a su maestra Olga Ferri. “Me marcó, obviamente, me abrió la cabeza. También me acuerdo de unos maestros cubanos que vinieron acá, a Buenos Aires, a dar clase en el estudio de Olga. Eso fue para mí poder ver un poco otras cosas”. Incluso con una formación que considera privilegiada, descubrir otros estilos le permitió ampliar su mirada: “Cambia muchísimo el poder ver otros estilos, otras formas. Abre la cabeza y puede realmente ayudar”.

Bailarina en vestido blanco, en primera posición, con brazos extendidos, en un oscuro teatro mientras danza.
A lo largo de su trayectoria internacional, Herrera dio vida a los grandes personajes del repertorio clásico y construyó una carrera que la llevó a los escenarios más prestigiosos del mundo.

Herrera también recuerda a una niña que conoció durante una visita a una provincia argentina, cuando todavía estaba en actividad como bailarina. Después de una clase magistral, la madre de la pequeña volvió a encontrarse con ella. “Me dijo: ‘Vos le cambiaste la vida a mi hija’, porque a partir de esa clase se dieron cuenta de que era diferente la forma de enseñar. Después la llevaron a Buenos Aires, encontró un excelente maestro y entró al Colón”. Para Herrera, estos encuentros también permiten descubrir aquello que todavía se necesita aprender: “Te abre los ojos. Poder ver el nivel, ver la forma en que se enseña, si uno está en lo correcto, es fantástico”.

Esa transmisión no se limita a preparar a alguien para una carrera profesional. Herrera considera que la danza deja aprendizajes que pueden acompañar a una persona en cualquier ámbito de su vida. “La danza ayuda para todo, todo, todo, por más que uno después no vaya a bailar profesionalmente. El foco, la disciplina, el detalle que uno pone en una carrera de bailarín después se puede aplicar a todo”, afirma. A esas herramientas suma algo que considera inseparable de la técnica: la sensibilidad. “Uno en el escenario es transparente. Se ve perfectamente a la persona como persona. Hay gente que tiene algo especial, porque además del talento, además de la técnica, las posiciones, los pies, los brazos, el salto, el giro, tiene algo que ver con la parte artista y con cómo es también uno como ser humano”.

La disciplina no debería dar miedo

La exigencia ha formado parte históricamente de la enseñanza del ballet, pero Herrera distingue entre la disciplina que impulsa a mejorar y las prácticas que terminan paralizando a los bailarines. “Las generaciones de ahora no tienen nada que ver con la que teníamos nosotros. Los maestros eran muchísimo más exigentes”, observa. Ella misma sufrió en determinados momentos por la manera en que algunos docentes transmitían sus correcciones. “Yo sufrí mucho, porque era muy sensible, tal vez. Siempre fui muy, muy sensible”.

Bailarina en tutú blanco y zapatillas, decorada con flor blanca, ejecutando un elegante salto sobre fondo oscuro.
En la danza de Paloma Herrera, la delicadeza del movimiento y la expresividad son parte de una búsqueda que va más allá de la técnica.

A lo largo de su carrera encontró maestros con los que pudo trabajar de manera intensa sin que el rigor se convirtiera en maltrato. Recuerda especialmente a Irina Kolpakova, su maestra durante 25 años en el American Ballet Theatre, y a Kevin McKenzie, quien dirigió esa compañía. La diferencia, para ella, no está en dejar de corregir o de exigir, sino en la forma de hacerlo.

Su experiencia también estuvo marcada por el encuentro con coreógrafos o asistentes que tenían personalidades difíciles. “De repente, cuando venía algún coreógrafo o alguna repositora a montar algo y tenían esas personalidades terribles, era un sufrimiento”. En esas situaciones descubrió que no todas las personas responden de la misma manera al rigor y que el temor puede convertirse en un obstáculo para el aprendizaje. “Yo nunca he trabajado bien con el miedo. Yo era súper trabajadora pero, claro, si había buena onda intentaba otra vez, otra vez, otra vez. Cuando estaba con miedo me paralizaba, y eso no está bueno”.

