“Justicia por Orelha”: el brutal asesinato de un perro desata una ola de protestas en Brasil

“Justicia por Orelha”: el brutal asesinato de un perro desata una ola de protestas en Brasil.
“Justicia por Orelha”: el brutal asesinato de un perro desata una ola de protestas en Brasil.

El asesinato de Orelha, un perro callejero que vivió diez años en una zona exclusiva de Florianópolis, desató multitudinarias protestas en todo Brasil bajo el clamor de justicia.

El asesinato de un perro llamado Orelha causó una fuerte conmoción en Brasil y desató, el pasado fin de semana, manifestaciones multitudinarias en diversas ciudades bajo el grito de “Justicia por Orelha”. El animal, de pelaje negro y castaño y sin raza definida, vivía desde hacía una década en Praia Brava, una playa situada en una zona acomodada de Florianópolis, en el sur del país.

Orelha era lo que en Brasil se conoce como un “perro comunitario”: no tenía un dueño formal, pero vecinos de la zona se encargaban de alimentarlo, cuidarlo y proporcionarle una caseta y afecto. Se trata de una fórmula que las autoridades brasileñas han promovido para mantener bajo control a los perros callejeros. En los últimos días, las redes sociales se llenaron de vídeos caseros en los que el animal aparece curioseando en una boda o merodeando cerca de la pesca del día.

A principios de mes, tres adolescentes habrían golpeado brutalmente al animal. Tras la paliza, una vecina lo llevó a una clínica veterinaria, pero Orelha murió allí mismo, agonizando por las graves heridas, especialmente en el ojo izquierdo.

Indignación en las calles y en redes sociales

La crueldad del ataque, el hecho de que la víctima fuera un perro comunitario y la condición social de los sospechosos, pertenecientes a familias influyentes de la ciudad, han amplificado la repercusión del caso, muy por encima de otros episodios recientes de maltrato animal.

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Ciudades de todos los rincones de Brasil albergaron marchas en las que cientos o miles de personas exigieron justicia para Orelha, con pancartas como “No es una broma de adolescentes, ¡es un asesinato!”. La ola de indignación que se gestó y creció en redes sociales se trasladó así a las calles.

En São Paulo, una de las concentraciones más numerosas recorrió, desde primera hora de la mañana para evitar el calor y las tormentas del verano tropical, la avenida Paulista, escenario habitual de protestas. “Los tienen que castigar como si hubiera arrancado una vida humana porque en este país las penas de maltrato animal son levísimas”, afirmó Tatyane Campos, de 28 años, acompañada de Camomila, la perra a la que adoptó hace un año. “No se consideran vidas importantes. Exijo justicia, como haría si le pasara a mi madre o a mi novio”, añadió.

En las marchas, se entrecruzaron distintas reivindicaciones: grupos animalistas exigieron penas más duras contra el maltrato animal y crecieron los temores a la impunidad por la influencia de las familias de los sospechosos. Al mismo tiempo, sectores que defienden la reducción de la edad penal a los 16 años aprovecharon las protestas para impulsar su propia agenda.

Investigación policial y sospechosos bajo presión

La Policía Civil investiga a tres adolescentes por la agresión, tras haber descartado la participación de un cuarto joven, según reveló el programa Fantástico de la cadena Globo. Dos de los tres sospechosos declararon el lunes. Su abogado aseguró al diario Folha de S.Paulo que los indicios contra ellos “son bien frágiles” y se quejó del ambiente hostil: “Los jóvenes sufren una inquisición digital y el daño es irreparable. Ni ellos ni sus familias pueden salir de casa”.

La indignación pública aumentó al conocerse que, después del episodio, dos de los sospechosos viajaron a Disneylandia, en Florida (Estados Unidos), en un viaje de fin de curso. En la protesta de São Paulo, Tatyane Campos advertía: “El día de mañana estos chavales van a ser médicos, abogados, los novios de nuestras hijas. Si con 16 años han hecho esto, ¿qué será de nosotras?”.

Paralelamente, los padres de dos de los sospechosos y un tío han sido formalmente acusados de coaccionar a un testigo, lo que ha alimentado aún más las sospechas de intentos de interferir en el caso.

Violencia en la zona y otro perro atacado

Antes de la paliza a Orelha, en la zona de Praia Brava ya se venían registrando episodios de amenazas y violencia por parte de grupos de adolescentes. El portero de un edificio había denunciado en un grupo vecinal los comportamientos de estos jóvenes, que incluían insultos clasistas como “asalariado”, amenazas directas y actos de vandalismo contra bares de la playa.

La misma noche en que Orelha fue agredido, otro grupo distinto al de los sospechosos golpeó a otro perro, Caramelo, y lo arrojó al mar. El animal consiguió zafarse y sobrevivió.

¿Cuál es la pena por maltrato animal en Brasil?

El Código Penal brasileño prevé para el maltrato de perros y gatos penas de hasta cinco años de prisión, lo que puede implicar el encarcelamiento efectivo. Sin embargo, esta normativa no se aplica a menores de 18 años, que son tratados por la legislación como “infractores” y no como “delincuentes”.

El Gobierno lanzó una campaña en redes sociales para recordar que los adolescentes pueden ser sometidos a medidas socioeducativas, seguimiento psicológico y lo que denomina “medidas proporcionales”. En los casos más graves, estas pueden incluir la reclusión en centros de reinserción, pero nunca en cárceles comunes.

En la manifestación de São Paulo, Ana Martins, de 26 años, acudió con Hope, una perra rescatada del maltrato y adoptada hace siete años, vestida con un traje de ballet rosa. “Queremos que la ley sea más dura para los delincuentes menores”, explicó, recordando el caso de un guarda de supermercado que también mató a un perro: “Perdió el empleo, pero nunca fue preso. No queremos que se repita”.

Muchos asistentes llevaban pegatinas con el lema “cárcel para los maltratadores de animales”, parte de una campaña impulsada por el comisario de policía Bruno Lima, diputado en Brasilia y con un hermano concejal en São Paulo.

No todos los presentes, sin embargo, apostaban por endurecer penas. “Esto no se resuelve con castigos más severos, el cambio tiene que ir mucho más allá. Necesitamos más solidaridad y humanismo”, opinaba Renato Sintra, de 56 años, que acudió a la protesta con su pareja y sus perros Gina y Lenin. Al gato Trotski lo dejaron en casa.