La izquierda

¿Por qué la izquierda no funciona en Paraguay? Porque somos de espíritu profundamente libertario: no nos gusta pagar impuestos, cumplir las leyes (son para los demás) ni que el gobierno se meta en nuestros asuntos. En casi 5 siglos hemos desarrollado una relación muy particular con el poder: le decimos “sí” a la autoridad, pero nos damos vuelta y hacemos lo que queremos... y pensamos que lo que acabamos de hacer por dar gusto al poder de turno no cuenta porque no fue en serio.

billetes de cien mil
Archivo, ABC Color

Esta cultura de vivir en mundos paralelos, donde uno no se siente responsable de lo que hace “por sobrevivir” viene de lejos. El Paraguay empezó como un puesto militar español, cuyo único valor para la Corona estaba en fundar ciudades y contener a los portugueses. Nacimos como una marca, una provincia limítrofe, demasiado lejana de la metrópoli y sin las riquezas necesarias para que España se ocupe de nosotros. Es más, España no solo no se ocupó de nosotros, sino que hizo lo posible por jorobarnos en favor de otros: el virreinato del Perú y los jesuitas, por ejemplo.

Apenas fundamos Buenos Aires, la Corona cerró el puerto de Buenos Aires al comercio, para beneficiar al Perú: todo tenía que ir por el largo camino del Pacífico, pasando por Filipinas hasta llegar a las costas peruanas... y de ahí a lomo de burro y a caballo por Charcas (Bolivia), el norte argentino y finalmente el Paraguay –exactamente el mismo camino que recorrían las armas de los guerrilleros en los años 60, por cierto. Eso tuvo 3 consecuencias muy importantes para los paraguayos:

1. Desconexión con España: nos acostumbramos a vivir a nuestra manera y a resolver nuestros asuntos a nuestro modo. De hecho, desde el principio tuvimos la potestad de nombrar a nuestro gobernador, en caso de ausencia del mismo

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2. No fueron muchos españoles y los que iban eran funcionarios de la Corona. Los criollos siguieron procreando entre parientes y el pool genético se redujo: chiquito, pero selecto.

3. Se generó un feroz contrabando con los portugueses por el lado del Atlántico.

Es decir, hecha la ley, hecha la trampa... y como estábamos tan lejos de España y sus sucursales, no había forma de controlarnos. Hicimos ya de entrada nuestro debut en la historia de las naciones como nación pirata.

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Por eso los paraguayos somos anárquicos, inmisericordes a la hora de trabajar y sobrevivir, plata potá... y muy creativos, por cierto, a la hora de generar riqueza. Esa personalidad que se asocia al poder para sacar ventaja y luego darse la vuelta y hacer lo que quiere –convertirse en un pequeño dictador en su entorno y a la vez repartir favores a cambio de “lealtad”; esa estructura de pirámide– funciona bien con las dictaduras de derecha. Las de izquierda, al menos en América Latina, tienen un grupo muy cerrado de oligarcas: los privilegiados son menos; se reparte menos la torta (v. Cuba y Venezuela).

Por otro lado, ese modelo de país, que funciona enchufándose al poder de turno para trabajar a costa de privilegios y sin observar la ley, está haciendo metástasis. Literalmente comenzó a arder por dentro... como si tuviésemos pénfigo. El “capitalismo salvaje” tampoco funciona... y ni es capitalismo, porque destruye su propio capital: los recursos del país.

No obstante, un gobierno de izquierda no es la solución: no es armónico con nuestra naturaleza. No somos suecos; somos paraguayos. Nadie –y menos aún un gobierno– tiene derecho a tocar mi producción, a sacarme lo que yo con tanto esfuerzo logré y peor aún, ¡a decirme cuánto yo necesito para vivir! Amóntema camarada.

Olivia González

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