Por eso, cuando le toca estar del otro lado, busca conservar aquello que la ayudó a crecer y dejar atrás lo que le hizo daño. “Yo soy totalmente consciente de que uno saca mucho más de los bailarines con otra sensibilidad, con otra forma de trabajar. Trato de mantener lo que a mí me ayudó, esa forma de trabajo, la disciplina, de siempre tratar de mejorar, pero con la mejor onda. Y lo de aquellos maestros que me han marcado por el miedo, trato de no repetirlo, porque sé que no funciona”. Eso no significa, aclara, renunciar al respeto por el arte ni a la concentración. “Para mí ir a clases es como ir a un templo”. La disciplina, el respeto y la pasión siguen siendo esenciales; lo que cambia es la manera de transmitirlos.

Bailarina en tutú blanco eleva su pierna, mientras un bailarín de rodillas expresa conexión emocional con ella en un escenario oscuro.
Sobre el escenario, Herrera hizo de la exigencia técnica y la sensibilidad dos dimensiones inseparables de su trabajo como bailarina.

Una carrera sostenida por otros

Cuando Herrera piensa en el recorrido que la llevó desde Buenos Aires hasta los principales escenarios internacionales, no atribuye su trayectoria únicamente al talento o a la voluntad personal. “El secreto de mi carrera han sido mis padres maravillosos”, resume. Destaca que la acompañaron desde niña, la apoyaron en sus decisiones y le permitieron dedicarse a aquello que la hacía feliz, sin imponerle la obligación de convertirse en una figura. “Siempre me han dejado hacer lo que yo quise, pero jamás presionando, jamás con esa presión de tener que hacer carrera. Siempre me dijeron: ‘Hacé lo que te haga feliz’”.

Ese acompañamiento se traducía en gestos concretos: si quería ir al Teatro Colón, participar en un concurso o asistir a una actividad vinculada con la danza, sus padres buscaban la manera de acompañarla. Pero Herrera recuerda que nunca sintió que tuviera que cumplir expectativas ajenas. “Ellos me apoyaron siempre, pero jamás pidieron nada a cambio, jamás me obligaron, jamás querían que fuera mejor que nadie”. También destaca que sus padres no iban a verla a las clases, porque consideraba importante que la contención familiar no se confundiera con una intromisión en el proceso de formación. “Es fundamental tener un equilibrio, de poder contener, estar, ayudar, pero no de meterse, no ser el típico padre-bailarín espantoso, y eso lo hablo mucho”, dijo entre risas.

“Uno no puede hacer este tipo de caminos solo, nunca. Siempre hay gente que ayuda, siempre hay maestros, siempre hay oportunidades, y suerte también”, reconoce. En su caso, haber estado en Nueva York y coincidir con una audición para el American Ballet Theatre fueron circunstancias decisivas. A eso se sumó su propia determinación: “Yo obviamente tenía una personalidad muy fuerte, amaba lo que hacía”. Herrera llegó a esa etapa de su vida con un objetivo definido y asegura que no vivió la distancia de su familia como un sufrimiento, porque estaba feliz de perseguir aquello que quería.

Mujer sonriente en vestido translúcido con peinado recogido, posando en un entorno elegante y decorativo.
La pasión por la danza que la acompaña desde niña sigue presente en esta nueva etapa, dedicada también a la enseñanza y a la formación de bailarines.

Por eso, no suele contar su trayectoria en términos de sacrificio. “Yo siempre disfruté muchísimo de mis clases”, recuerda. Mientras otros adolescentes salían o asistían a fiestas, ella prefería continuar con su formación. “No entiendo el tema del sacrificio que hace el bailarín. El bailarín hace lo que ama y, por supuesto, tiene su disciplina, pero sacrificada es gente que realmente tiene que trabajar de cosas que no le gustan y que tiene una vida dura, eso es sacrificio, no la de un bailarín que está haciendo lo que ama”. Su experiencia, sin embargo, estuvo acompañada por una familia que pudo sostener sus decisiones y por oportunidades que no dependen exclusivamente de la voluntad individual. “Cada uno tiene que elegir la vida que quiere”, afirma. En su caso, esa elección fue bailar.

