Tres días más tarde, aquel libertador juró como jefe del Estado y prometió combatir aquello que, cuatro décadas después, ha terminado convirtiéndolo en un líder autoritario.
“Nadie debe pensar que este es un mero cambio de guardias. Este es un cambio fundamental en la política de nuestro gobierno”, dijo ante miles de personas en las puertas del Parlamento ugandés, aún vestido de uniforme militar.
“Los pueblos de África tienen derecho a un gobierno democrático”, añadió el gobernante, que logró su séptimo mandato en las polémicas elecciones del pasado día 15, tildadas de fraudulentas por la oposición.
Uganda era uno de los países más pobres del mundo, destrozado por cinco años de guerra civil, cuatro golpes de Estado desde 1966 y gobiernos responsables de las muertes de centenares de miles de opositores. Pero Museveni, que hoy tiene 81 años, parecía distinto.
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“En marcado contraste con los gobiernos de Uganda anteriores, tanto Museveni como sus fuerzas armadas mostraron un respeto consistente por los derechos humanos y el Estado de derecho durante sus cinco años de insurgencia, y su conducta desde que asumieron el poder ha sido responsable y humana”, señala un documento desclasificado de la CIA estadounidense enviado a Washington en febrero de 1986.
Museveni acababa de llegar al poder tras derrotar a un ejército profesional con apenas un puñado de ugandeses armados, en su mayoría campesinos hastiados del desgobierno, empobrecidos y sin nada que perder.
El mandatario les ofreció la esperanza de un cambio. Tenía grandes planes y pocos recursos.
“Creemos que pasarán varios años antes de que Museveni pueda restaurar incluso los servicios sociales básicos en buena parte del país -señaló la CIA-. Dadas las graves dificultades económicas de Uganda, es probable que busque asistencia económica de casi cualquier fuente externa”.
El nuevo presidente de Uganda, exalumno de Ciencias Políticas de la Universidad de Dar es Salam (Tanzania), entonces epicentro intelectual de la izquierda africana, suavizó sus discursos marxistas. Enseguida adoptó políticas neoliberales, erigiéndose en uno de los principales aliados de Occidente en la región.
Bajo su liderazgo, Uganda cambió de rumbo y experimentó una estabilidad desconocida en décadas, seguida de una notable recuperación económica.
Para conseguirlo, Museveni empezó a contradecirse a sí mismo. No sólo sus discursos se volvieron menos radicales. La democracia multipartidista tardó en llegar.
Hasta 2001, el presidente -que empezó su rebelión en 1981 tras acusar al entonces jefe de Estado, Milton Obote, de manipular unas elecciones a las que se presentó- no permitió una política multipartidista.
Argumentaba que Uganda era una sociedad rural, compuesta sobre todo por campesinos con intereses económicos similares, y que los partidos sólo podían ganar apoyos explotando lealtades étnicas, regionales o religiosas, algo que, según él, podía dividir al país o incluso desencadenar otra guerra civil.
Con las primeras elecciones multipartidistas de 2001, quien aseguraba 15 años antes que “el problema de África en general y de Uganda en particular no es el pueblo, sino los líderes que quieren perpetuarse en el poder”, inició una campaña de represión contra sus opositores.
Su primera víctima fue Kizza Besigye, excoronel del Ejército, médico personal de Museveni y uno de sus aliados más cercanos hasta aquellas elecciones.
Besigye rompió con el presidente al denunciar una deriva autoritaria, corrupta y nepotista del régimen. Lo pagó caro: ha sido detenido decenas de veces, sus mítines han sido dispersados con munición real, y ha pasado temporadas en el exilio, temiendo por su vida. Siguió las elecciones del pasado día 15 desde prisión, acusado de traición, un delito que puede acarrearle la pena de muerte.
Uganda, que celebra comicios presidenciales cada cinco años, observa como en cada ciclo electoral el régimen activa una maquinaria de represión que incluye arrestos arbitrarios, el bloqueo sistemático de mítines de la oposición e incluso la muerte de personas que se atreven a protestar.
En 2020, las fuerzas de seguridad mataron al menos a 54 personas durante las manifestaciones desencadenadas por la detención temporal de Bobi Wine, el líder opositor actual, en paradero desconocido tras huir de una redada del Ejército el pasado día 16.
Pero Museveni se justifica: llama a esos opositores “terroristas” o “traidores” que intentan desestabilizar el país.
“Museveni atribuye sus hazañas, y tenemos que admitir que son numerosas, a que es una persona excepcional", dice el periodista ugandés y comentarista político Charles Onyango-Obbo.
"Aunque no lo explique directamente -añade-, se considera a sí mismo como un mesías, por lo que su misión en este mundo no puede ser limitada por las leyes de los hombres y mujeres comunes”.
