Entre mediados del siglo XIX y principios del XX, el Reino Unido se convirtió en el laboratorio donde se inventó la idea moderna de “raza canina”. De esa fiebre clasificadora surgieron no solo los pedigríes y los concursos de belleza, sino buena parte de las características físicas —y también de los problemas de salud— que hoy asociamos a nuestros perros.
Antes de la “raza”: perros de tipo, no de pedigrí
Hasta finales del siglo XVIII, la mayoría de los perros no pertenecían a una “raza” en el sentido moderno. Existían tipos o “razas” en un uso muy laxo del término, pero eran categorías amplias y funcionales: perros de agua, perros de caza, galgos, mastines, perros de pastor.

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La selección se hacía sobre todo por:
- Función: un perro que cazaba bien, se reproducía; uno que no servía, se descartaba.
- Entorno local: climas fríos o cálidos, terrenos montañosos o llanos, dictaban el tipo de pelaje, tamaño y resistencia.
- Necesidad económica: los animales debían ser útiles; la idea de tener un perro “solo de compañía” era minoritaria y reservada a élites.
Las descripciones de la época muestran animales más variados dentro de un mismo tipo. Dos perros “de pastor” podían diferir bastante en color, tamaño o forma de la cabeza, siempre que cumplieran su función.
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La uniformidad estética, que hoy damos por hecho en un “Labrador” o un “Poodle”, simplemente no era una prioridad.
La revolución victoriana: exposiciones, clubes y estándares
Todo cambió en la Inglaterra victoriana (1837–1901), una sociedad obsesionada con el orden, la clasificación y la mejora de la industria, de la nación y también de los animales.

En 1859 se celebró en Newcastle una de las primeras exposiciones caninas modernas, centrada en setters y pointers.
En la década siguiente, los concursos se multiplicaron, muchas veces en el marco de ferias agrícolas y muestras de ganado. Lo que había empezado como un entretenimiento para criadores y aristócratas se convirtió rápidamente en una moda urbana de clase media.
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Tres innovaciones marcaron el punto de inflexión:
- Las exposiciones de belleza: los perros empezaron a competir no por sus habilidades, sino por su apariencia. Jueces y organizadores necesitaban criterios claros para decidir qué ejemplar era “mejor”.
- El Kennel Club (1873): la fundación del Kennel Club británico profesionalizó este mundo. El club creó un stud book (libro de orígenes) y comenzó a registrar sistemáticamente la genealogía de los perros. Solo aquellos con ancestros conocidos y documentados podían ser considerados de “raza pura”.
- Los estándares de raza: se redactaron descripciones detalladas de cómo “debía” ser cada tipo de perro: altura, peso, forma del cráneo, angulación de las patas, longitud de la cola, textura del pelaje. Lo que antes era un perro para cazar patos se convirtió, poco a poco, en un Cocker Spaniel con medidas y proporciones fijas.
De esta forma, el concepto moderno de raza —cerrada, registrada y con un estándar preciso— se consolidó en plena era victoriana, y desde el Reino Unido se exportó al resto de Europa y, más tarde, al mundo.
De la utilidad a la estética: cuando el aspecto manda
El cambio no fue solo burocrático; también fue visual. La selección dejó de basarse únicamente en el desempeño y se orientó crecientemente a la estética. Pinturas, ilustraciones y, desde finales del siglo XIX, la fotografía permiten comparar muchos perros de entonces con sus equivalentes actuales.

La tendencia general fue clara:
- Rasgos exagerados: hocicos más cortos, cabezas más grandes, orejas más caídas, piel más suelta. Rasgos que podían existir antes, pero que se intensificaron a fuerza de cruzar entre sí a los ejemplares más “llamativos” según los estándares de los jueces.
- Silhuetas más extremas: galgos y whippets aún más estilizados; bulldogs con mandíbulas más prominentes; basset hounds con patas más cortas y orejas más largas. Las proporciones se alejaron del “perro funcional promedio” para enfatizar rasgos distintivos.
- Uniformidad interna: dentro de una raza, la variación disminuyó. Un collie o un pointer victoriano típico acabaría pareciéndose mucho más a sus congéneres de exposición que a sus ancestros de trabajo de pocas décadas antes.
El perro dejó de ser solo una herramienta de trabajo o un compañero práctico y pasó a ser también un símbolo de estatus, gusto y refinamiento. Tener un animal con pedigrí impecable y aspecto llamativo se convirtió en una forma de mostrar clase social.
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El mismo clima intelectual que creó las “razas humanas”
La Inglaterra victoriana fue también la época de Charles Darwin y de las primeras teorías sistemáticas sobre la evolución. En El origen de las especies (1859), Darwin dedicó capítulos extensos a la cría selectiva de animales domésticos, mostrando cómo los humanos podían moldear la anatomía de perros, caballos y palomas en pocas generaciones.