La educación pública y el acceso real

En la historia de Herrera, la educación pública ocupa un lugar central. Estudió en una escuela estatal y se formó en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, una institución pública a la que se ingresa mediante audiciones. Por eso, cuando habla de su trayectoria, no considera que su llegada a Nueva York haya sido el comienzo de su formación artística. “Yo soy producto argentino, yo me hice acá. Después, a los 15 años, me fui a Nueva York, pero no es que yo era un desastre acá y después me fui a Estados Unidos y me hicieron bárbara. No, no. Yo soy producto argentino”, sostiene.

La posibilidad de acceder a una formación sin pagar los costos de numerosas escuelas privadas de otros países es, para ella, una de las fortalezas del sistema argentino. “En Estados Unidos la educación es carísima, entonces, salvo que uno realmente tenga los medios para poder pagar, es difícil. En cambio, acá, para entrar al Colón puede audicionar cualquiera”. Herrera se muestra orgullosa de haber recibido una formación pública y de que la posibilidad de ingresar no esté condicionada, en principio, por la capacidad económica de una familia.

Mujer en blusa negra y abrigo rojo sostiene flores y un documento frente a un micrófono, mientras un hombre la observa con interés.
Paloma Herrera junto a Julio Bocca, durante el acto en que el Teatro Colón le otorgó una distinción este 2026.

En su propio recorrido también hubo apoyos privados que reconoce como importantes. “La educación en el teatro fue gratuita, pero uno siempre, obviamente, quieras o no, necesita esa ayuda. Mis padres pudieron pagar estas clases extras con alguien, para concursos y esto y lo otro”, cuenta.

“Para mí lo importante es que todos tengan posibilidad”, insiste. La oportunidad de entrar a una escuela y recibir formación debería estar abierta a quienes tengan las condiciones para hacerlo, sin que el dinero sea el primer filtro. Después, señala, el trabajo individual también tiene un papel: “Si un bailarín entró, tiene talento y no trabaja, y no hace nada, bueno, chau; pero por lo menos tiene la posibilidad de intentar”. Para Herrera, garantizar ese primer acceso es una responsabilidad central de las instituciones, porque permite que el futuro de un bailarín no quede definido de antemano por los recursos de su familia.

El Teatro Colón y los límites de la gestión artística

Entre 2017 y febrero de 2022, Herrera estuvo al frente del Ballet Estable del Teatro Colón. La experiencia la enfrentó a dificultades que iban más allá de las decisiones artísticas y que, según explica, terminaron limitando su capacidad para renovar la compañía. “Es muy diferente una compañía que una escuela. El Colón, en el sentido de la escuela, me parece fantástico que sea gratuito y que todos puedan entrar por audición. Ahora, el tema de la compañía tiene un montón de otras cosas, justamente porque es del Estado”, señala.

Bailarinas en trajes negros y mallas carne, alineadas con una instructora en posición de danza.
Para Herrera, enseñar es una forma de transmitir lo aprendido y de hacerles más fácil el camino a quienes comienzan a construir su propia historia en la danza.

Uno de los principales obstáculos estaba relacionado con la composición de la plantilla y las dificultades para renovar el elenco. “Era imposible mantener un cuerpo estable de 100 bailarines y que la mitad tuvieran más de 50″, afirma. La situación planteaba cuestiones laborales y administrativas vinculadas con las jubilaciones, que no podían resolverse exclusivamente desde la dirección artística. “La gente que está en edad de jubilarse tiene que jubilarse, se tiene que ir contenta. Uno no le va a dar una patada y se van a ir, obviamente, pero tiene que ser como en otras compañías, que algunos se van para que otros puedan entrar”.

Para Herrera, el problema tenía también una arista personal. Ella llegó al American Ballet Theatre a los 15 años y se convirtió en primera bailarina a los 19 porque alguien le ofreció una oportunidad. Esa experiencia marcó su manera de pensar la responsabilidad de dirigir una compañía: sabía cuánto podía significar para un artista que se abriera una puerta en el momento adecuado. “Tuve una carrera como la que tuve porque alguien me dio una oportunidad. Entonces, con más razón, no puedo estar como directora y decir a las nuevas generaciones: ‘Esperen hasta que toda esta gente tenga 65 años y se vaya’”. Quería que los nuevos bailarines tuvieran posibilidades concretas de incorporarse al elenco, pero necesitaba cambios que excedían sus atribuciones.

