Javier y Chiara iluminan la noche con su talento y compromiso

Chiara D’Odorico y Javier Acosta Giangreco brillaron el pasado miércoles en el Teatro Municipal con su concierto “Contrapunto paraguayo”, una celebración a la música paraguaya y lo que el Paraguay inspiró a otros creadores.

La pianista Chiara D'Odorico en un momento del concierto denominado "Contrapunto paraguayo".
La pianista Chiara D'Odorico en un momento del concierto denominado "Contrapunto paraguayo".FERNANDO ROMERO

Fue una noche donde el encuentro fue un concepto que se materializó en varios niveles. Un encuentro de lujo entre dos de los mejores intérpretes de guitarra y piano de su generación, porque además de eso son personas preocupadas por “encontrar” obras que quedaron en el olvido o de difundir el trabajo de nuevos creadores.

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El encuentro fue también entre el público y un concierto de esta talla, delicado, lleno de belleza, pasión y sobre todo entrega y compromiso por parte de Chiara y Javier, dos jóvenes que vienen caminando hace años a base de esfuerzo y dedicación. Ellos demuestran que tanto el piano como la guitarra del Paraguay tienen excelentes representantes.

Así se pensó este “contrapunto”, un concepto musical que al comienzo Javier explicó como un diálogo entre instrumentos. Ellos aprovecharon su amistad para compartir este escenario (un gran acto de grandeza) y mostrar a la gente cómo sus caminos se unen bajo un objetivo en común.

Como anunció Chiara, este sería un viaje en el tiempo, llegando también a diferentes puertos estilísticos entre música folclórica y académica, a su vez cada una con diversas influencias.

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“Queremos mostrar autores que son importantes pero no sé porqué a veces nos olvidamos de ellos”, manifestó Javier cuando se acomodó en su lugar para abrir el concierto con un bloque folclórico donde sonaron “Juana de Lara”, una obra del siglo 19 de Ampelio Villalba en transcripción de Cayo Sila Godoy; y una selección de polcas: “El sueño de Angelita”, “Floripa mi” y “Punteada okára”, dedicadas a su abuelo Neneco y con las que voló de la calma al júbilo.

Una ejecución cristalina y resuelta con gran pericia en todo momento, es lo que caracterizó a este guitarrista que fue presentando obras grabadas en su primer álbum “Musiqueada!”.

En un correcto y necesario dinamismo ingresó luego Chiara, para invitarnos a este ping-pong de obras. Ella, quien al principio de la noche contó que el concierto estaba dedicado al recientemente fallecido Remigio Pereira, abrió su programa parada en un lenguaje neoclásico. Así llegaron Tres pequeños valses de primavera, de Juan Max Boettner y “Juego de niños”, de Jorge “Lobito” Martínez.

Ella abordó estas obras con la gracia, elegancia y actitud que la caracterizan. Cómodamente pasó de la gracia y picardía de los valses a una polca paraguaya estilizada y con influencias del jazz.

Luego vendrían “ejemplos de autores que se alejan del folclore en sí”, al decir de Acosta Giangreco, quien volvió para presentar “Mangoré”, de Nicolás Pérez González, “el primer compositor de vanguardia”; “Sortilegio”, de Cayo Sila Godoy, quien mucho tiempo estuvo “alejado de su faceta de compositor” y “Outáva”, del mismo Javier y en homenaje a José Asunción Flores.

Claramente estas obras rompen con los patrones de composición y sonoridad dela música tradicional paraguaya, para incorporar nuevos y disonantes elementos. Javier bebe de estas influencias para mostrarnos sus inquietudes modernas, completamente entregado a su guitarra en “Outáva”, una obra que escribió pensando en cómo viviría Flores el Paraguay de hoy y eso se representa con un caos sonoro atravesado por intensos rasguidos.

Pensado o no pero muy inteligentemente, de esta intensidad Chiara nos invita después a dejarnos llevar por la pasión del romanticismo. Llegaron así Tres piezas para piano, de Luis Cáceres Carísimo: “Tristezas de la soledad”, “Reminiscencias” y “Página del álbum”.

El primer homenaje de alguien del extranjero a nuestro país llegó de sus manos con “Paraguay Yasí Retá”, del ítalo-argentino José Bragato, una obra llena de fuerza que Chiara supo abordar con solvencia.

El romanticismo paraguayo también estuvo presente. “No puede faltar el hombre más romántico de América Latina”, expresó después Javier, quien con el deseo de mostrar otra faceta de Agustín Barrios ofreció su Estudio Nº 3, una pieza poco tocada pero de gran belleza y virtuosismo.

Nuestro “otro romántico”, José Asunción Flores, fue también recordado con sus obras: “Ne rendape aju” y “Gallito cantor”, con las que Javier sacó chispas de su guitarra.

Ya llegando a los territorios de un lenguaje más moderno, Chiara hizo una muestra con la Danza Nº 2, de Juan Carlos Moreno González, y “La fiesta de Baltazar”, de Carlos Lara Bareiro. Sobre este último compositor dijo que “lamentablemente no fue muy conocido en su época” y anticipó que este año, tras 70 años, se interpretará su Concierto para piano y orquesta, con la Orquesta Sinfónica del Congreso Nacional. “Es un logro reconocer a compositores a quienes en su época no se los valoró tanto”, expresó firmemente.

“Todas estas obras son parte de mis dos discos: ‘Purahéi che retãgua’ y ‘Ofrenda a mi tierra’”, estaba explicando Chiara cuando el teatro (y toda la zona) sufrió un corte de luz. Generador mediante volvió rápido y el concierto siguió destilando brillo, a pesar de la adversidad.

Era el tramo final y Chiara ofreció “En el Paraná” y “Tavarandú” de la compositora encarnacena Nancy Luzko, impregnando a sus ejecuciones de delicadeza y pasión extremas, algo que llegaba sin dudas a la gente.

Ambos unidos en escena terminaron la gala con un bis: “Juego de niños”, abordando cada uno diferentes partes para luego tocar al unísono, en tanto luces de diferentes colores teñían sus cuerpos. La gente explotó en aplausos como lo hizo con cada final de ejecución. Entre gritos de “¡bravo!” y vítores, los artistas se despidieron de su público.

Afuera la oscuridad inundaba el centro de Asunción y la lluvia empezaba a amenazar con sus primeras gotas. Pero lo que se vivió en esa noche especial en el Municipal es la confirmación de que músicos como Chiara y Javier, y muchos otros curiosos e inquietos, son esos faros cuyas luces nunca se apagarán y que siempre iluminarán una ciudad y un país como este que vive en constante necesidad de ser iluminado.

El arte es uno de esos senderos luminosos que nos sacarán del oscurantismo y este es un gran aporte a esta causa, haciendo que el aprendizaje de estilos, épocas y compositores sea accesible a todos desde estos instrumentos considerados clásicos. Pero hoy más que nunca están abiertos a conectar y a no cerrarse, como ellos lo hicieron.

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