Ese interés científico convivió con un fenómeno más oscuro: el auge de la eugenesia y de las teorías raciales humanas. Muchos intelectuales de finales del siglo XIX veían la selección de “razas puras” de perros y caballos como un espejo —y, a veces, una justificación— de sus ideas sobre la “mejora” de la población humana.
En ese contexto, la obsesión por el pedigrí canino no era solo una afición; era también una expresión del pensamiento de la época:
- Pureza y linaje: la idea de que un origen “limpio”, sin cruces con otras razas, garantizaba calidad, tanto en perros como —se creía— en personas.
- Clasificación jerárquica: algunas razas se asociaban a nobles y clases altas; otras, a trabajadores o campesinos. Los perros acompañaban y reforzaban las divisiones sociales del momento.
- Imperio y exotismo: el imperio británico facilitó la importación de perros de distintos puntos del mundo (de Asia, África o América). Esos animales “exóticos” fueron cruzados, renombrados y estandarizados, encajándolos en la taxonomía victoriana de razas.
Aunque hoy el concepto de “raza humana” carece de base biológica sólida, la idea de raza en perros sigue muy viva, heredando en gran medida esas categorías trazadas durante el siglo XIX.
El coste oculto: salud frente a pedigrí
La fijación de rasgos extremos y la insistencia en la pureza de linaje empezaron pronto a mostrar sus efectos. Para mantener estándares muy concretos, los criadores con frecuencia recurrieron a:

- Endogamia (cría entre parientes cercanos): para fijar características deseadas rápidamente.
- Selección estética por encima de la función: perros muy vistosos en el ring, pero menos capaces de realizar el trabajo para el que originalmente se les había criado.
Con el tiempo, muchas razas desarrollaron problemas de salud ligados precisamente a esos rasgos exagerados:
- Hocicos extremadamente cortos (razas braquicéfalas) asociados a dificultades respiratorias.
- Columnas y patas muy modificadas (perros muy alargados o muy bajos) relacionadas con problemas de espalda y articulaciones.
- Piel excesivamente arrugada predispuesta a infecciones.
- Reducción de la diversidad genética y aumento de enfermedades hereditarias.
Aunque algunos de estos problemas se han agravado en el siglo XX y XXI, las raíces del fenómeno están en la transformación victoriana: convertir al perro en un producto de diseño sujeto a un estándar rígido.
Lo que aún queda de la era victoriana
Hoy, casi todos los elementos centrales del mundo canino formal siguen siendo herederos directos de aquel momento:
- Los clubes de raza y libros de orígenes funcionan, en esencia, del mismo modo que en el siglo XIX.
- Los grandes concursos de belleza, como Crufts (fundado en 1891), continúan premiando perros que encajan en descripciones redactadas hace más de cien años.
- La idea social de que un perro “de raza” y con papeles es de algún modo superior a un mestizo se ancla en aquella cultura del pedigrí victoriano.
Sin embargo, también hay señales de cambio. Veterinarios, etólogos y algunos clubes están impulsando revisiones de estándares demasiado extremos, y han surgido movimientos de “cría responsable” que priorizan salud y funcionalidad sobre la apariencia.
En varios países europeos ya se discuten o aplican regulaciones para limitar la reproducción de razas con problemas graves de bienestar.
El debate actual sobre qué tipo de perros queremos —más sanos, más funcionales, quizá menos espectaculares— es, en el fondo, una reevaluación crítica del legado victoriano.
Un espejo de nuestras prioridades
La historia de las razas caninas no es solo una curiosidad para amantes de los perros. Es también un espejo de cómo las sociedades ordenan, clasifican y jerarquizan la vida a su alrededor.
En la época victoriana, los perros pasaron de ser compañeros de trabajo moldeados por la necesidad a convertirse en objetos de prestigio moldeados por el gusto y las ideas de su tiempo. Sus cuerpos se transformaron para encajar en estándares, catálogos y libros de pedigrí.
Mirar hoy a un bulldog, un pug o un pastor alemán es, en parte, mirar el resultado de decisiones tomadas hace siglo y medio en salones victorianos y pistas de exhibición. Entender ese origen es clave para decidir qué queremos hacer ahora con el futuro —y la salud— de nuestros perros.