“Desde la parte artística yo no lo podía solucionar y no tenía apoyo ni del Gobierno ni de la dirección del Colón”, afirma al recordar su decisión de dar un paso al costado. La gestión le demandó cinco años que describe como extremadamente difíciles. A pesar de ello, reivindica el trabajo realizado durante su período. “Traté de darle las posibilidades a las personas que se lo merecían y llevar a los bailarines más maravillosos, a los coreógrafos más increíbles. Yo estoy súper orgullosa de mis cinco años ahí”. La experiencia le dejó una certeza sobre los límites de la dirección: “Si la dirección artística tiene todas las pilas para hacer los cambios, para que vaya bien y que brille la compañía, pero no te están ayudando de la dirección general, ni del Gobierno, ni nada, es muy difícil”.

Mujer con cabello recogido y vestimenta negra muestra técnica de ballet, rodeada de bailarinas en diversas posturas.
En Kaatsbaan Cultural Park, en Estados Unidos, Herrera continúa vinculada a la formación de nuevas generaciones a través del Summer Intensive, que dirige desde 2022.

Regresar a Paraguay

Herrera vuelve a Asunción con una relación con el país que se construyó en diferentes momentos de su carrera. “Para mí de verdad que es un placer, siempre tengo los mejores recuerdos de cada vez que fui a Paraguay”, dice. Entre esos recuerdos destaca especialmente su despedida del escenario paraguayo con la obra “Giselle”, en 2015, una experiencia que define como hermosa y muy especial. Sus visitas estuvieron ligadas a distintas etapas de su vida artística y, en esta ocasión, regresa para encontrarse con bailarines desde el lugar de la enseñanza.

También recuerda haber vuelto para compartir su autobiografía y participar en más actividades de formación. La enseñanza, asegura, conserva para ella la misma intensidad que el escenario. “A me encanta dar clases, me encanta hacer coaching, un poco porque es mi mundo, es mi burbuja, ha sido siempre mi lugar”. Lo que busca transmitir no se limita a los conocimientos acumulados durante décadas de trabajo: quiere que quienes se forman con ella puedan experimentar esa pasión que la acompaña desde la infancia. “Trato de transmitir eso, el amor, la pasión, las ganas y toda esa intensidad con la que yo viví mi carrera: de estudiante, de bailarina, de directora, de docente, en diferentes etapas, pero siempre con la misma pasión”.

Bailarina principal en tutú azul claro, otra de rodillas en vestido marrón, y una más de pie con vestido colorido, todos en un ambiente teatral.
Herrera cuando interpretó a Giselle en Paraguay durante su despedida de los escenarios nacionales, una presentación que recuerda como una experiencia especialmente hermosa y significativa.

Cuando le pregunto qué le gustaría dejar a las nuevas generaciones, Herrera vuelve a pensar en lo que habría significado para ella escuchar, en sus primeros años, a una bailarina a la que admiraba. “Ojalá yo hubiese tenido estos secretos. A mí me hubiese encantado poder estar sentada con una bailarina que yo admiraba y que me pudiera contar sus experiencias, o lo que ha vivido. Así me ahorraban un poco esos pensamientos que uno va pasando por la vida y se piensa que es la única a la que le pasa”. Su deseo es compartir las experiencias que acumuló en las distintas etapas de su carrera, sin separar la formación artística de todo lo que implica atravesarla. Y, cuando intenta resumir qué quiere transmitir, vuelve a aquello que la ha sostenido desde niña: “Ese sería mi legado: mi pasión y mi amor”.

Seminario de técnica de ballet y repertorio

Paloma Herrera impartirá un seminario de técnica de ballet y repertorio los días 23, 24 y 25 de octubre en Paz Dance Studio, ubicado en Bélgica 860, entre Tte. Héctor Vera y Lillo, en Asunción. Las clases de técnica tendrán lugar el viernes de 17:00 a 18:30 y el sábado y domingo de 10:30 a 12:00. Las de repertorio serán el viernes de 19:00 a 20:30 y el sábado y domingo de 12:30 a 14:00. Cada módulo tiene un costo de G. 1.200.000 y el paquete para ambos cuesta G. 2.100.000. Además, el sábado a las 14:00 se realizará una charla gratuita para los participantes. Los cupos son limitados y las consultas e inscripciones se pueden realizar al (0981) 830-063.