Meses atrás tuve la visita de una vendedora ambulante. No era clorindera, tampoco vendía objetos RR (recién robado) de la Aduana, ofrecía el fruto de su trabajo: un arbolito hecho de alambre cuyas hojas eran de vidrio pintado. Mi primera intención era recitarle la cantinela de todos los días: “no, gracias señora” u “otro día, gracias”, pero algo me inspiró no solo a no rechazarla sino a alabar su hermoso trabajo e incluso comprárselo sin el famoso regateo.
Pasaron los meses y la señora volvió con una pesada carga. Se la veía cansada, en su rostro se dibujaban la desazón, también algo de ilusión. El objeto era un vistoso hogar para pesebre todo cubierto de piedritas pegadas a un cartón que hacía de techo a dos aguas. Era lindo y sobre todo tenía energía propia porque el trabajo de pegar cada piedrita conllevaba no solo la ilusión de vender, sino que al hacerlo ponía su alma en el empeño y eso sin dudas tiene un valor no negociable. Lo primero que hice fue alabar el hermoso trabajo, de corazón, porque sabía que ella esperaba un poco de este tipo de aliento, además de la simple transacción.
No pensaba comprárselo pero le pregunté el precio y me dijo que estaba dispuesta a hacer un trueque. Hicimos la operación. Le envié una foto a mi esposa, aunque sospechaba que no le gustaría. Le expliqué que era el trabajo de una buena mujer y que debíamos apreciar la belleza subliminal que encierra. Ella no quería herirme, me dijo que la llevara y la pusimos en la chimenea. El pesebre así no era el más apropiado, pues debía tener el techo de paja para lucir humilde y los personajes no estaban en la proporción a la casita.
Las objeciones me parecían acertadas, pero no me cerraban en el contexto, porque en esa casita yo percibía próximo el espíritu navideño, ese espíritu que llena el hogar de paz, concordia y amor, que nos transforma en seres un poco más buenos que el día anterior, que también nos saca lágrimas de congoja, pensando en tanta miseria y hambre de muchos hogares; que nos hace reflexionar que, a pesar de no tener tanto, tenemos demasiado con relación a la mayoría del mundo; que nos hace ser más humanos. No obstante, al ver la tribulación reflejada en su rostro, le dije que no se preocupara, que pondría adentro de la casita una botella de sidra, algunas golosinas y se la llevaría a Belén, una señora que nos atiende la casa de San Ber. Esperaré algunos días más a ver la opinión de mis hijos y nietos… y bueno, si no hay más remedio, irá a Belén.
JJ Migliore