Ignorancia que mata

Este artículo tiene 13 años de antigüedad

El virus del SIDA no perdona sexo, edad, estratos sociales ni fronteras. La ignorancia tampoco. ¿Pero cuál es más mortal?

La respuesta parece evidente, pues quien más quien menos sabe que el virus del SIDA está muy relacionado con la muerte. Pero si uno es un poco observador sobre la idea, el concepto y el actuar de muchos sobre este tema, se puede llegar a la conclusión que la ignorancia produce tanto o más daño que el propio virus.

Probablemente una de las frases más escuchadas cuando se habla del preservativo es que “no funciona, pues el virus es mucho más pequeño que los poros del profiláctico”.

Esa es una verdad. Pero el silogismo en el cuál se lo utiliza es negligente, asesino, cruel y barato. Es más, muchos, tal vez en una ronda de amigos o en una conversación ajena, haya escuchado ese aforismo, tal vez de manera tan convincente que, queriendo demostrar superioridad, o gran manejo de temas varios, o incluso querer impresionar gratamente a alguien con su manejo científico, simplemente repiten lo escuchado, dando origen a una devastadora cadena.

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Construir cuesta mucho más que destruir, eso lo sabemos todos. Concienciar sobre temas tan espinosos como el VIH llevan consigo mucho sacrificio y trabajo y demandan mucho dinero. Y todo se hace cuesta arriba cuando personas cuyas lenguas son más rápidas que el cerebro, disparan una bala como esa, cargada de mucho veneno.

Ahora, ¿es cierto que el virus del SIDA es más pequeño que los poros del condón? SI, pero eso no significa que el mismo se saldrá del profiláctico como por una puerta.

Un ejemplo: llenamos un condón con agua. ¿Qué pasa? ¿Se empieza a salir por los poros como si fuera una ducha? ¡NO! ¡Y eso que la molécula de agua es un millón de veces más pequeña que dicho virus!. Otro ejemplo: en lugar de agua, metamos gas hidrógeno. ¿Qué pasa? Se infla como un globo. La molécula de hidrógeno es más pequeña aún que el agua. ¿Qué es lo que pasa entonces? ¿Cuál es la magia?

No es magia, la física y la química lo pueden explicar bastante bien.

A nivel molecular se dan interacciones que hacen que las moléculas no se comporten como una unidad, sino que sean un conjunto bien aglutinado. En realidad son como una red indisoluble que son más grandes que “ese poro” del que hablan los de lengua floja. Esas moléculas son “ladrillos” que son más chicos que la puerta, pero que se relacionan fuertemente con otros “ladrillos”, formando una “pared” cuyo comportamiento imposibilita atravesar ese orificio. ¿Se entiende?

¡Y con el virus esto es magnificado varias veces! Están forradas de proteínas enormes, miles de veces más grandes que el agua, cargadas eléctricamente, atrayendo todo lo que esté a su alrededor (otros virus, espermatozoides, agua, átomos, etc) formando “una pasta” enorme, mil veces más grande que el “bendito poro”.

Por otro lado, a este nivel, la inercia es algo casi inexistente. Pensar que atravesar una “delgada” capa de látex es sencillo, está más lejos de la realidad que cualquier otra cosa. El espesor del condón es tan pero tan “infinito” que el virus es incapaz “de ver la luz al final del túnel”. Saltar esa distancia es una proeza imposible de cumplir ni por el virus mejor entrenado. Ni si tuviera alas.

A nivel molecular, comprender algunas cosas, merece otra forma de pensar y ver las cosas. Quienes día a día tratan de concienciar en el uso del preservativo, saben de esto. No le hagamos cuesta arriba la difícil tarea de enseñar y salvar vidas. Lo que tanto cuesta edificar, muchas veces es demolido en un segundo a causa de irresponsables comentarios.

Si no sabemos sobre temas tan delicados como estos, favor abstengámonos de opinar. Unas simples palabras pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.

Hoy 1 de diciembre es el Día Mundial de Lucha contra el Sida. Esta crónica tiene el fin de colaborar un poquito en tamaño emprendimiento. La ignorancia es tan fatal como el virus mismo; tratemos de erradicarla.

Si estas letras llegan a evitar un solo contagio, habrá valido la pena.

Sergio A. Rodríguez